Capítulo 6
Dicen que el dolor se vuelve más pequeño a medida que hablas sobre lo que te lo provoca.
Con la calma y la distancia que me dio el tiempo, noté que estaba aprendiendo a ver lo ocurrido desde una perspectiva diferente.
Seguía estando dolida, pero ya no me sentía de la misma manera.
Tenía dentro más ira contra Ray y Diana de la que sentía por mí misma.
Ya no me culpaba por haber sido tan ingenua, por haber caído en su trampa.
Ahora entendía que no era yo la que había fallado, sino él.
Diana no era más que otra víctima, alguien que Ray utilizaba para conseguir sus objetivos.
—La vida es una lucha de supervivencia en la jungla, y tú te has encontrado con una de las peores pirañas demasiado pronto.
—No soy la primera ni la única mujer a la que su novio engaña con otra. —Intenté quitarle importancia.
—No es solo por la traición, pequeña. Ese chico ha conseguido romper tu confianza. Ya no podrás ver a los hombres de la misma manera. Si uno intenta acercarse a ti, da igual que sus intenciones sean buenas, tú desconfiarás. —Tenía razón, y no solo serían los hombres.
—No todos son iguales. —Una manzana podrida en el cesto no podía hacer que dejase de comer las que estaban sanas. No se puede juzgar a un colectivo por los actos de un solo individuo.
—Por fortuna, no. Pero saberlo no evitará que temas que vuelva a ocurrir. Ahora bien, hay algo que puede ayudarte a que superes esa decepción, y que además recuperes tu confianza en ti misma. —Eso parecía interesante, porque a estas alturas, haría lo que fuera.
—¿El qué?
—Que le demos la vuelta a la cadena trófica. —La cadena trófica o alimentaria indica qué camino siguen los nutrientes, es decir, qué animales se alimentan de otros; cuales están abajo y cuales están arriba.
—¿Quieres decir…?
—Que el cazador se convierta en presa. —Su forma de decirlo provocó un escalofrío por todo mi cuerpo.
—No sabría ni cómo hacerlo —reconocí, provocando una carcajada de ella.
—Oh, pequeña. Hay tantas cosas que tienes que aprender… Será un placer enseñártelas. —Su mirada se volvió peligrosa, casi diría que depredadora. ¿Qué le había pasado a mi dulce y cariñosa tía Desiré?
Estaba a punto de preguntarle que me contara más, cuando la puerta de la habitación se abrió repentinamente.
—Uf, ¿puedes ayudarme?, esto pesa un montón. —Diana entró en el cuarto cargada con una enorme caja de agua y un par de bolsas en sus manos. Ni de broma habría cargado con todo eso desde la tienda ella sola. Sabía que la habían ayudado, y me podía imaginar quién había sido.
—No te preocupes, cariño. Ya hablaremos otro día. —La tía Desiré estuvo rápida de reflejos, liberándome de la decisión que debía tomar: o ayudar a Diana o continuar charlando con ella. De todas formas, tampoco es que pudiésemos hablar sobre un tema tan delicado con ella delante.
—Te quiero, tía —me despedí.
—Y yo a ti, pequeña. —Cerré la comunicación y me acerqué a Diana para ayudarla con su carga.
—¿Cómo has llegado hasta aquí con todo eso? —Aunque sabía que no me lo iba a decir.
—Tuve un poco de ayuda. —Me guiñó un ojo de forma cómplice. Estaba claro, había sido un hombre.
—¿Dónde quieres que lo ponga? —Giré la cabeza para escuchar su respuesta, lo que me permitió advertir la forma en que sus ojos escrutaban mi escritorio.
No necesitaba más pistas, había estado hablando con Ray y este le había pedido que consiguiese mis apuntes.
Lo que no sabía ninguno de los dos es que estaba preparada para ello.
—En mi lado del armario —Asentí y coloqué el paquete del agua junto a mis zapatos, pero en su lado.
—¿Has traído gel hidroalcohólico? —Sabía que ella no lo compraría, no creía que sirviera para nada. No le daba por pensar que había que llevarlo siempre encima, porque los pomos de las puertas eran un nido de gérmenes.
—No.
—Entonces saldré a comprarlo. Casi no me queda. —Mentira, tenía una buena reserva, pero necesitaba dejarle el campo libre para que hiciese su maniobra.
—¿Puedes traerme unos tampones? Me parece que solo me quedan un par de ellos. —Ya, lo que pasaba es que tendría que ir hasta la farmacia, que quedaba un poco más lejos. Estaba buscando un poco más de tiempo para su fechoría.
—Claro. ¿Normales o súper? —Cogí mi bolso y una mascarilla nueva.
—Súper.
—De acuerdo. —Salí por la puerta con una sonrisa de suficiencia en el rostro, una que nadie vería porque la cubría mi mascarilla. Ray se llevaría una sorpresa el día del examen, porque apenas habría tenido acceso a la mitad de la materia.
Mientras caminaba por el campus, en dirección a la tienda, pasé por el parque.
Realmente apetecía sentarse sobre el césped y respirar un poco de aire fresco, pero estaba mal cuidado, ya que los jardineros no lo podían atender como antes.
El COVID había paralizado la actividad de demasiadas personas.
Calculé el tiempo que los llevaría acceder a mis apuntes, fotocopiarlos y devolverlos a su sitio y después regresé.
Quizás lo hice demasiado pronto, porque pillé a Ray devolviéndole mis carpetas a Diana en el portal de nuestra residencia.
Tenía que reconocer que se comportaban de una manera muy comedida; Diana tan solo le dio a Ray un ligero toque en el trasero.
La conocía demasiado bien como para saber que se estaba encargando de conservar el interés de él, de «mantener el horno caliente».
Verle allí me hizo recordar las palabras de Desiré: convertir al cazador en presa.
Tenía ganas de que me enseñase a hacer eso.
Quizás en nuestra próxima charla me daría algunos consejos.
Me moría por hacerle pagar a Ray todo lo que me había hecho.
Lo que antes me parecía simple maldad o venganza, ahora me parecía un acto de justicia.
Sí, justicia. Me gustaba cómo sonaba esa palabra.
¿Había sonado una risa malvada dentro de mi cabeza?