CAPÍTULO 10
Pip se presenta en Westcote House a las siete en punto portando un ramo de flores.
Se apresura a aclarar, con una insistencia casi cómica, que el obsequio no es para mí.
Al parecer, ha decidido que lady Cavendish, nuestra anfitriona de esta noche, merece un reconocimiento especial por su labor social, una costumbre que mantiene desde sus años de estudiante con una disciplina que ya querría para el resto de sus asuntos vitales.
Hatch recibe el encargo con la parsimonia de quien custodia una reliquia, mientras mi amigo se dedica a inspeccionar el nudo de mi corbata.
—Deberías haber considerado un detalle similar —me advierte, mientras comprueba el ajuste de su propia levita en el espejo del recibidor—. Ganarse el favor de la anfitriona es una maniobra táctica elemental que sueles ignorar con demasiada frecuencia.
—Lady Cavendish me ha profesado su afecto durante dos décadas sin necesidad de que diezme los jardines de la ciudad —replico, recogiendo mis guantes de la mesa.
—Precisamente por eso. Imagina el impacto de un gesto inesperado después de veinte años de sequía.
—Pip.
—Es una inversión a largo plazo, Edmund, pero haz lo que quieras —concede él, dándose por vencido—. ¿Estamos en condiciones de partir?
—Llevo esperándote un cuarto de hora.
Él se detiene y me estudia con una fijeza que nada tiene que ver con la moda. Sus ojos recorren mi postura, deteniéndose en la rigidez de mi cuello y la forma en que sostengo el bastón.
—Estás inquieto —sentencia.
—Me encuentro perfectamente.
—Haces ese movimiento con los hombros. Los tensas hacia arriba, como si estuvieras esperando un impacto inminente.
—Es el corte del frac, Pip. Nada más.
—Edmund —su voz pierde de pronto su ligereza habitual, adquiriendo un peso de sinceridad que me obliga a mirarlo de frente—.
Lo que pretendes hacer esta noche tiene una importancia capital.
Es natural que el pulso se te acelere. De hecho, me preocuparía que te mostraras indiferente ante semejante paso.
Sostengo su mirada un segundo. Debajo de sus excentricidades y su torpeza con la cristalería, Pip posee una lealtad inquebrantable que esta noche se manifiesta sin adornos. Es el apoyo silencioso del amigo que conoce mis sombras mejor que nadie.
—Te lo agradezco —murmuro.
—No me des las gracias todavía. Simplemente, vayamos a ese salón y trata de no arruinarlo todo con tu habitual mutismo de mármol.
El baile de los Cavendish es el primer gran despliegue de la temporada.
Lady Cavendish posee un talento innato para la arquitectura social; ha logrado encajar a ciento cincuenta personas en un espacio concebido para la mitad sin que se perciba asfixia.
La música de los violines fluye desde el estrado principal, mezclándose con el aroma de la cera de abejas de las velas y el perfume de las flores frescas que adornan cada rincón.
La localizo en cuanto cruzamos el umbral.
Caelina no necesita buscar el centro de las miradas para atraerlas.
Se encuentra cerca de lady Calton, luciendo un vestido de un tono entre el marfil y el oro viejo que, bajo el brillo de las lámparas de araña, parece emitir su propia luz.
Conversa con una vivacidad que delata su interés real por el tema tratado, acompañando sus palabras con gestos sutiles de las manos y esa inclinación de cabeza tan suya.
Pip sigue la dirección de mis ojos con la precisión de un sabueso.
—Bien —dice en un susurro.
—Guarda silencio, por favor.
—He emitido un juicio de valor positivo de una sola sílaba, Edmund.
—Lo sé. No añadas nada más.
—Me convierto en una tumba a partir de este instante —promete él, aunque sé que su silencio es una condición temporal.
Los primeros tramos de la velada transcurren según el protocolo habitual.
