Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 33. Un bizcocho entre las dos
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Capítulo 33. Un bizcocho entre las dos

Un bizcocho está hecho para partirse y compartirse; solo no se come. Y hay conversaciones que solo se pueden tener así: con un bizcocho en medio, partiéndolo despacio, para tener las manos ocupadas mientras la boca dice lo que de otra forma no se diría nunca.

Al día siguiente, muy temprano, antes de abrir el horno, hice un bizcocho. Uno solo. No para vender. Para llevar.

Lo hice como no lo hacía desde hacía veinte años.

Con manteca de cerdo, no con mantequilla.

Con matalauva en grano, cruda, sin tostar.

Con la ralladura de tres limones y el romero fresco del tiesto de la ventana.

Lo hice a la vieja usanza. A la usanza de mi abuela.

A la usanza con la que se había matado a Braulio Cascales.

Lo hice llorando, para qué negarlo. Porque hacer aquel bizcocho, el prohibido, el que no volvería a hacer, era mi manera de decir en voz alta, con las manos, lo que no me atrevía a decir con la boca.

Era mi manera de decirle a Consuelo, sin una palabra, «lo sé».

Sabía que, en cuanto lo viera, en cuanto lo oliera, ella lo entendería.

Que aquel bizcocho concreto, con la matalauva cruda y la manteca, no lo hacía yo por casualidad.

Que lo hacía porque sabía. Y que había venido a hablar.

Lo saqué del horno, lo dejé enfriar lo justo, lo envolví en un paño limpio y me fui a casa de Consuelo.

Andando despacio, con el bizcocho caliente entre las manos, como se lleva una cosa que da miedo entregar.

Por el camino me crucé con medio pueblo, que me saludó como se saluda a la panadera, sin saber que aquella panadera iba a la casa de la asesina, con el arma del crimen recién horneada, a tomarse un café.

Consuelo me abrió la puerta con su bata de estar por casa y su sonrisa de siempre, la que llevaba semanas doliéndome mirar. Me abrió como me abría siempre, alegre de verme, «Cata, hija, qué sorpresa, pasa, pasa». Y yo pasé. Y le puse el bizcocho en la mesa de la cocina. Envuelto todavía en el paño.

Lo desenvolví despacio. Y me aparté un poco, para verle la cara mientras lo miraba.

Consuelo miró el bizcocho. Vio el color, más oscuro que el mío de siempre, el de la manteca.

Se acercó, sin tocarlo, y lo olió. Y notó, porque una mujer que ha hecho ese bizcocho miles de veces lo nota, la matalauva cruda, ese punto amargo que tiene el de antes y que no tiene el mío.

Lo notó todo, en dos segundos. Y yo vi cómo, en esos dos segundos, se le cambiaba la cara.

No de golpe. Despacio. Como se apaga una luz con reostato.

La sonrisa se le fue, no de miedo, sino de otra cosa, de algo parecido al alivio, al cansancio de quien lleva mucho tiempo esperando una llamada a la puerta y por fin la oye.

Y cuando volvió a mirarme, ya no era la Consuelo de la sonrisa.

Era otra. Una que yo no conocía y que, sin embargo, llevaba diez años viviendo debajo de la que sí conocía.

—Lo has hecho con manteca —dijo, muy bajito.

—Lo he hecho con manteca —dije yo.

Y ella asintió, despacio, una sola vez. Y con ese gesto, sin una palabra más, sin negar nada, sin fingir nada, Consuelo Abad me confesó que había matado a Braulio Cascales. No hizo falta que lo dijera. Lo dijo el bizcocho por ella. Lo dijo su cara. Lo dijo el alivio.

—Siéntate, hija —añadió, y le tembló la voz por primera vez—. Voy a poner café. Que esto va para largo. Y hay cosas que llevo diez años queriendo contarle a alguien. A alguien que me quiera. Y no me queda nadie que me quiera más que tú.

Y me lo contó. Todo. Con dos cafés y un bizcocho de por medio, en la cocina de su casa, mientras fuera el pueblo hacía su vida sin sospechar nada, Consuelo Abad me contó los diez años que llevaba callándose.

Empezó por Emilio. Como tenía que empezar. Porque todo empezaba en Emilio.

Me contó lo que ya sabía y muchas cosas que no.

Me contó los dos años y medio de enfermedad.

Me contó cómo era ver morir despacio, a cachos, al hombre con el que llevaba casada cuarenta años, al niño con el que había crecido, viéndolo perder primero las fuerzas, luego la dignidad y, al final, hasta el consuelo, porque los dolores llegaron a un punto en que ya no había morfina que los tapara.

Me contó las noches. Me contó la última.

