CAPÍTULO SIETE
Dos semanas después...
Han pasado dos semanas desde que Melina estuvo en la sala de torturas.
Ha descubierto que está en Italia porque todos aquí hablan italiano.
Todos, incluidas las criadas que viven en la casa donde lleva recuperándose las últimas dos semanas.
Leo la había llevado a las dependencias del servicio, y hasta hoy no había salido de allí.
Ahora mismo se dirige a la oficina de Thomas con los productos de limpieza que Linda le dio.
Le sorprende que vaya a limpiar su oficina y su dormitorio, ya que daba por hecho que no la dejaría acercarse. ¿Qué hará él cuando la vuelva a ver?
En las últimas semanas, ella y Linda se han hecho buenas amigas. La mujer de cuarenta años ha sido muy amable con ella. Esa amabilidad le hace echar de menos a su hermana mayor, Franky. Melina nunca supo quién era realmente su madre. La mujer abandonó a la familia cuando ella tenía dos años.
Franky dice que fue entonces cuando su padre empezó a beber.
Melina no sufrió las consecuencias de sus borracheras.
Franky siempre se aseguraba de recibir los golpes en su lugar o de interponerse cuando él le lanzaba botellas.
Melina se siente en deuda con su hermana, y por eso no se atrevió a contarle lo que pasó con Thomas.
Sabe que Franky haría cualquier cosa por salvarla, y no quería involucrarla.
Hará todo lo posible para que eso no ocurra jamás.
Al llegar a la oficina de Thomas, Melina deja los productos de limpieza en el suelo.
Recorre la habitación con la mirada antes de empezar.
El tamaño la deja boquiabierta. Es enorme.
Ahora entiende por qué Thomas le pidió que la limpiara.
Sabe que es un desastre limpiando y quiere torturarla de otra manera.
Melina imagina cuántas horas le llevará quitar el polvo de las estanterías que arrancan detrás del escritorio y rodean toda la habitación.
Para cuando termine, no le quedará tiempo ni energía para limpiar uno de los sofás que hay frente al escritorio, ni siquiera la mesita que separa ambos.
Suspira y coge un paño para empezar por las ventanas, ya que no quiere dejarlas para el final, cuando esté desesperada por marcharse.
***
Melina siente que algo le hace cosquillas en la cara mientras duerme. Levanta la mano para apartarlo, pero queda atrapada en algo. Abre los ojos de golpe.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo durmiendo cuando se supone que deberías estar trabajando? —pregunta Thomas, con la cara a un palmo de la de Melina.
Melina se incorpora de un salto en la cama de Thomas y se limpia la baba de la boca.
Lo mira con los ojos muy abiertos, preguntándose cómo saldrá de esta.
La brillante idea de echarse una siesta en la habitación de Thomas después de limpiar el despacho ha sido su decisión más estúpida hasta la fecha.
Pero no tuvo elección. Linda no le permitió descansar como es debido en su cuarto.
—Dios mío, lo siento mucho. Debo de haberme quedado dormida mientras hacía un pequeño descanso. —Melina sabe que su mentira no cuela, pero no pierde nada por intentarlo.
—¿En serio? ¿Eso es lo mejor que se te ocurre? —Él arquea una ceja. Melina baja la mirada, rezando para que no le haga daño ahora que la ha pillado en una mentira—. Quítate la ropa.
—¿Qué? —Levanta la cabeza y sus miradas se cruzan.
—He dicho que te quites la ropa. —Su aliento le roza la cara con cada palabra. Huele ese familiar olor a tabaco que odiaba pero que acabó aceptando.
—¿Por qué?
—No veo por qué tengo que darte una puta razón. Quítate la puta ropa, Melina.
—No. —Melina niega con la cabeza y se levanta de la cama.
—¡No! —Él suelta una risa seca. A Melina se le escapa un grito cuando Thomas la acorrala contra la pared—. Veo que te has vuelto valiente porque te dejé recuperarte. —Le rodea el cuello con la mano, inmovilizándola contra la pared.
—Thomas —susurra ella, poniendo las manos sobre las de él, tratando de apartarlas—.
Por favor, suéltame. —Lo mira a los ojos, suplicante, pero Thomas le sostiene la mirada y aprieta más.
Se acerca a su oído y apoya los labios allí.
Una oleada de calor le recorre el cuerpo mientras el aliento cálido de él le acaricia el cuello.
Traga con dificultad mientras su aroma le inunda la nariz y le nubla los sentidos.
