Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO SIETE
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CAPÍTULO SIETE

Elowen

Mi apartamento parece distinto cuando vuelvo por la mañana.

Las mismas paredes de colores, los mismos muebles gastados, la misma ventana que chirría cuando sopla el viento.

Pero es como si lo viera todo con otros ojos.

Como si la Elowen que salió ayer vestida de rojo fuera otra persona, distinta de la que regresa ahora.

Entro en silencio, con la esperanza de no despertar a Amber. Sé que me espera un interrogatorio en toda regla y necesito unos minutos a solas antes de afrontarlo, para asimilar lo que ha pasado y entender a esta nueva versión de mí que despertó en brazos de un desconocido.

Chalk aparece en el pasillo y maúlla bajito al reconocerme. Me agacho para acariciarle el pelaje suave y él se restriega contra mis piernas, al parecer encantado de verme.

—¿Me has echado de menos? —susurro, y lo cojo en brazos.

Ronronea como respuesta y se acomoda entre mis brazos como si nunca me hubiera ido.

Me lo llevo al dormitorio y cierro la puerta con cuidado.

Es un espacio pequeño, pero es todo mío.

Paredes azul pálido, una cama individual con una colcha de flores, estanterías llenas de libros de danza y unas cuantas muñecas de porcelana que colecciono desde niña.

En un rincón, una barra de ballet que Amber instaló como regalo de cumpleaños hace tres años.

Todo tan... inocente.

Me siento en el borde de la cama, con Chalk todavía en brazos. Entonces veo la tarjetita que asoma del bolso. La tarjeta que cogí de la mesa de centro del apartamento de Thaddeus al salir a hurtadillas.

Dejo a Chalk sobre la cama y saco la tarjeta. Es fina, elegante, de papel de primera calidad. Suave como el terciopelo bajo los dedos. Letras plateadas grabadas en relieve:

Thaddeus A. Thalassinos

CEO, Thalassinos Holdings

Debajo, un número de teléfono y una dirección de correo electrónico. Los datos de contacto de un hombre que, probablemente, ya me ha olvidado. Un hombre cuya vida seguirá igual que antes, mientras la mía...

Paso el dedo por las letras en relieve y noto cada curva, cada ángulo. Como si memorizara el tacto de sus manos en mi piel. La urgencia de sus besos. La sorprendente ternura de su mirada cuando me trató con tanto cuidado.

Se me escapa una lágrima sin permiso y me resbala por la mejilla. No es tristeza, exactamente. Es algo más complicado. Una mezcla de gratitud, nostalgia prematura y una extraña sensación de plenitud.

Chalk se acerca y apoya la cabeza en mi mano, como si notara lo que siento.

—He vivido, Chalk —susurro mientras le acaricio las orejas—. Durante una noche fui una versión de mí misma que me gustaba.

La tarjeta vuelve al bolso. No la usaré, lo sé. Nunca iba a ser más que una noche. Un capítulo, no el libro entero, como le dije. Pero me gusta tener este pedacito de él, este objeto tangible que demuestra que pasó de verdad. Que no fue solo un sueño febril nacido de mi diagnóstico sin esperanza.

Mi diagnóstico. La realidad vuelve a golpearme, pesada como el hormigón. Tres meses. Es todo lo que tengo. Y ya he gastado un día.

Sin arrepentimientos, me recuerdo. Cada momento vivido a fondo vale por semanas de existencia tibia.

Me doy una ducha larga y dejo que el agua caliente se lleve los rastros de anoche mientras, a la vez, intento aferrarme a cada recuerdo. Una contradicción, como tantas otras que ahora viven dentro de mí.

Cuando salgo del baño, envuelta en una toalla, oigo ruido en la cocina. Amber ya se ha levantado. Respiro hondo y me preparo para las preguntas que no tardarán en llegar.

Me pongo a toda prisa un pijama cómodo, una camiseta holgada y unos pantalones cortos de algodón. Nada que ver con el vestido rojo de ayer. De vuelta a la Elowen de siempre.

