7 de agosto
Terminé con el señor Emerson a última hora de la tarde, antes de cenar.
Pero la verdad es que tengo la creciente sospecha de que no he terminado ni mucho menos con él.
De todos modos, di por finalizada mi primera lectura de Auto confianza .
Después de cerrar el libro, lleno a rebosar ahora de notas, caí en la cuenta de que sería capaz de comerme un caballo.
O cualquier cosa similar en tamaño a dicho animal.
Cogí el libro, bajé la escalera (en su totalidad) y llegué al recibidor.
Por los olores que salían de la cocina y la hora que marcaba el reloj, llegué a la conclusión de que la cena estaría lista en nada.
Me dirigía a la cocina cuando vi que la puerta del estudio estaba abierta.
Asomé la cabeza.
Sin invitación previa.
Tía Eugenia me despellejaría viva.
—¿Hola? —saludé.
—Hola —fue la respuesta.
El señor Pierce apareció por detrás de un escritorio de gran tamaño que estaba colocando en el fondo de la estancia.
—Buenas noches —dije, como si abordar fotógrafos incautos fuera lo más normal del mundo.
—¿Sigue abierta esa puerta? —preguntó.
—Así es.
—Le ruego que me perdone, señorita Lion. Parian se ofreció a traerme una pequeña sierra de mano, pero no lo he vuelto a ver. Aunque quizá estaba tan ocupado que no me he dado ni cuenta.
—¿Cuánto rato hace de eso?
—¿Unas horas?
Parian. El hombre ideal para tener como empleado.
Me disculpé con el señor Pierce y le dije que no me importaba en absoluto que la puerta siguiera abierta.
—Es agradable. Le da vida a la casa.
Su sonrisa, cuando pronuncié la palabra «vida», parecía llevar unida un ancla.
De dejarse guiar una por los gestos y señales que transmitía el señor Pierce para entrar en conversación, podría acabar pensando que era un ser de otro mundo.
No le pregunté si era un niño feérico que ha crecido entre los humanos y ha llegado ya a la edad adulta.
Por tentada que estuviera…
Le dije en cambio:
—Ya he terminado el ensayo del señor Emerson.
Y alcé el libro en un gesto triunfante, agitándolo en el aire.
—¿Y?
—Y tengo mucho que decir, de modo que supongo que tendrá que acompañarme.
El señor Pierce se apartó el pelo oscuro de la frente y descansó una mano sobre el escritorio que estaba instalando.
—¿Acompañarla?
—Ando a la caza de algo de alimento. De la cena, como diría un nativo de St. Crispian’s. Agnes la sirve últimamente en el comedor. Imagino que no habrá cenado aún, ¿verdad?
El señor Pierce tamborileó con los dedos el lateral del mueble y se quedó mirándome.
—No voy vestido para una cena.
Y no lo iba, cierto. Pantalones de trabajo, botas viejas, las mangas de una camisa blanca desvaída subidas hasta la mitad de los antebrazos.
Sin chaleco. Sin chaqueta. Invitar a mi comedor a un hombre que va vestido como un jornalero ambulante va contra Todas las Reglas de la Existencia Refinada.
¿Y si la Mala Suerte fuera a traer a tía Eugenia a mi puerta?
El precio a pagar sería muy alto, probablemente mi cabeza.
(Tía Eugenia tiene cierto instinto herodiano).
Dicho esto, tía Eugenia no ha puesto un pie en St. Crispian’s en todos los años que han transcurrido desde que la conozco.
En consecuencia, consideré que el entorno era seguro y así se lo hice saber al señor Pierce.
—Seré su única compañía, señor Pierce. Y bien puede ver que, aunque llevo uno de mis vestidos más viejos, no tengo intención de cambiarme para cenar. Así que venga tal y como está.
En aquel momento, Agnes apareció en el umbral. Clavó la mirada en el señor Pierce y luego en mí, abochornada por haberlo mirado.
—La cena está lista, señora.
—No soy ninguna señora, Agnes. ¿Y podrías poner un segundo cubierto en la mesa? Esta noche me acompañará el señor Pierce.
Los ojos de Agnes se abrieron como platos, pero obedeció sin discusión.
—Me mira como si yo acabara de ahogar a su gato —observó el señor Pierce.
—Al parecer da usted miedo.
—Como supongo que debería ser —fue su réplica.
Poco después, estábamos instalados en el comedor, sentados el uno delante del otro en la zona central de la mesa, el señor Pierce con el brazo extendido sobre el respaldo de la silla que tenía a su lado, haciéndose dueño de la estancia de un modo maravillosamente inconsciente.
Con el libro descansando entre los dos, tardamos muy poco en sumergirnos por completo en la batalla.