—Melina —susurra él, y a ella se le eriza el vello de la espalda—. Si quiero que estés desnuda, joder, te desnudas. —La otra mano se desliza hasta su cintura—. ¿Entiendes? —pregunta, atrayéndola hacia él. El pecho de ambos sube y baja aceleradamente.
—Sí.
—Bien. —Le suelta la cintura y da un paso atrás—. Ahora, desnúdate.
Melina sigue dudando y desvía la mirada hacia la puerta. Algo no cuadra. ¿Por qué quiere que se quite la ropa? Alterna la mirada entre él y la puerta y decide intentar escapar. No da más de un paso antes de que él la agarre del pelo y la tire sobre la cama.
—Lo siento —chilla ella.
—Veo que te has doctorado en sacarme de quicio.
—Se sienta a horcajadas sobre ella y le sujeta las manos por encima de la cabeza con una sola de las suyas.
Ella forcejea mientras la otra mano de él baja por su cuerpo y le rasga el vestido.
Los botones salen volando por toda la habitación.
Las lágrimas le llenan los ojos mientras la mirada de Thomas le recorre el cuerpo.
No puede creer lo que está pasando. Nunca pensó que él la forzaría.
¿Cómo pasa tan rápido de estar enfadado a querer violarla?
¡Solo la pilló echándose una siesta en su cama!
—Quédate quieta de una puta vez —gruñe él. Se le encoge el corazón cuando siente la mano de él en la cintura, presionándola contra la cama. Niega con la cabeza, diciéndose que esto no está pasando, que Thomas nunca le haría algo así.
Cierra los ojos y deja que las lágrimas corran libres mientras siente la mano de Thomas subiéndole el vestido.
El cuerpo se le queda laxo y espera a que le arranquen la ropa interior.
Espera que no duela demasiado si no opone resistencia.
Lo oye susurrar en italiano para sí mismo y no se molesta en intentar entender, ya que no conoce el idioma.
—Il dottore ha fatto un buon lavoro. Non ci sono molte cicatrici. Va bene —dice en italiano.
Melina solo puede quedarse quieta y mantener los ojos cerrados, confundida por ese giro brusco de la crueldad a la ternura.
—Vete —dice Thomas de repente. Melina abre los ojos de golpe. Él le suelta las manos y se aparta. Melina lo mira fijamente, preguntándose si estará soñando.
—Sal y asegúrate de que ninguno de mis hombres te vea desnuda.
—Se acerca a ella y le agarra la cara por la barbilla—.
Si alguno de mis hombres llega a ver tu cuerpo porque tu vestido está roto, me aseguraré de terminar lo que pensaste que quería hacer.
—Le suelta la cara como si le diera asco tocarla.
Melina se levanta despacio y se sujeta el vestido por el centro, intentando cubrir la piel expuesta.
Quiere que sus pies se muevan, pero no logra dar un paso por sí misma antes de que Thomas la agarre del brazo y la arrastre hasta la puerta.
Se aferra con fuerza al vestido, con las amenazas de él resonando en su mente mientras la echa fuera.
Se estremece cuando la puerta se cierra de golpe detrás de ella. Él está furioso, y ella ni siquiera sabe qué ha hecho mal. Que la hubieran pillado durmiendo en su cama durante el horario de trabajo lo habría enfadado, pero su ira es tan intensa que está segura de que se trata de algo más.
¿Por qué le pidió que se quitara la ropa si no quería violarla?
Baja la mirada hacia su pecho, preguntándose si algo allí lo hizo detenerse.
Los ojos se le llenan de lágrimas al ver por qué paró.
Se muerde los labios para ahogar los sollozos mientras contempla sus cicatrices.
Se desploma contra la puerta y la espalda le golpea con fuerza contra la madera al caer al suelo.
El corazón le empieza a doler al darse cuenta de que Thomas siempre debió de sentir asco por sus cicatrices.
Ningún hombre en el mundo la encontraría atractiva con tantas cicatrices en el cuerpo.
Se abraza las rodillas contra el pecho, contra su corazón herido.
Está segura de que, ahora que ya no están juntos, él no tiene que mentir sobre lo feas que son.
No puede creer que de verdad creyera que él no las veía repugnantes.
Sintiéndose la mayor idiota del mundo, echa la cabeza hacia atrás y llora desconsolada.
Es como si cada día al despertar, Thomas le hiciera más daño. Ni siquiera entiende cómo es posible, siendo ella quien lo traicionó, pero es su corazón el que se está haciendo añicos.