CAPÍTULO 9
Lord Harrington posee una virtud poco frecuente entre los caballeros que han desfilado por mi salón desde que enviudé: la capacidad de presentarse exactamente a la hora convenida.
Son las tres en punto cuando Watkins anuncia su llegada, ni un minuto de adelanto ni uno de demora, proyectando una puntualidad que define su carácter antes siquiera de que medie palabra.
Le indico que pase al salón delantero, la estancia que recibe la luz más amable de la tarde y cuenta con las butacas más confortables, y le recibo con la deferencia que merece un hombre que, en apenas tres semanas, ha demostrado ser exactamente lo que aparenta.
Es inteligente, educado y carece de ese historial enrevesado que suele convertir las visitas sociales en un campo de minas diplomático.
Watkins sirve el té con su parsimonia habitual.
Harrington sostiene la taza con la soltura de quien se siente cómodo en cualquier entorno sin necesidad de imponer su presencia, un rasgo que valoro profundamente.
Retomamos nuestra charla sobre la Royal Academy, pues él también ha recorrido las salas recientemente y sostiene opiniones que divergen de las mías en puntos bastante estimulantes.
Rebate mi postura sobre los retratos del ala este con argumentos que, aunque no me convencen del todo, revelan que ha observado los lienzos con una atención real, huyendo de los juicios superficiales de la mayoría.
—El problema con lo que usted define como un interés excesivo por la posición social —comenta, esbozando una media sonrisa que le suaviza los rasgos— es que dicha posición forma parte intrínseca de la narrativa del retrato.
No es una deficiencia del autor, sino una elección consciente sobre el mensaje que debe transmitir la obra.
—Un cuadro debería desvelar algo sobre la esencia de la persona —replico, removiendo el té con lentitud—, no limitarse a plasmar sus aspiraciones de rango. Existe una frontera muy Loise entre retratar a un individuo y retratar la máscara que ese individuo desea legar a la posteridad.
—¿Acaso esa máscara no constituye también una parte fundamental de su identidad?
—Pertenece a su ambición —sentencio—, lo cual no siempre coincide con su verdadero carácter, aunque a veces se confundan bajo las capas de barniz.
Harrington me estudia con esa fijeza genuina que he aprendido a reconocer en él. No es una mirada invasiva, sino curiosa y respetuosa.
—Posee usted un talento notable para distinguir conceptos que la mayoría de la gente trata como sinónimos —señala.
—Es una costumbre derivada de lecturas excesivas y de haber crecido bajo la tutela de una institutriz que consideraba la imprecisión léxica como el primer paso hacia la degradación moral —respondo—. Tenía teorías muy rigurosas sobre la formación de una joven.
—¿Considera que su método dio frutos?
—En el plano conceptual, sin duda. En el moral, supongo que la respuesta dependería de a quién decidiera usted preguntar.
Él suelta una carcajada limpia, desprovista de cualquier cálculo social, y la tarde transcurre con esa fluidez reconfortante de las charlas entre personas que se comprenden sin necesidad de explicaciones farragosas.
No percibo tensión alguna; no hay sombras que esquivar ni silencios que rellenar con urgencia.
Es, simplemente, una tarde de abril con un té excelente y una compañía que no exige nada a cambio, lo cual debería ser suficiente para sentirme satisfecha durante los cuarenta minutos que dura el encuentro.
Sin embargo, Harrington deposita la taza sobre la mesa con una delicadeza inusual. Ese gesto mínimo me alerta de que la conversación está a punto de cambiar de rumbo y profundidad.
—Lady Carroway —dice, manteniendo el tono, pero cargando las palabras con un peso nuevo—, me gustaría solicitar su venia para hablar con total franqueza sobre un asunto.
—Valoro la honestidad por encima de las formas —respondo, aunque noto cómo se me tensan los hombros mientras me preparo mentalmente para lo que intuyo que viene.
—He disfrutado enormemente de nuestros encuentros estas últimas semanas.
Sus conversaciones son de las pocas en todo Londres que me resultan verdaderamente estimulantes.
Y no lo digo por cortesía, pues las alabanzas vacías son precisamente el tipo de imprecisión que usted detesta.
