Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 34. La huida de la más buena
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Capítulo 34. La huida de la más buena

Hay masas que no esperan: en cuanto la levadura despierta, empieza la cuenta atrás, y si no las metes en el horno a tiempo, se caen. Con ciertos momentos de la vida pasa igual. Hay que correr. O se pierden. Y algunos no vuelven.

No dormí aquella noche. Me la pasé entera dando vueltas a la pregunta de Consuelo —«¿y ahora qué vas a hacer, hija?

»— sin encontrarle una respuesta que no fuera terrible por un lado o por otro.

Entregarla era traicionar el cariño de toda mi vida.

Callar era hacerme cómplice de un asesinato y arriesgar mi propia libertad, que ya pendía de un hilo.

No había salida limpia. No la hay casi nunca en las cosas de verdad importantes.

Pero al amanecer había tomado, si no una decisión, al menos un primer paso.

Y el primer paso, lo tenía claro, era dejar de estar sola.

Necesitaba a Garcés. No solo por lo del expediente, no solo porque le debía una disculpa del tamaño de una catedral.

Lo necesitaba porque, de todas las personas que conocía, él era el único que sabía a la vez dos cosas: cómo funciona la ley por dentro, y lo que es tener que elegir entre la ley y el corazón.

Era el único que podía ayudarme a encontrar una manera de salvar a Consuelo del teniente Solís sin taparle el crimen del todo. Si esa manera existía.

Así que, a primera hora, decidí ir primero a casa de Consuelo, a decirle que no iba a entregarla sin más, que íbamos a buscar juntas una salida, que no estaba sola. Y luego, a la pensión, a por Garcés.

Fui a casa de Consuelo. Llamé. Nadie abrió.

Llamé otra vez. Nada. Y me entró un miedo frío, distinto a todos los de aquel otoño, porque aquel era un miedo concreto, con nombre. Empujé la puerta, que estaba abierta, y entré.

La casa estaba en orden. Demasiado orden.

El orden que dejan las personas cuando se van sabiendo que no van a volver a recoger.

La cama hecha con esmero. La vajilla fregada y guardada.

Las plantas regadas, como quien las deja atendidas para un tiempo largo.

Y en la mesa de la cocina, la misma en la que el día antes habíamos compartido el bizcocho terrible, un sobre. Con mi nombre. «Para Cata.»

Lo abrí con las manos temblando. Y era, como me temía, una carta de despedida.

La letra de Consuelo, temblona, la misma que había cambiado un nombre en una fe de erratas, escribía ahora, con mucho cuidado, para que se entendiera bien, la cosa que llevaba diez años sin poder escribir.

La transcribo, aunque me cueste, porque es suya y porque merece leerse:

«Cata, hija. Cuando leas esto ya no estaré.

No te asustes, que no voy a hacer ninguna tontería de las que estás pensando; a mi edad, y después de lo que he hecho, no me pienso quitar de en medio, que sería el camino fácil, y yo ya no me merezco los caminos fáciles.

Voy a hacer lo que tengo que hacer, que es lo contrario de esconderme.

Me voy a la Guardia Civil. A contarlo todo.

Yo. Sola. Antes de que vengan a por ti, que van a ir, hija, lo sé, porque el papeleo te señala a ti y esa gente de fuera solo ve papeles.

Voy a quitarles el papel de las manos. Voy a decirles que fui yo, entera, sola, y que tú no sabías nada, que solo eres la panadera que firma la receta.

Es la única cosa buena que me queda por hacer en la vida: que la última persona a la que quiero no pague por lo que hice yo.

No vengas detrás de mí. No lo estropees.

Déjame irme con esto bien hecho, por una vez. Te quiero más que a nada. Consuelo.»

Leí aquella carta dos veces, de pie en la cocina de Consuelo, con las lágrimas cayéndome sobre el papel y corriendo la tinta temblona.

Y en la segunda lectura entendí, por fin, del todo, quién era Consuelo Abad.

No una asesina. No una santa, tampoco, que ese cuento se le había caído hacía rato.

Una mujer que se pasaba la vida entera protegiendo a los demás, hasta las últimas consecuencias.

Había protegido a Emilio del sufrimiento.

Había pagado diez años de miedo por proteger su memoria.

