Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 3 de octubre
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3 de octubre

Roland vino a visitarme por la mañana.

—Me voy mañana, así que he pensado que debía saldar mi deuda.

Me entregó el libro que me debía envuelto en papel dorado.

Acaricié la textura eufórica del papel con los dedos y solté un suspiro de satisfacción. La felicidad es que te regalen un libro.

—¿No vas a abrirlo? —me animó.

Innecesariamente.

—Es un ritual reverente, Roland.

Se echó hacia atrás e hizo un gesto de impaciencia.

Cuando por fin empecé a desenvolver el papel —tras concederle a la expectación el momento que merecía—, el corazón comenzó a latirme con fuerza. Destapé un precioso cuero azul, muy suave. Cuando le di la vuelta, leí el título en la cubierta.

Jane Eyre

Con mi nombre, una vez más, grabado en la esquina.

—Oh, Roland. Eres un encanto de persona.

Me agarré al libro y levanté la vista hacia él. Evitando que la verdad se me reflejara en el rostro. Pero Roland tenía el ceño fruncido.

—¿Qué pasa?

—Nada. Es precioso.

—Algo no va bien. Puede que hayamos sido enemigos, pero conozco los códigos secretos que esconden tus expresiones. A ver si lo adivino. Ya lo tienes. Lo noto por cómo se te hunden las cejas sobre los ojos.

Me resistía a ser sincera.

—Yo… Bueno, sí, lo tengo. Más o menos. Es decir, sí. Tengo un volumen en mi estantería. Sin embargo, no es azul, y este es precioso.

—Esta es la segunda vez que te fallo. ¿Tu biblioteca no era inexistente?

—Más o menos.

—¿Qué significa «más o menos»?

—Significa que es muy limitada. Y parece que tengo una inclinación tácita por los ejemplares duplicados. O, mejor dicho, tú tienes una habilidad sobrenatural para adivinar los que tengo.

—Dámelo. Te compraré otro.

—¡Roland! —Me lo apreté contra el pecho—. Tiene mi nombre grabado en la esquina.

—¿Y qué?

—¡Cómo que y qué! Si alguien viera un ejemplar tirado por ahí, ¿qué pensaría de mí? «Ahí está la chica que echó a Jane de casa», eso es lo que pensaría. ¡Inadmisible!

El ceño fruncido de Roland se transformó en una mirada de decepción consigo mismo.

Hermosa congoja.

—Tenía la esperanza de comprarte algo nuevo. —Entonces una expresión de malicia le invadió el rostro—. Supongo que, si vas a tener todos esos hijos, necesitarás algo que leer durante las largas noches. No te irá mal tener un ejemplar de repuesto por ahí.

Hice una bola con el papel dorado y se la tiré.

Más tarde

Quizá debería casarme con Roland.

Él me compraría una biblioteca entera. Sería imposible que pasara más de un año antes de que me regalara un libro que no hubiera leído.

Más tarde

¿Es inmoral casarse con un hombre solo para conseguir una biblioteca?

Y, si resulta que ese hombre es tremendamente guapo, ¿es más pecado o menos?

Más tarde

Los matrimonios por interés son muy comunes.

Comunes en las iglesias, nada menos.