Capítulo 5. La vida que todavía espera
Tres meses después, el círculo de los jueves celebró la reapertura del invernadero.
Bajo los cristales nuevos, las orquídeas convivían con rosas color vino y mesas preparadas para lectoras de todas las edades.
Elena observó a mujeres que llegaban solas, en pareja o con amigas; algunas pedían novelas de misterio, otras confesaban en voz baja que buscaban historias de amor protagonizadas por personas parecidas a ellas.
Julia inauguró la sesión declarando que la imaginación no tenía fecha de caducidad.
Clara habló de la valentía cotidiana; Teresa explicó que una planta madura podía florecer de manera más abundante porque sus raíces conocían la sequía.
Inés, siempre sobria, leyó una carta anónima de una oyente de sesenta y cuatro años que acababa de inscribirse en la universidad.
Gabriel permaneció al fondo, tomando fotografías sólo cuando alguien se lo permitía.
Él y Elena habían decidido mantener casas separadas y compartir viajes, cenas y trabajo, un arreglo que desconcertaba a quienes confundían amor con fusión.
La elección les daba alegría. No necesitaban reproducir la vida que no tuvieron ni demostrar que todo sacrificio había valido la pena.
Cuando se encontraron junto a la rosa tallada, Gabriel le preguntó si aún consideraba escondida aquella pasión.
Elena miró a sus amigas, a las lectoras y a la ciudad encendida más allá del vidrio.
Contestó que ya no. Lo escondido había sido su derecho a desear sin pedir autorización.
Recuperarlo era más importante que recuperar cualquier historia.