—Hace una pausa breve, midiendo el impacto de su declaración—.
Desearía pedirle permiso para visitarla con una intención más formal.
Si usted estuviera dispuesta a considerar mi propuesta.
Le observo fijamente. Sus ojos son de un gris azulado con destellos verdosos, y en ellos leo una transparencia que me resulta admirable.
No hay rastro de maniobra política ni de interés patrimonial; está exponiendo su deseo con la sencillez de quien cree que la verdad es la única herramienta válida.
—Lord Harrington —murmuro, tratando de imitar su calma—, le agradezco sinceramente su franqueza. Es una cualidad que respeto profundamente. Por ello, le ruego que me permita ser igualmente directa con usted.
—Se lo pido por favor —añade él.
—Necesito tiempo para meditar sobre su propuesta.
No lo digo como una forma de evasiva ni como un rechazo encubierto, sino porque es la única respuesta honesta que puedo darle a una pregunta de tal magnitud.
Usted es, sin duda, el tipo de caballero que una mujer en mis circunstancias debería tomar muy en serio, y precisamente por esa estima no quiero ofrecerle una contestación que no haya pasado por el filtro de la reflexión que usted merece.
Harrington asimila mis palabras sin que un solo rasgo de su rostro delate impaciencia o herida.
—¿De cuánto tiempo estamos hablando? —pregunta con serenidad.
—No sabría precisarlo —admito, sintiendo que la verdad pesa más de lo que esperaba en este salón—. ¿Puedo confiar en su paciencia sin poder ofrecerle una fecha concreta?
—Puede pedirme lo que necesite —responde, con una tranquilidad que me reconforta y me inquieta a partes iguales—. La paciencia es una virtud que he cultivado durante años. No me supone un esfuerzo.
—Se lo agradezco mucho.
—No lo haga todavía —añade con una sonrisa leve—. Vuelva a preguntarme dentro de un mes si mi paciencia sigue intacta.
Se despide pasadas las cuatro y cuarto. Watkins retira el servicio de porcelana con su eficiencia acostumbrada, dejándome a solas en el salón.
La luz de la tarde comienza a alargarse sobre las maderas nobles de los muebles y la proposición de Harrington se queda instalada en el aire, sólida e inevitable.
Mi razón me dicta un veredicto cristalino: él es una opción impecable.
Reúne todas las condiciones necesarias, tanto las que dictan los manuales de sociedad como las que yo misma valoro.
Su compañía es grata, su intelecto está a la altura y, sobre todo, carece de equipaje emocional.
Con él no habría que gestionar deudas del pasado ni cicatrices mal cerradas.
Pero la otra parte de mi conciencia, esa que se niega a someterse a la lógica, lleva semanas reclamando una atención que me esfuerzo en negarle. Esta tarde, con el aroma de las rosas del jardín filtrándose por el ventanal, el conflicto se vuelve ensordecedor.
Mira llega a las cinco en punto para nuestro paseo por St. James’s Park. Me encuentra sentada en la misma posición, con un libro abierto en la misma página desde hace media hora, la mirada perdida en las sombras que proyecta el candelabro apagado.
—Harrington ha estado aquí —anuncio, antes de que ella pueda siquiera quitarse los guantes.
—Lo sé —replica Mira, acomodándose frente a mí—. Watkins me ha puesto al corriente en el recibidor. ¿Cuál ha sido el motivo de la visita?
—Ha solicitado permiso para iniciar un cortejo formal.
Mi amiga permanece en silencio, observándome con una fijeza que me obliga a bajar la vista hacia mis manos entrelazadas.
—¿Y cuál ha sido tu respuesta? —inquiere finalmente.
—Le he pedido tiempo para reflexionar.
Mira asiente despacio, procesando la información.
—Ajá —suelta.
—Ese sonido no me gusta nada.
—Es un comentario absolutamente neutro —se defiende ella—. No contiene juicio alguno.
—Mira, te conozco demasiado bien.
—Caelina, sé perfectamente lo que estás haciendo.
—Expón tu diagnóstico, entonces. No te cortes.
Mira me estudia con esa expresión que mezcla el afecto de una hermana con la precisión de un cirujano.
