Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 10 de septiembre
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10 de septiembre

Hoy había dos cartas para Pierce.

Sus advertencias anteriores y la cesta que desde entonces ha aparecido junto a la mesita del vestíbulo parecen no solo excesivamente cautelosas, sino también demasiado grandes.

Es una cesta preciosa, eso sí.

Después de ver que sus clientes de primera hora de la tarde salían de Lapis Lazuli Minor —esta es la primera semana que recibe clientela en el estudio—, llamé a la puerta y entré cuando me invitó a hacerlo.

—Hola —lo saludé en tono alegre.

—Emma —respondió él, ocupado con su cámara.

Llevaba puesto el traje marrón oscuro, que le queda muy bien. No pude evitar fijarme en que las anteriores clientas habían sido una mujer y su bella hija.

Supongo que es inevitable parecer feliz en una fotografía si estás mirando a Niall Pierce.

—¿Le apetece que tomemos un té? —le pregunté.

—Me encantaría, pero estoy demasiado ocupado. Tengo que revelar estas placas y prepararme para otra sesión más tarde, antes de que se vaya la luz.

—¿Dónde revela las placas?

—Mi cuarto oscuro está en el segundo piso.

—Me encantaría verlo. El proceso de revelado de las placas, quiero decir.

—La invitaré a subir uno de estos días. ¿Quería algo más?

Respondí tendiéndole las dos cartas.

—Apenas cabían en la cesta. Su advertencia estaba justificada.

Fue entonces cuando capté toda su atención. Dejó lo que estaba haciendo, sonrió con aire amenazador (¡amenazador, insisto!) y adoptó una expresión desafiante.

—Usted solo espere, Emma. Se arrepentirá de este día.