De la última no me contó los detalles, y yo no se los pedí, y no los voy a poner aquí, porque hay cosas que no son de nadie más que de quien las vivió, y porque una muerte por amor, si es que existe tal cosa, y aquella lo era, no se cuenta con detalles: se cuenta con silencios.

Solo me dijo esto, y no se me va a olvidar mientras viva: «Yo no lo maté, Cata.

A Emilio no lo maté. Lo dejé descansar. Que es distinto.

Aunque para la ley sea lo mismo, para mí es lo más distinto del mundo.

Un día lo entenderás. Cuando quieras a alguien tanto como para no soportar verlo sufrir.

Ojalá no lo entiendas nunca. Pero, si lo entiendes, acuérdate de mí».

Y luego me contó lo de Braulio. Cómo Braulio se enteró, nunca supo del todo cómo, porque Braulio se enteraba de todo, era su don y su veneno.

Cómo se presentó en su casa, a los pocos días del entierro de Emilio, cuando ella todavía no había llorado del todo, y le ofreció, con esa cara suya, «ayudarla con los gastos».

Pagarle medio entierro. Y cómo ella, tonta de pena, se lo agradeció, sin entender todavía que aquel dinero no era un regalo, sino la primera letra de una deuda que iba a pagar durante diez años.

Porque a la semana siguiente Braulio volvió.

Y le pidió un primer favor. Pequeño. Y luego otro.

Y Consuelo, que sabía lo que Braulio sabía, pagó.

Y pagó. Y pagó. Diez años pagando en silencio, en obediencia, en miedo, el precio de haber querido a un hombre lo suficiente para dejarlo descansar.

—¿Y sabes qué es lo que más rabia me da, hija?

—dijo, y por un momento asomó, debajo de la pena, una chispa de la Consuelo de siempre, la que tiene genio cuando algo la indigna—.

Que ni siquiera me pedía cosas gordas. Eso habría sido casi más digno.

Braulio me pedía cosas pequeñas. Ruines.

Que le llevara el periódico la primera, todas las semanas, antes que a nadie, «que a mí me gusta leerlo calentito».

Que le hiciera yo los recados que no quería hacer.

Que le guardara secretos de otros, porque me usaba a mí, la que reparte, la que entra en todas las casas, como sus oídos.

Diez años de recaditos. Diez años de «Consuelo, hazme esto», «Consuelo, tráeme lo otro», con esa sonrisita, sabiendo los dos por qué yo no podía decirle que no.

Me convirtió en su criada, Cata. Y lo peor es que delante de la gente me trataba con cariño, «mi buena Consuelo», y todos pensaban qué suerte tenía yo de que un hombre tan importante me apreciara tanto.

Si el pueblo supiera. Diez años sonriéndole a la cara al hombre que me tenía cogida por el cuello. Diez años. Se dice pronto.

—Y un día —siguió Consuelo, y aquí la voz se le puso más firme, casi serena, la de quien llega al final de una historia que ha contado mil veces para sus adentros— abrí el periódico.

El tuyo. Y vi la esquela de Braulio. Su nombre, con su cruz, la fecha, todo.

Muerto. Dado por muerto. En letra impresa.

—Fue un error mío —dije—. Yo me equivoqué al maquetar, yo…

—Ya sé que fue un error tuyo, hija. Ya lo sé.

—Me cogió la mano por encima de la mesa—.

Pero yo no lo leí como un error. Yo lo leí como una señal.

Llevaba diez años pidiéndole a Dios, cada noche, que se muriera Braulio Cascales.

Cada noche. Y una mañana abrí el periódico y allí estaba, muerto, escrito.

Como si Dios, o quien sea, o el azar, me estuviera diciendo: «Ya está.

Ya te toca. Ya puedes descansar tú también».

Como me tocó a mí ayudar a descansar a Emilio, me tocaba ahora ayudarme a descansar a mí misma.

Y solo había una manera. Aquella esquela, Cata, aquel error tuyo, fue lo que me dio el permiso. Después de diez años esperándolo.

Me quedé sin habla. Porque acababa de decirme que mi error, mi torpeza, mi despiste maquetando un jueves, había sido el gatillo.

Que sin mi esquela equivocada, a lo mejor Braulio seguía vivo.

Que yo, sin saberlo, sin quererlo, había puesto en marcha todo aquello.

Y antes de que pudiera hundirme en esa culpa, que me habría tragado entera, Consuelo, que me conoce, me apretó la mano más fuerte.

—Ni se te ocurra —dijo—. Ni se te ocurra cargar tú con esto.

Tú escribiste un nombre en un sitio equivocado.