—Pienso —dice, midiendo cada palabra— que Harrington es un caballero excelente al que le has solicitado tiempo, lo cual es una reacción razonable.
Pero también pienso que existe una diferencia abismal entre pedir tiempo por necesidad de análisis y pedir tiempo porque ya conoces la respuesta, pero te falta el valor para admitirla ante ti misma.
—¿A qué te refieres exactamente?
—A que ya sabes por qué has postergado la decisión —sentencia Mira con suavidad—. Y sabes que ese motivo tiene un nombre y un apellido. Llevas semanas evitando mirar en esa dirección porque sabes que, si lo haces, te verás obligada a tomar una determinación que te aterra.
El silencio se apodera del salón, roto solo por el ruido lejano de un carruaje que circula por la calle. La observación de Mira se clava en el centro de mi resistencia.
—No sé si mis sentimientos son un terreno seguro —confieso, sintiendo cómo se me cierra la garganta—. Hace doce años creí en algo que resultó no tener cimientos. Fue una lección que se grabó a fuego. No quiero volver a equivocarme.
—Lo comprendo perfectamente —asiente ella.
—Harrington es la antítesis de aquel desastre. Es seguridad, es claridad, es un futuro sin sombras. Estar con él no requiere de actos heroicos, solo de sentido común.
—Cierto —concuerda Mira—. Pero también es cierto que llevas tres semanas detectando la posición exacta de Edmund Westcote en cada salón sin llegar a mirarle.
Que llevas días recordando el contacto de una mano sobre un mantel blanco.
Y que esta tarde, ante una pregunta sencilla de Harrington, tu reacción no ha sido de alivio ni de agrado, sino algo muy parecido al pánico.
Esa es una respuesta muy elocuente ante una propuesta que debería ser fácil si el sentimiento fuera real.
Permanezco callada, incapaz de rebatir sus argumentos. Mira aguarda con una paciencia que me recuerda a la de Harrington, pero con una complicidad que solo ella posee.
—No sé cómo gestionar este conflicto —admito finalmente, frotándome las sienes.
—No tienes por qué resolverlo hoy —dice ella, levantándose y recogiendo sus pertenencias—. De momento, vamos a dar ese paseo por el parque que llevamos días aplazando. El movimiento ayudará a despejar la mente.
Me pongo en pie y dejo que Watkins me ayude con el chal y los guantes.
Salimos a la calle y nos dirigimos hacia St. James’s Park bajo una luz de abril que se resiste a desaparecer.
Caminamos en ese silencio cómodo que solo se alcanza tras años de amistad compartida, mientras el verde tierno de los árboles empieza a rodearnos.
—Lord Ashford me preguntó ayer si asistirías al baile de los Cavendish la próxima semana —suelta Mira, con una naturalidad que no logra ocultar la intención.
—¿Ashford te ha buscado para preguntarte eso?
—Coincidimos en Hatchards. Ya conoces su propensión a la charla.
—Vaya —murmuro—, parece que vuestras coincidencias en esa librería son cada vez más frecuentes.
Mira observa la copa de un roble con un interés botánico repentino.
—Sincronicidades del destino —responde con dignidad—. Es un hombre con un criterio literario sólido, como ya te comenté.
—Sí, me lo comentaste —asiento, decidiendo no profundizar para no romper la tregua—. Me lo has dicho varias veces.
Continuamos el paseo mientras el lago refleja el cielo despejado con una nitidez casi insultante. El parque a esta hora posee una quietud que me ayuda a respirar con más libertad.
—¿Vas a acudir tú al baile de los Cavendish? —pregunto.
—Desde luego —confirma Mira.
—Entonces yo también iré —sentencio.
Mi amiga me presiona levemente el antebrazo, un gesto que sustituye a cualquier palabra de aprobación.
Seguimos caminando mientras la tarde londinense se desvanece con su habitual indiferencia hacia mis dilemas internos.
La pregunta de Harrington sigue ahí, instalada en mi pecho, y sé que el baile de los Cavendish no va a ser precisamente el lugar donde encuentre la paz, pero sí el lugar donde, tarde o temprano, tendré que dejar de huir.