ANDRÉ SIMON
A las doce y treinta y siete, Patrick ya había llegado a su cuarta explicación posible para el coche gris y ya no creía en ninguna, lo que le irritaba casi tanto como la negativa de Christian a decidirse por una.
El hombre que debía acudir al búnker había entrado en el aparcamiento de un supermercado, tal como Christian le había indicado, y se había quedado allí el tiempo suficiente para que el coche que había visto dos veces pasara de largo sin volver a aparecer.
Erwin había enviado a alguien a vigilar la zona desde lejos, sin acercarse ni intentar seguir a nadie, y al cabo de casi una hora sabían sobre un Renault Mégane gris más de lo que Patrick había querido saber jamás, sin que nada demostrara que el conductor hubiese estado siguiendo a nadie.
—Quizá buscaba una dirección —dijo Erwin.
Patrick levantó la vista del teléfono.
—Pasó dos veces.
—Yo he pasado tres veces por la misma calle esta mañana.
—Porque te perdiste.
—Exacto.
—Tú no eres un argumento a favor del comportamiento normal.
Erwin terminó el café, frío desde hacía rato, y miró a Christian.
—¿Lo traemos?
Christian llevaba las gafas bajas sobre la nariz y estaba leyendo por segunda vez las notas de Patrick sobre los hombres de Lucas. Terminó la línea antes de contestar.
—Aquí no.
—Eso ya lo hemos establecido —dijo Patrick—. La pregunta es dónde.
Christian se quitó las gafas.
—En la escuela.
Erwin frunció el ceño.
—¿En mi casa?
—Tienes cámaras.
—También tengo hoy veintitrés alumnos, seis instructores, una secretaria que pregunta por qué entra cada coche por la puerta y un vecino que llama al ayuntamiento si respiramos después de las siete de la tarde.
—Exacto.
Patrick dejó el teléfono.
—Espera. Quieres un sitio discreto y eliges uno con veintitrés alumnos.
—No quiero un sitio discreto. Quiero un sitio donde su llegada no resulte extraña.
Erwin lo pensó y asintió.
—Puedo decir que viene a una evaluación.
—No tienes que decir nada a menos que alguien pregunte.
—Mi secretaria preguntará.
—Entonces dile la verdad que le sirve: viene un hombre a hablar contigo.
Patrick miró a Christian y sintió aquella irritación antigua, casi infantil, que solo su hermano conseguía provocarle sin hacer nada especial.
—¿Y yo?
—Tú te quedas aquí.
—No.
Christian volvió la cabeza hacia él.
—Patrick.
—No me digas «Patrick» con ese tono. Si han seguido al hombre porque viene a verte, yo soy precisamente quien podría reconocer una conexión con Lucas.
—También eres la persona a la que Lucas intenta matar.
—Sí, Christian. Me he dado cuenta.
Erwin echó la silla hacia atrás.
—Voy a subir antes de que empecéis a discutir sobre quién tiene permiso para morir y dónde.
Patrick lo señaló.
—No te vayas. Tú tienes voto.
—No sabía que estuviéramos votando.
—Ahora sí.
Christian dejó las gafas sobre la mesa.
—No estamos votando.
—Entonces voy seguro.
ANDRÉ SIMON.
Christian vio el cambio en la cara de Patrick antes de ver la pantalla.
—¿Quién?
Patrick no contestó. El teléfono siguió vibrando y luego se detuvo.
Erwin se volvió desde la puerta.
—¿Problemas?
Patrick levantó el teléfono.
—André.
Christian se quedó inmóvil.
—¿Simon?
—¿Cuántos Andrés crees que me están llamando ahora mismo?
—Los suficientes para que pregunte.
Patrick tocó la notificación. Llamada perdida. Ningún mensaje.
Durante los últimos días había imaginado más de una vez qué le diría a André si lo tuviera delante.
En algunas versiones, la conversación había sido muy breve.
En otras, lo obligaba a explicar una por una todas las cosas que había visto, cada fotografía, cada llamada, cada momento en que había estado junto a Patrick fingiendo no saber que Morel estaba montando una operación alrededor de Lucas.
Ninguna de aquellas versiones empezaba con una llamada que Patrick no sabía si devolver.
—Llámalo —dijo Christian.
Patrick alzó la vista.
—¿Eso es todo?
—No. Primero piensa por qué te llamaría.
—Para saber si sigo vivo.
—Puede ser.
—Para averiguar dónde estoy.
—Puede ser.
—Para terminar lo que empezó.
Christian apartó un poco el teléfono de Patrick del borde de la mesa, donde corría peligro de caer.
—Puede ser.
—¿Tienes otra expresión?
—Sí. No lo sé.
Patrick se levantó y empezó a caminar de un lado a otro, pero a los tres pasos llegó a la pared. Había olvidado lo pequeño que se volvía el búnker cuando uno intentaba pasearse por él.
—Ese hombre me vendió a Lucas.
—Sí.
—Nada de «puede ser». Eso lo sabemos.
—Sabía lo que ocurriría si Lucas se enteraba.
—Probablemente.
Patrick se volvió.
—No. Lo sabía.
Christian dejó pasar la afirmación, lo que irritó aún más a Patrick.
—Lo llamaré yo —dijo Erwin.
—No te conoce.
—Exacto.
—¿Y qué vas a decirle?
—Hola, soy un desconocido de Lyon. Patrick no puede ponerse porque está en un búnker hablando con su hermano monje sobre cómo evitar que lo maten. Me parecía un comienzo potente.
Patrick lo miró un instante y, a pesar suyo, se echó a reír.
—Eres idiota.
—Pero has respirado.
Christian cogió una hoja limpia.
—Lo llamas tú.