Saludos obligatorios, comentarios triviales sobre el clima y el primer cotillón, que inaugura la pista con el entusiasmo propio de los inicios de fiesta.
Intercambio cortesías con lord Aldbury y el señor Finch.
Lady Cavendish recibe las flores de Pip con una complacencia que parece confirmar sus teorías de inversión social.
Mi amigo cumple su promesa de discreción durante las conversaciones grupales, logrando un récord de contención que le reconozco con un gesto cómplice.
Caelina y yo nos cruzamos en el borde de la pista media hora después.
Ejecutamos el saludo reglamentario, frío y medido.
Intercambiamos un par de frases insustanciales sobre la acústica del salón, manteniendo intacto nuestro acuerdo de neutralidad, aunque esta noche el corsé de las formalidades me aprieta más de lo habitual.
Noto el peso de cada palabra no dicha como una carga física que me impide respirar con libertad.
Es durante la segunda pieza cuando la veo con lord Harrington.
No están bailando, sino que permanecen junto a una de las columnas de mármol, alejados del bullicio central.
Sostienen sus copas con una naturalidad que me resulta dolorosa de observar.
La conversación entre ellos posee esa fluidez que ya he presenciado anteriormente: una charla sin barreras, despojada de la arquitectura defensiva que ella emplea conmigo.
Harrington dice algo que la hace reír de forma espontánea, una risa que nace del pecho antes de que el protocolo pueda filtrarla.
Me quedo al otro lado de la sala, con la copa olvidada en la mano y la certeza de que mi estrategia de paciencia ha llegado a su fin.
Pip aparece a mi costado con una discreción inaudita para alguien de su envergadura.
—Edmund —susurra cerca de mi oído.
—Lo he visto.
—¿Vas a mover ficha?
—Ahora mismo.
Él asiente con una gravedad que denota respeto por la decisión tomada.
—¿Qué parte del plan me corresponde? —pregunta.
—Necesito que interceptes a lady Calton. Mantenla ocupada durante quince minutos en algún punto alejado. Que parezca una coincidencia, una charla literaria fortuita. Que nadie sospeche que es una maniobra coordinada.
Pip se ajusta los puños de la camisa con aire de conspirador.
—Puedo disertar sobre la estructura de la novela gótica durante un cuarto de hora sin pestañear —asegura—. De hecho, el riesgo es que me exceda y acabe dándole una lección magistral de una hora.
—Quince minutos serán suficientes para lo que necesito.
—Entendido. ¿Cuál es la señal?
—En cuanto me dirija hacia ella, tú avanzas hacia lady Calton.
—Como un movimiento de flanqueo —murmura Pip con satisfacción—. Me gusta que finalmente hayamos introducido algo de estructura en este caos.
Aguardamos el instante propicio. En todo baile existe un momento de transición, un hiato natural entre piezas donde la gente se reorganiza y los grupos se disuelven brevemente. Ese hueco aparece al concluir el tercer baile.
Inicio mi avance. Por el rabillo del ojo, percibo a Pip orientándose hacia su objetivo con la determinación de un veterano.
Cruzo el salón fingiendo una ruta aleatoria, sin fijar la vista en mi destino final, y alcanzo la posición de Caelina justo cuando Harrington se aleja para atender un compromiso con el anfitrión.
Se queda sola por primera vez en toda la noche.
Ella advierte mi llegada, pero no retrocede ni un milímetro.
—Milord —saluda, con la voz firme.
—Lady Carroway. —Decido prescindir de los rodeos que solo sirven para ganar tiempo—. Necesito hablar con usted. A solas. Sin el escrutinio de ciento cincuenta personas analizando cada una de nuestras expresiones.
Me sostiene la mirada con esa intensidad que busca descifrar la intención real tras mis palabras.
—Ya establecimos en casa de los Aldbury que no existen temas que requieran...
—Conozco su respuesta de aquel día —interrumpo, manteniendo una calma que me cuesta un esfuerzo hercúleo—.
