Una pasión escondida Cartas para el presente
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Cartas para el presente

Elena seleccionó cinco cartas de Gabriel y las leyó en la siguiente reunión.

No eligió las más apasionadas, sino aquellas donde él reconocía dudas, errores y esperanza.

Después invitó a cada amiga a escribir una carta dirigida a la mujer que había sido veinte años atrás.

Clara le pidió que no confundiera autosuficiencia con soledad.

Teresa le prometió que algún día dejaría de pedir perdón por ocupar espacio.

Inés le advirtió que la justicia sin afecto podía volverse otra muralla.

Julia le aseguró que su voz encontraría una audiencia incluso después de que la radio intentara jubilarla.

Elena escribió: “No esperes que alguien venga a devolverte la vida. La vida nunca se fue; sólo aprendiste a mirarla desde demasiado lejos”.

Guardaron las cartas en un cajón nuevo, sin cerradura.

La ausencia de llave era deliberada: los sentimientos no debían convertirse otra vez en pruebas ocultas.

Gabriel llegó al final de la reunión con pan recién hecho.

Elena lo recibió con un beso breve, cotidiano, más íntimo que cualquier escena grandiosa.

Las amigas protestaron porque interrumpía la discusión del libro, y él se retiró al patio sonriendo.

Elena volvió a su asiento. Apreciaba el amor, pero también la conversación, el trabajo y la complicidad que existían más allá de él.

Ésa era la diferencia decisiva entre su juventud y el presente: Gabriel formaba parte de su vida, no era el centro que debía sostenerla.