Yo hice lo demás. Todo lo demás. Lo tuyo fue un accidente.

Lo mío fue una decisión. Diez años pensada.

No me robes lo único que es mío en toda esta historia, hija, que es la culpa.

La culpa es mía. Entera. No te la lleves tú, que ya cargas con demasiadas cosas que no son tuyas.

Y luego, como quien se quita el último peso, me contó lo del segundo periódico. Lo de la fe de erratas que dio por muerto a Garcés.

—Esa no fue tuya, Cata —dijo, y bajó la cabeza, avergonzada, la única vez en toda la conversación que la vi avergonzada de verdad—.

Esa fue mía. Aquella noche, en la trastienda, haciendo los fardos, cuando tú ya te habías ido a casa, cambié el nombre.

Puse el del inspector. Perdóname. Es lo que peor me sienta de todo lo que he hecho, más que lo de Braulio, porque a Braulio me lo pedía el alma, y esto te lo hice a ti.

Pero es que tuve miedo. Aquel hombre no era como Chamorro.

Aquel hombre miraba de otra manera. Aquel hombre iba a acabar viéndolo, lo supe en cuanto lo vi bajar del coche.

Y yo, en mi desesperación, pensé que, si el pueblo se ponía a hablar de que se iba a morir el inspector, dejarían de mirar hacia otro lado, tendrían con qué entretenerse, y a él lo asustarían y se iría.

Fue una tontería. Una tontería de vieja asustada.

Y lo único que conseguí, mira tú por dónde, fue meterlo en tu casa.

Juntaros. Empujarte hacia el único hombre capaz de descubrirme.

Hay veces que una hace las cosas tan al revés que acaba haciendo justo lo que quería evitar.

Yo la escuché todo aquel rato sin interrumpir apenas, con los ojos llenos, viendo cómo la mujer más buena que conocía se me convertía delante, no en un monstruo, que era lo que yo había temido, sino en algo mucho más difícil de encajar: en una persona.

En una persona entera, con su amor y su crimen dentro, sin que se pudiera separar lo uno de lo otro.

Y en algún momento, no sé cuándo, me levanté, di la vuelta a la mesa y la abracé.

A la asesina. A mi segunda madre. Las dos cosas a la vez, que eran, me había costado todo aquel otoño entenderlo, la misma.

Y ella se dejó abrazar, y lloró por fin, callada, sobre mi hombro, como a lo mejor no había llorado en diez años, porque en diez años no había tenido a nadie a quien contárselo.

Y llorar sin poder contarlo no es llorar: es ahogarse despacio.

Cuando terminó de hablar, ya había caído la tarde, y los dos cafés se habían quedado fríos, y del bizcocho, el bizcocho terrible, nos habíamos comido, sin darnos cuenta, media hornada, porque el cuerpo, aunque el alma esté rota, sigue teniendo hambre, y porque hay penas que se llevan mejor con algo dulce en la boca, aunque ese algo dulce sea, precisamente, el arma del crimen.

Cosas de este oficio. Cosas de esta vida.

Y entonces Consuelo me miró, con una serenidad que a mí me daba más miedo que cualquier llanto, y me hizo la pregunta que yo llevaba toda la tarde temiendo. La única que quedaba.

—¿Y ahora qué vas a hacer, hija?

Y yo no supe qué contestar. Porque no lo sabía.

Porque en aquella cocina, con una vieja a la que quería como a una madre, que había matado a un hombre y me acababa de contar por qué, se me juntaban todas las cosas que no se pueden juntar: la ley y el cariño, la justicia y la piedad, lo que había que hacer y lo que quería hacer.

Garcés había dicho que la verdad se sirve cuando está lista.

Pues bien: ya estaba lista. La tenía delante, entera, humeante, en aquella mesa.

Y ahora me tocaba a mí decidir qué hacer con ella.

Sola. Como había resuelto el caso. Sola.

No contesté aquella tarde. Le dije a Consuelo que la quería.

Que necesitaba pensar. Y me fui a casa, con el paño vacío, sin bizcocho, con la cabeza llena de la conversación más difícil de mi vida, a hacer lo único que me quedaba por hacer: elegir.

Entre entregar a mi segunda madre a un teniente que solo leía papeles, o cargar yo, para siempre, con el peso de haber callado un asesinato.

No había una tercera opción buena. Aquella noche, buscándola, no la encontré.

Pero, por primera vez, no estaba dispuesta a buscarla sola.

Porque había un hombre, en una pensión, que sabía mejor que nadie lo que era tener que elegir entre la norma y el corazón.

Y a lo mejor había llegado la hora de dejar de castigarlo por ello, y de empezar a pedirle ayuda.