Que no fue tanto una batalla como un contrainterrogatorio.
Apareció entonces Parian —la era de los milagros en la que vivimos— y nos sirvió la cena mientras el señor Pierce y yo recitábamos frases de Emerson.
El señor Pierce, con el ceño fruncido y sonriendo de vez en cuando, disfrutó claramente leyendo la letra inclinada de mis comentarios y descifrando mis garabatos.
Deberíamos haber contratado un secretario para registrar por escrito nuestra conversación, pues yo creo que no voy a poder hacerle justicia. El ritmo era tal que solo recuerdo partes.
Como la primera vez que sonrió con sorna al leer lo que yo había escrito.
—¿Se está riendo de mí?
—No —respondió tranquilamente. Pasó página y siguió leyendo—. Sí. Pero porque lo estoy disfrutando.
—¿Así que lo disfruta?
—Mire lo que ha escrito usted aquí. ¿Desafía el concepto del hombre que se ayuda a sí mismo? ¿No está de acuerdo con ello? ¿Acaso el hombre que se esfuerza por tomar las riendas de su propio destino, que trabaja duro, no tiene «todas las puertas abiertas de par en par»?
—Sí, maravilloso —repuse—. El hombre que se ayuda a sí mismo.
Que le abran todas las puertas. Que organicen un desfile en su honor.
Que reciba una medalla de la reina. Sin embargo, no estoy de acuerdo con la afirmación anterior de que es una tontería «sentarse y llorar pidiendo compañía».
A veces necesitamos una hora de congoja antes de poder levantarnos y sacudir a otros mediante esos «choques rudos y eléctricos» de los que habla Emerson.
—Está usted hablando de cosas específicas que la visión más amplia del autor ya tiene en cuenta.
—Así es, pero el autor tiene una manera de presentar sus argumentos que hace que sea perfectamente lógico estar en desacuerdo con ellos en un momento dado y estar luego de acuerdo al siguiente.
Por ejemplo, en la misma página que justo estábamos discutiendo ahora afirma que «Así como las plegarias de los hombres son una enfermedad de la voluntad, así sus credos son una enfermedad del intelecto».
—¿Y no está usted de acuerdo con ello?
—Me parece intrusivo exigir que las plegarias de una persona sigan una línea argumental en concreto.
Y, en cuanto a los credos, he descubierto que a veces la manera de salir del laberinto consiste en adentrarse en la filosofía de otro, echar un vistazo alrededor y luego verse a uno mismo en ese otro lado.
¿Acaso es una tontería sopesar y analizar distintas escuelas de pensamiento?
¿De qué otro modo se puede discernir la verdad?
El señor Pierce se cruzó de brazos, ladeó la cabeza y preguntó:
—¿Defenderá entonces su postura sobre los clásicos, por rancia que sea?
—¡Sin reservas! —A punto estuve de aporrear la mesa—.
No me da ningún miedo enfrentarme a esos grandes hombres de los que habla, ni pelearme a puñetazos si es necesario, con tal de dejar claro lo que opino sobre sus filosofías.
Y en cuanto a su señor Emerson, parece tan versado sobre los clásicos como cualquiera, con todas sus citas del califa Alí.
Y fue entonces cuando el señor Pierce rompió a reír de verdad. Echó la cabeza hacia atrás y rio.
—Es un hombre muy cultivado —dijo cuando por fin consiguió hablar—. Y seguro de sí mismo a la hora de expresar sus contradicciones, si insistiendo en ellas consigue exponer la verdad.
—¿Su verdad? ¿La verdad de usted? ¿O La Verdad?
—¿Y no es esta, acaso, la pregunta fundamental?
Y seguimos así durante horas. La comida, las bebidas, el postre y el té aparecieron y desaparecieron mientras seguíamos debatiendo, solo para acabar retomando el uno los argumentos del otro.
Era como si entre nosotros hubiera… ¿Cómo puedo expresarlo?
¿Una fisión? ¿Una energía? Como si esa tormenta en formación que parece llevar consigo estallara de repente en forma de maravillosa lluvia.
Y me dije entonces: esto. Este tipo de batalla, este tipo de discusión, esta risa cuando vemos que estamos diciendo lo mismo… , esto es lo que deseo de la vida.
Al final, el señor Pierce leyó las últimas frases del ensayo: «Nada puede darte paz sino tú mismo. Nada puede darte paz sino el triunfo de tus principios».
—No estoy segura de si estoy totalmente de acuerdo —me vi empujada a replicar—, pero lo ha leído estupendamente.
Sonrió.
Sonreí.
Qué maravilloso es encontrar amigos.