Y ahora, en el último acto de su vida en libertad, en lugar de huir, en lugar de esconderse, en lugar de dejar que las cosas cayeran donde tuvieran que caer, se iba a entregar ella sola, a cargar con todo, para protegerme a mí.

Aquella mujer no sabía hacer otra cosa que quererlo todo hasta hacerse daño.

Era su virtud y era su condena. Y de las dos, la que la había traído hasta esta cocina vacía y esta carta, era la virtud.

Y yo, leyéndola, tomé una decisión que no había podido tomar en toda la noche.

No con la cabeza. Con las tripas. Consuelo se había pasado la vida protegiendo a la gente que quería.

Pues bien: le tocaba, por una vez, que alguien la protegiera a ella.

Y esa iba a ser yo. Me daba igual la ley.

Me daba igual Solís. Me daba igual mi propia libertad.

No iba a permitir que aquella mujer se fuera sola a inmolarse por mí.

Si había que arreglar aquel desastre, se arreglaba con ella dentro, no con ella de mártir.

Aunque tuviera que ir corriendo detrás de ella hasta el mismísimo cuartelillo. Que es, exactamente, lo que hice.

Solté la carta y salí de la casa de Consuelo casi corriendo, con el corazón desbocado, porque acababa de entender dos cosas a la vez, las dos malas.

La primera: que Consuelo se había ido a entregarse, a cargar con todo ella sola, a inmolarse por mí, y que no pensaba dejar que lo hiciera, porque una cosa era que Consuelo hubiera hecho lo que hizo, y otra muy distinta era que se comiera ella sola una condena para que yo saliera limpia.

Eso no. Eso yo no lo iba a permitir. La segunda cosa que entendí, y esa me la confirmó la realidad en cuanto pisé la plaza, era que no me quedaba tiempo.

Porque en la plaza, aparcado delante del cuartelillo, estaba el coche oficial del teniente Solís.

Y la agente Lucía salía en aquel momento del cuartelillo, deprisa, con unos papeles en la mano, y al verme, en vez de saludarme con su naturalidad de siempre, se paró en seco, y puso una cara rara, una cara de circunstancias, una cara de «no debería decirte esto, pero te lo voy a decir porque somos del pueblo».

—Cata —me dijo, bajando la voz, acercándose—.

Vete. Ahora mismo. No preguntes, hazme caso.

El teniente ha firmado esta mañana una orden.

Contra ti. Vienen a por ti en un rato, en cuanto localicen al juez para no sé qué del papeleo.

Lo del inspector, lo del cuaderno y la vieja, Solís no se lo ha tragado; dice que es «una fantasía para desviar la atención», y que lo simple es lo cierto, que fuiste tú.

—Me metió los papeles debajo del brazo, sin que yo entendiera bien por qué—.

Toma, llévate esto, que es tu copia de la denuncia y te va a hacer falta para el abogado.

Y desaparece un rato, hasta que esto se aclare.

Que yo no te he visto, ¿eh? Yo no te he visto.

Me quedé un momento en mitad de la plaza, con los papeles de Lucía bajo el brazo, mirando el coche del teniente delante del cuartelillo, y las piezas de aquel desastre se me ordenaron en la cabeza con una claridad espantosa.

Consuelo iba camino de aquel cuartelillo, si es que no había llegado ya, a confesar un crimen para salvarme.

Y dentro de aquel cuartelillo, Solís, que no creía ni una palabra de la historia de Consuelo, esperaba a que le trajeran no sé qué papel del juez para venir a detenerme a mí.

O sea que, en el peor de los escenarios posibles, iba a pasar lo más absurdo del mundo: la asesina de verdad se iba a entregar, el policía no la iba a creer, y a la inocente la iban a esposar.

Los dos extremos del pueblo, la más buena y la panadera, camino de la cárcel a la vez, por un teniente que solo sabía leer líneas rectas y que se había empeñado en que la línea recta pasaba por mí.

Había que romper aquella línea recta. Con la verdad entera, bien contada, con pruebas, con cabeza.

Y para eso yo sola no valía; a mí sola Solís no me iba a escuchar, que era la sospechosa.

