18 de agosto
Agnes decidió hoy ponerse filosófica mientras sacaba lustre a la plata.
Habló una hora seguida. Sobre nada que merezca la pena que deje registrado.
Más tarde
La señorita Hunt, la actual responsabilidad de Roland, estaba presente en la cena de tía Eugenia.
Me voy a contener y no pondré cara de sarcasmo .
Sin duda estoy poniendo cara de sarcasmo.
Llevaba el pelo peinado con un recogido austero.
Ladeaba la cabeza para que sus pendientes de diamantes captaran la luz y, a resultas de ello, parecía un pájaro. Iba vestida de naranja y se lo merecía.
Durante toda la cena, se esforzó por reírse siguiendo la tendencia más en boga hoy en día entre las mujeres, es decir, imitando el alegre tintineo de una campanilla.
Lo consiguió.
Su risa sonaba menos horrorosa de lo que me habría gustado.
En resumen, me exasperó.
Cuando las damas pasamos al salón, busqué dónde refugiarme de la tormenta.
Un canapé junto a la ventana —demasiado pequeño para un dúo confortable— se convirtió en mi balsa de salvación.
Me sentí como Robinson Caruso. No, no se llamaba así.
¿Coruso? ¿Curso? ¡Crusoe! Eso es. Me sentí como Robinson Crusoe, decidida a sobrevivir.
O eso me gustaría creer. De hecho, no había leído el libro.
¿Sobrevivía Robinson? ¿Volvía horriblemente desfigurado?
¿Sufría cojera? ¿Y por qué? ¿Por qué El Inquilino, un tal Niall Pierce, cuyo nombre de pila ya se me permite usar, sufre cojera? ¿Me lo diría si se lo preguntara?
Estoy divagando.
Y allí estaba yo, contenta y feliz mirando por la ventana, cuando vi a la señorita Hunt a mi lado. Sonreía con expectación. Y yo, siempre un dechado de modales mediocres, no me tomé la molestia de esbozar una sonrisa encantadora. Sino que más bien puse cara de sorpresa.
—Oh, hola —dije, pronunciando el «oh» y el «hola» con el mismo tono.
¿Grosero? No.
¿Descortés? Podría decirse.
¿Instinto de supervivencia? Seguramente.
—Señorita Lion. Estábamos en extremos opuestos de la mesa y no he tenido aún oportunidad de hablar con usted.
—Me imagino —repliqué.
La señorita Hunt miró el canapé con expectación.
Fue un momento decisivo.
En una ocasión, mi madre me dijo que esperaba de mí que viviera sin hacer nunca uso de la malicia.
«No, no, cariño —recuerdo que dijo mi padre desde el otro lado de la estancia, inclinado sobre una de sus ilustraciones—. Mejor que tenga una pizca. La necesitará. ¡Nunca en exceso!», añadió cuando vio la cara que ponía mi madre.
Fuera por malicia o no, se produjo una batalla importante entre mi naturaleza bondadosa y mi naturaleza de uso diario.
Al final, ambas se volvieron contra mí y me encontré edulcorando mi sonrisa y moviéndome un poco hacia un lado para que la elegante y anaranjada señorita Hunt pudiera tomar asiento.
Tuvimos las dos que ponernos de lado para poder acomodar ambas caderas.
—¡Pensaba que nos habríamos conocido antes!
—exclamó de entrada la señorita Hunt—. Mi madre y su tía se han hecho amigas.
He pasado horas y horas con Arabella. ¡Nos llevamos de maravilla!
—Cosa que dudo—. Ha habido varias reuniones muy selectas, de lo mejor que hoy en día puede ofrecer la alta sociedad.
¡Pero a usted no la he visto en ninguna de ellas!
Lo dijo todo con una sonrisa, pero sus ojos brillaban con astucia. Incluso podría decirse que mi pizca de malicia no es nada comparada con la suya.
Mamá, puedes sentirte orgullosa de mí.
—Humm… —repliqué.
—¿Qué ha dicho? —preguntó la señorita Hunt ladeando la cabeza para forzar de mí una respuesta de más de una sílaba.
Sinceramente no sé qué espera la gente de los demás.
¿En qué nos hemos convertido si ya no hay lugar para una respuesta monosilábica?
La excepción a la regla es Islington, el duque de, que siempre dice «Ah».
Todos coincidimos en que ese hombre va por libre.
Y con «todos» me refiero a la alta sociedad en general, de la cual he decidido ser representante en este asunto.
Mi recién autoproclamada presidencia de la Sociedad del Monosílabo, sin embargo, no impresionó en absoluto a la señorita Hunt.
De hecho, creo que ni siquiera se enteró.
Pero por desgracia había que hacerlo, había que dar una respuesta.
—He estado acompañando a mi tía de vez en cuando, pero estoy muy ocupada con mi propia agenda. Me parece encantador que Arabella y usted hayan estrechado tanto los lazos.
Sonrió y, al hacerlo, arrugó la nariz.
(Alzo una ceja solo de recordarlo).
—Tendremos que hablar más cuando el señor Sutherland cumpla su promesa de llevarnos a la ópera —dije para terminar.
—Oh, ¿no se ha enterado?
Abrió los ojos de par en par e hizo una pausa, con la boca entreabierta, la historia a punto de salir de su puntiaguda lengua. No podía ocultar su satisfacción. Pero no dijo nada, obligándome con ello a formular la abominable pregunta.
—¿Enterado de qué?
—¡Se ha roto el brazo! ¡El pobre! —Corrección: Roland Sutherland no es pobre, por muy lesionado que esté—. ¡Se lo fracturó en mil pedazos y tiene que permanecer encamado en el campo! ¡Imaginaba que lo sabía! Como son ustedes tan buenos amigos… La verdad es que me sorprende.
No era momento de poner la otra mejilla.
—Oh, lo que pasa es que Roland y yo no nos comunicamos para hablar de cosas tan aburridas —repliqué—. Si no se trata como mínimo de un cuello roto, señorita Hunt, no veo razón para tanto alboroto.
Sonreí.
Y ella respondió con una carcajada difusa.
Carcajada difusa. ¿Acaso sirve eso para algo?
¿Una carcajada contenida? Sin lugar a dudas.
¿Una carcajada truncada? Evidentemente.
Pero ¿difusa? Esa sí que es fastidiosa.
Ni que decir tiene que me marché de la fiesta a la primera oportunidad que se me presentó.
Por irónico que resulte, ¿qué es lo que me esperaba justo al llegar a casa?
Emma:
No sé si estás al corriente, pero me he roto el brazo por todas partes.
El ama de llaves de lord Bennington me tiene encerrado a cal y canto.
No creía que el Parlamento británico le hubiera otorgado autoridad para hacer tal cosa.
En consecuencia, me encantaría verte en cuanto pueda fugarme de aquí y volver a Londres, lo cual calculo que será en el plazo de un par de días.
Roland
Meneé la cabeza y subí a mi buhardilla para redactar una respuesta.
Roland:
¡Eres un sinvergüenza! ¿Sabes quién me ha contado que te habías roto el brazo ? La señorita Hunt. ¡La señorita Hunt! ¡Eres una criatura realmente repugnante!
¿Cómo te encuentras?
Emma
Una vez cumplido con mi deber, abrí una segunda carta que en realidad era una nota.
E:
¿Te importaría decirme qué hacías en el East End y quién era tu acompañante?
J
Pobre de mí.
La J es la inicial de la serpiente.
De Jack.
Dónde he estado y en compañía de quién no es asunto suyo.
Y ahora en lo único que soy capaz de pensar es en las tartaletas de manzana de Everett’s.