Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4)
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1 de septiembre
El doctor Fairchild acaba de marcharse.
¡Cielo santo!
Ha sido una hora entera de espectáculo. Parian se ha pasado la mayor parte del tiempo preparando el batín elegido por el primo Archibald (para su regreso al Mundo de los Vivos).
Yo, por el contrario, he quedado relegada al cajón de los calcetines (en el cual moraba un mítico par que, según él, sería delicado para con sus pies).
Mientras tanto, Fairchild se afanaba en tratar de convencer a mi excéntrico primo de que el bastón que iba a utilizar no había sido saboteado por una tal Emma M. Lion.
Tentador en retrospectiva.
Tentador aún.
El primo Archibald ya no está postrado en la cama y, hasta por desgracia, es capaz de subir y bajar las escaleras.
—Dos veces al día durante la primera semana —prescribió Fairchild—.
La semana que viene, le sugeriré que haga todas las comidas abajo y que dé un paseo corto, solo hasta el final de la calle.
Volverá a estar casi normal en un abrir y cerrar de ojos.
Opino que hoy le convendría tomar el té en el salón de recibir.
Un dulce incentivo para empezar. Lo ayudaré a levantarse. Allá vamos.
(Cabe señalar que Parian, Agnes y yo nos estremecimos cuando pronunció esas palabras).
Con aire abatido, seguimos al doctor y al primo Archibald escaleras abajo hasta el salón. Una vez que se acomodó, todos nos retiramos.
El rostro de Agnes mostraba una expresión valiente, pero la melancolía de su sonrisa mientras regresaba a la cocina para prepararle el té a Archibald recordaba una época pasada.
Fairchild estaba ansioso por marcharse.
—Me complace que ya esté resuelto —me dijo mientras lo acompañaba a la puerta—. Volveré a visitarlo dentro de un mes, pero a su primo debería sanarle bien la pierna.
Me sonrió y luego salió de la casa a toda prisa, antes de que un gemido quejumbroso pudiera reclamarlo de nuevo.
Un médico maravilloso, el doctor Fairchild. Pero tengo la sensación de que ha liberado algo horrible en el mundo.