Hacía falta alguien con galones, o con carné oficial, o con la cabeza más fría que había conocido en mi vida.

Hacía falta Garcés. Otra vez. Siempre Garcés.

No me escondí. Que Dios bendiga a Lucía por avisarme, pero no le hice caso en lo de desaparecer, porque desaparecer no arreglaba nada; desaparecer solo dejaba que la máquina se llevara por delante a Consuelo por un lado y a mí por otro.

Hice lo contrario de esconderme, igual que estaba haciendo Consuelo. Eché a correr.

Corrí por las calles de Santibáñez, yo, la panadera, que no corría desde el colegio, con los papeles de mi propia denuncia bajo el brazo y el corazón en la boca, esquivando a los vecinos que me miraban pasar sin entender nada, camino de la pensión de doña Sagrario.

Corrí porque de pronto lo tenía todo clarísimo, con esa claridad que da el no tener tiempo para dudar.

Consuelo estaba en el cuartelillo, o de camino, dispuesta a sacrificarse por mí ante un teniente que no la iba a creer.

Solís tenía una orden contra mí y la certeza equivocada de que yo era la asesina.

Y la única manera de deshacer aquel nudo —de salvar a Consuelo de un destino peor, de librarme a mí, de que la verdad, la de verdad, la de las tres pruebas y los diez años y el amor disfrazado de crimen, se contara entera y bien— pasaba por una sola persona.

La misma a la que yo había echado de mi casa gritándole que no soportaba mirarle.

Llegué a la pensión sin aliento. Subí las escaleras de dos en dos. Aporreé la puerta de su cuarto, la del inspector difunto, con los nudillos y con la palma, sin importarme el escándalo.

Y Garcés abrió. Con cara de sorpresa, a medio afeitar. Y detrás de él, sobre la cama, la maleta rígida y gris, hecha, cerrada, con las esquinas reforzadas. La maleta de irse. Estaba a punto de dejar Santibáñez para siempre, seguramente en el coche de línea de aquella misma mañana.

Y verlo así, con la maleta hecha, con el aire de un hombre que en media hora habría dejado el pueblo para no volver, me atravesó una cosa que no tenía tiempo de sentir pero que sentí igual, de golpe, como una punzada: que había estado a un pelo de perderlo.

Que si Consuelo hubiera esperado un día más, si Lucía no me hubiera avisado, si yo hubiera tardado media hora más en decidirme, habría llegado a aquella pensión y me habría encontrado el cuarto vacío y a doña Sagrario diciéndome «el inspector se fue esta mañana, hija».

Habría llegado tarde. Y hay cosas que, cuando se llega tarde, ya no se recuperan.

Pero no llegué tarde. Por los pelos, pero no.

Y me permití, en aquel umbral, con un teniente y una orden y una vieja camino del sacrificio pisándonos los talones, medio segundo de puro alivio egoísta: el de dar gracias por que aquel hombre imposible siguiera ahí, con su corbata y su cara de reloj, a tiempo todavía de que yo hiciera bien lo que la última vez había hecho tan mal.

Y entonces, sin saludarlo, sin disculparme todavía, sin nada de lo que le debía y que ya vendría después, le solté, entre jadeos, lo único que importaba en aquel momento:

—Garcés. Sé quién lo hizo, sé por qué, y lo sé todo.

Consuelo se ha ido a entregarse para salvarme, y Solís va a detenerme a mí porque no la cree.

Se están equivocando los dos a la vez. Y no tenemos tiempo.

Necesito que baje esa maleta, que se ponga la corbata, y que me ayude a arreglar el mayor lío de la historia de este pueblo. Ahora. Corriendo. ¿Cuento con usted?

Garcés me miró un segundo. Uno solo. Miró la maleta hecha sobre la cama.

Me miró a mí, despeinada, sin aliento, con los papeles de mi detención bajo el brazo.

Y aquel hombre, que hacía unos días se había ido de mi casa creyendo que me perdía para siempre, hizo lo único que yo necesitaba que hiciera.

No preguntó nada. No pidió explicaciones.

No perdió un segundo en el orgullo, que habría tenido todo el derecho del mundo a gastar.

Cogió la corbata.

—Deme dos minutos —dijo—. Y cuénteme por el camino. Vamos a correr.