Y la he respetado hasta hoy. No pretendo obligarla a cambiar de parecer ni exigirle nada que no esté dispuesta a conceder.
Solo le pido quince minutos de su tiempo.
Una sola conversación. Si tras ella decide que el silencio debe ser definitivo, aceptaré su veredicto y no volveré a insistir jamás.
El ruido del baile parece quedar amortiguado por el espacio que nos rodea. Ella me estudia durante unos segundos que pesan como horas, evaluando el riesgo de ceder terreno.
—¿Por qué ha elegido este momento preciso? —pregunta, y su tono es de una curiosidad genuina.
—Porque sigo aquí —respondo, bajando un poco la voz—. Y porque hay verdades que llevan doce años aguardando una salida. Ya no puedo seguir guardándolas solo para mí.
Un destello de vulnerabilidad cruza sus ojos verdes, una grieta en su armadura que desaparece casi al instante, pero que me confirma que el recuerdo sigue vivo en ella también.
—¿Cuándo y dónde? —inquiere finalmente.
El alivio que me recorre el pecho es tan intenso que debo apretar el puño para no delatarme. El acuerdo está sellado.
—En el jardín de los Hadley —propongo—. El martes por la tarde. Sé que los dueños de la casa se encuentran de viaje y el lugar estará desierto. Ya he gestionado el acceso con su mayordomo.
Ella enarca las cejas, sorprendida por la revelación.
—¿Se ha tomado la molestia de hablar con el servicio de los Hadley?
—Lo hice hace tres días —confieso.
Se produce un silencio breve. Entonces, sus labios dibujan algo que se asemeja mucho a una sonrisa real, la primera que no es un producto de la cortesía forzada.
—Ha resultado ser usted extremadamente meticuloso, milord.
—He dispuesto de doce años para planificar este encuentro.
—¿Y si mi respuesta hubiera sido negativa?
—Entonces el mayordomo de los Hadley habría recibido una propina por un servicio que nunca llegué a utilizar —replico—. Es un riesgo que estaba dispuesto a correr.
Ella vuelve a sonreír, de esa forma contenida que solo yo parezco notar, y el efecto en mi ánimo es devastador. Todo lo que me rodea pierde importancia frente a esa mínima concesión.
—El martes —confirma—. Por la tarde.
—A las cuatro, si le resulta conveniente.
—Estaré allí a las cuatro.
Se gira con su elegancia habitual justo cuando Harrington regresa portando dos copas. Me retiro de inmediato, antes de que el caballero de Bath pueda interferir en el acuerdo alcanzado. Ya tengo lo que necesitaba.
Pip me intercepta cerca de la salida con la cara de quien espera el parte de guerra.
—¿Tenemos una confirmación? —pregunta en un susurro.
—Ha aceptado.
—¿La cita a solas?
—El martes.
—Excelente —exclama él, dando un trago a su vino con aire triunfal—. ¿Puedo regresar con lady Calton? Estábamos en mitad de una discusión fascinante sobre la atmósfera en las obras de Ann Radcliffe y me ha costado horrores desprenderme de ella.
—Ve, Pip. Tu misión ha concluido con éxito.
—Perfecto —dice, y se encamina de nuevo hacia su interlocutora con una energía renovada que nada tiene que ver con la estrategia social.
Me quedo un momento más observando el baile desde las sombras del pasillo.
La música sigue, Harrington le comenta algo al oído a Caelina y ella asiente con su habitual corrección.
El martes. Cuatro días. Hatch me espera en el exterior, bajo la humedad de la noche londinense, con la puerta del carruaje abierta.
No hace preguntas mientras me ayuda a subir.
—El martes necesitaremos el coche a las tres y media, Hatch —le indico, una vez acomodado.
—Entendido, milord —responde él antes de cerrar la portezuela.
Escucho el sonido seco del cierre y el arranque de los caballos. El tiempo de las esperas ha terminado; el martes, por fin, las palabras dejarán de ser sombras.