Una nueva pupila (Cazadoras 1) Capítulo 7
32%

Capítulo 7

Aunque las clases se habían dado online, los exámenes eran cosa distinta, aunque fuese difícil controlar a tantos alumnos. Esos días no pude evitar a Ray.

—¡Eh!, Didi. —Lo vi correr hacia mí por el pasillo.

—Hola, Ray —respondí a su saludo cuando me alcanzó. Di un paso atrás, manteniendo la distancia personal entre los dos.

—Al final no hemos podido quedar para estudiar. —Genial, ni un «¿cómo te encuentras?» ni un «te he echado de menos». Tiempo atrás habría pensado que esas dos preguntas estaban implícitas en su forma de mirarme, pero ahora sabía que no era así.

—Las circunstancias son las que son, Ray. Pero estoy segura de que habrás seguido los pasos que te enseñé hace tiempo. —¡Ja!, su forma de tomar apuntes no era tan buena como la mía, por eso quería desesperadamente mis anotaciones.

—Eres una estupenda profesora. —Dio un paso tentativo hacia mí, seguramente buscando ese contacto físico que antaño me convertía en gelatina. Pero esta vez no iba a suceder.

—Ray, por favor. Mantengamos la distancia. —Sus ojos se entrecerraron, como si sospechase que había algo más que miedo al contagio en mis palabras.

—No hay que ser tan exagerada, Didi —me recriminó.

—Está muriendo gente, Ray. No quiero ser una de esas personas que engrosan las estadísticas de fallecimientos. —Me mantuve firme.

—Está bien, lo respeto.

—¿Lo has preparado bien? Mayers es un hueso duro. —Intuí su sonrisa bajo la mascarilla.

—He estudiado como un loco, no tenía otra cosa que hacer. —Su mano se alzó hacia mi mejilla, como si tratase de demostrarme que seguía siendo un novio atento. Era un actor muy metido en su papel.

—Urtaristi, Dennise— No había manera de que dijeran bien mi apellido, pero era lo que había. Ya me había acostumbrado a que lo cambiaran dependiendo de lo que entendiesen.

—Aquí. —respondí a la llamada. Me acerqué al profesor que había llamado desde la puerta de acceso al aula y le mostré mi carné de estudiante.

—Bájese la mascarilla. —Seguramente alguien ya había tratado de hacerse pasar por otra persona. Obedecí, confirmó que era yo y me dio paso.

—Adelante.

—Suerte —escuché la voz de Ray a mi espalda .

Levanté el pulgar hacia él, como hacían en el circo romano para salvar la vida de los gladiadores. Ray asintió hacia mí y me guiñó un ojo. «Sí, idiota», pensé, «tú sí que vas a necesitarla».

Días después, cuando las notas se colgaron en la web de la universidad, constaté que a mí sí que me había ido muy bien.

En cuanto a Ray, descubrí que no tanto, ni siquiera había aprobado.

Decir que estaba de un humor de perros era poco.

No era tan tonto, sabía que faltaba material en lo que había conseguido a escondidas.

El problema fue la insistencia con la que intentó reunirse conmigo.

Necesitaba mis apuntes para presentarse al examen de nuevo.

Conseguirlos se convirtió en su más urgente necesidad. Además de revisar las demás materias.

Mis quiebros le estaban cansando, y aunque consiguió material de otras personas, él sabía que nadie tendría apuntes tan completos y bien preparados como yo.

Estaba escondiéndome de él en mi habitación, cuando recibí la videollamada de mis padres.

—Hola, cariño, ¿qué tal te ha ido con los exámenes? —Mi padre lo preguntaba sabiendo que mi respuesta sería la que él esperaba. Soy una chica muy aplicada, siempre lo he sido.

—Bien, he aprobado todo. —Diana acababa de entrar en la habitación, pero no lo hizo sola. ¡Maldito Ray!

—Esa es mi chica —dijo mi padre orgulloso. No podía evitar controlar a los otros dos por el rabillo del ojo. Los saludé a ambos con un ligero movimiento de mano, pero no corté la llamada. Si fuesen educados, se irían y me dejarían tener la conversación en privado, pero no lo hicieron.

—¿Estás comiendo bien? Te noto un poco ojerosa —se preocupó enseguida mi madre.

—Son los exámenes, se recuperará ahora que sacará la nariz de los libros —respondió mi padre por mí. Mejor, porque yo no podía evitar desviar la mirada constantemente hacia aquellos dos. Podían fingir estar esperando a que terminase la llamada, pero realmente estaban curioseando más de lo debido.

—Como bien, mamá —le aseguré.

Ray se recostó en mi cama, casi de forma indolente, pero él no hacía esas cosas. Con los nervios crispados, me giré hacia él para reñirle.

—¿Quieres salir de mi habitación?

—Didi —lloriqueó con fingida inocencia.

—Papá, mamá, perdonadme. Hay gente que no tiene respeto por la salud de los demás. —Cerré la videollamada de mala manera y me encaré con Ray—. Sal de la habitación, Ray.

—Exagerada, podemos abrir la ventana —le defendió Diana.

—No es solo el aire, son todos los gérmenes que trae encima. No quiero tener que desinfectar todo. —Era la única excusa que tenía para alejarlo de mí, así que, a riesgo de parecer una neurótica, debía aferrarme a ella con desesperación.

—¿No crees que se te está yendo un poco de las manos? —me acusó Ray.

—El miedo es libre, Ray. Y tú deberías respetar mi espacio seguro. Si tú eres un inconsciente que quiere jugársela, por mí bien, pero no vengas a traerme lo que hayas pillado por ahí. Hasta que no estemos todos vacunados, el riesgo es demasiado alto —le reproché.

—No vas a morir, Didi.

—Eso pensó James Dean. Yo no voy a arriesgarme.

—¿James Dean? ¿Quién es ese? ¿Algún conocido tuyo que haya muerto de COVID? —Diana lo preguntaba realmente seria. Tuve que poner los ojos en blanco.

—Sal de aquí Ray. —Ya había abierto la ventana y en ese momento sostenía la puerta para que saliera.

—Cómo te pones. —Se puso en pie con un impulso y se alejó guiñándome un ojo—. Cuando se te pase la neurosis, me llamas. —Cerré con un buen portazo a su espalda.

—Eres una exagerada —dijo Diana, mientras se dejaba caer sobre su cama.

—Puede, pero tengo más posibilidades de seguir viva cuando esto termine que tú. —Mi acusación la sorprendió.

—¿Qué te he hecho yo ahora?

No podía decirle lo que me había hecho, así que me mordí la lengua y me tragué todo lo que tenía ganas de decirle.