Patrick lo miró.
—¿Por qué?
—Porque él te ha llamado.
—Eso no es una razón.
—Es la única que tenemos.
Patrick pulsó el botón de llamada antes de poder arrepentirse y puso el teléfono en altavoz. André contestó tan deprisa que probablemente lo tenía en la mano.
—¿Patrick?
Su voz era distinta de la que Patrick conocía del casino, más baja y apresurada, con la respiración demasiado cerca del micrófono.
—Sí.
Al otro lado, Patrick lo oyó soltar el aire.
—¿Estás bien?
Patrick miró a Christian.
—¿Tú qué crees?
—No lo sé. Yo… no sabía si habías…
André se detuvo.
—¿Si había qué?
—Si habías conseguido escapar.
—¿De la gente a la que tú dijiste dónde encontrarme?
El silencio que siguió no le produjo a Patrick ninguna de las satisfacciones que había esperado.
—Sí —dijo André.
Sin disculpa, sin explicación; la sencillez de la respuesta casi la hacía más difícil de soportar.
—¿Dónde estás?
—No puedo decírtelo por teléfono.
—Entonces ¿por qué me llamas por teléfono?
—Porque no tengo otro número.
—Tienes el de Lucas.
—Patrick…
—Llámalo.
Christian levantó una mano. Patrick lo ignoró.
—O quizá ya lo has hecho. A lo mejor está sentado a tu lado escuchando.
—Lucas no está aquí.
—Estupendo. Ahora me siento mucho mejor.
—Escúchame dos minutos.
—No.
André guardó silencio.
Patrick colgó.
—¿Qué? —preguntó Patrick.
—Nada.
—Tienes esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara que pones cuando no dices lo que estás pensando porque crees que llegaré yo solo.
Christian se frotó el puente de la nariz.
—No sé qué está pensando André.
—Yo sí.
—Entonces ¿por qué te ha llamado?
Patrick abrió la boca, pero no encontró respuesta.
—Quizá lo ha enviado Lucas.
—Es posible.
—¿Y?
—Y tenemos que averiguarlo.
El teléfono volvió a vibrar, esta vez con un mensaje.
Patrick lo abrió.
No quiero dinero. No quiero nada de ti. Necesito decirte por qué lo hice. Después haz lo que quieras.
Unos segundos más tarde apareció debajo un segundo mensaje.
Y sé quién ayudó a Kola a encontrarte.
Patrick lo leyó dos veces y tendió el teléfono a Christian.
—Ahora tenemos una razón —dijo Christian.
—Tenemos un cebo.
—También es posible.
—Me alegra que nos entendamos.
Erwin se acercó y leyó los mensajes por encima del hombro de Patrick.
—Podemos llevarlo a la escuela.
Patrick se volvió hacia él.
—Hace cinco minutos no querías gente sospechosa en la escuela.
—Hace cinco minutos el sospechoso era mío.
Christian acercó el mapa.
—No viene al búnker ni va directamente a la escuela. Elegimos un lugar público para el primer contacto.
Patrick lo miró.
—¿Elegimos?
—Vienes conmigo.
Durante un instante Patrick no dijo nada.
—Has cedido bastante rápido.
—Antes tenías razón.
—¿Puedes repetirlo?
—No.
Erwin sonrió y empezó a recoger las tazas.
André eligió el lugar antes de que ellos pudieran proponer ninguno: una cafetería junto a una zona comercial del este de Lyon, donde a aquella hora las mesas estaban ocupadas por gente que almorzaba tarde, repartidores que entraban a tomar café y empleados de los comercios de alrededor.
Christian aceptó después de que Erwin comprobara la zona y de una discusión de diez minutos en la que Patrick explicó que, si cambiaban tres veces de sitio, de hora y de ruta, podían acabar pareciendo más sospechosos que el hombre al que intentaban comprobar.
Fueron en dos coches. Erwin se quedó a unas calles de distancia, mientras Patrick conducía porque se había negado a esconderse atrás, y Christian iba a su lado mirando más los retrovisores que la carretera.
—Si miras mi retrovisor una vez más, vas a desajustarlo solo con la mirada —dijo Patrick.
—Está demasiado bajo.
—Para mí está bien.
—Entonces déjalo.
—Eres tú quien lo está mirando.
Christian se volvió hacia la ventanilla.
—Bien.
Patrick lo miró de reojo.
—¿No tienes que ganar todas las discusiones?
—No.
—Dieciocho años en un monasterio sí que obran milagros.
Christian no contestó. Patrick cambió de carril un poco más tarde de lo debido y recibió un largo bocinazo desde atrás.
—Muy bien —dijo Christian—. Ahora mira la carretera.
—La estaba mirando.
—No lo suficiente.
—Por favor, no te conviertas en instructor de conducción. Erwin ya tiene ese trabajo.
Llegaron nueve minutos antes. Patrick reconoció enseguida el Peugeot de André, mal aparcado entre un todoterreno y un poste, con la rueda derecha casi sobre la línea. No vio a nadie dentro.
—Su coche.
Christian miró la matrícula.
—¿Seguro?
—Pagué la reparación hace seis meses. Estoy seguro.
—¿Qué reparación?
Patrick lo miró.
—¿Importa?
—No.
—Entonces ¿por qué preguntas?
—No lo sé. Has dicho que la pagaste.
Patrick negó con la cabeza.
—La caja de cambios. Y no empieces a preguntar por la factura.
André estaba dentro de la cafetería, en una mesa junto a la ventana, aunque Patrick había esperado que eligiera un rincón. Lo vio antes de entrar y tuvo un momento desagradable en el que el hombre de dentro no se parecía lo suficiente al traidor que Patrick se había construido en la cabeza.