Salvo que ya no soy la misma, me doy cuenta al verme en el espejo. Tengo los ojos distintos. Más vivos, de algún modo. Como si algo que llevaba dormido se hubiera despertado.

«Me despertaste». Las palabras que le dejé resuenan en mi cabeza. Qué ciertas son.

Salgo de la habitación, lista para el interrogatorio de Amber. Está en la cocina haciendo café, todavía en pijama y con el pelo recogido en un moño desordenado. Al verme, arquea una ceja con mucho teatro.

—Vaya, vaya. Mira quién ha decidido honrarnos con su presencia. —Su tono es de burla, pero en sus ojos hay preocupación de verdad—. Ya empezaba a pensar que tendría que llamar a los hospitales.

—Lo siento. —Le sonrío con timidez y me siento en el taburete alto de la encimera—. Te mandé un mensaje para decirte que estaba bien.

—«Estoy bien» no es precisamente un informe detallado. —Me pone delante una taza de café cargado—. ¿Y bien? ¿Quién era?

Doy un sorbo de café para ganar tiempo. No esperaba que fuera tan directa. Aunque debería haberlo sabido: Amber nunca ha sido de andarse con rodeos.

—Alguien que conocí en el bar —respondo con vaguedad.

—Obviamente. —Pone los ojos en blanco—. ¿Nombre? ¿Profesión? ¿Número de cuentas bancarias?

Me río de su descaro.

—Thaddeus. —Le doy solo el nombre de pila—. Y no, no conseguí ningún dato financiero, detective Castellan.

Me observa un momento con la cabeza ladeada, como cuando intenta resolver un caso especialmente complicado de sus libros de Derecho.

—Te acostaste con él.

No es una pregunta.

Siento que el calor me sube por el cuello hasta las mejillas. No puedo mirarla a los ojos, así que clavo la vista en la taza de café.

—¡El! —exclama con sorpresa genuina—. Tú... Vaya, eso es... vaya.

—No hace falta que lo digas como si fuera un acontecimiento astronómico —murmuro, todavía incapaz de mirarla.

—¡Pero lo es! —Rodea la encimera y se sienta a mi lado—. ¿Mi hermana pequeña, que rechazó una cita con Johnny Miller en el último año de instituto porque «parecía demasiado entusiasmado», de repente tiene una aventura de una noche con un desconocido llamado Thaddeus?

Hay tanta sorpresa en su voz que no puedo evitar una pequeña sonrisa.

—La gente cambia.

—¿En una noche? —pregunta, y entonces su expresión cambia y se vuelve seria—. Fue por la consulta, ¿verdad? ¿Te dijo el médico algo peor de lo que me contaste?

La culpa me golpea como un puñetazo. No le conté la verdad sobre el diagnóstico. No podía. Pero ahora, al ver la preocupación sincera en sus ojos, tan idénticos a los míos, siento que ya no puedo seguir mintiendo.

—Amber… —empiezo, con la voz ligeramente temblorosa—. El doctor…

El teléfono suena y me interrumpe. Amber vacila, claramente con ganas de que siga, pero el timbre insistente la hace levantarse con un suspiro de irritación.

—Ahora vuelvo. Y no creas que esta conversación ha terminado.

Mientras responde al teléfono en el salón, respiro hondo e intento ordenar mis pensamientos. ¿Cómo se lo digo? ¿Cómo le digo que solo me quedan tres meses de vida? ¿Que voy a dejarla sola después de todo lo que ha sacrificado por mí?

—¡El! —me llama Amber desde el salón—. Es para ti. La consulta del Dr. Ryan.

El corazón se me acelera. ¿Por qué me llamarán? ¿Han encontrado algo peor? ¿Ahora los tres meses son dos? ¿O uno?

Con las piernas temblorosas, entro en el salón y cojo el teléfono de las manos de Amber. Ella me observa atenta, con la preocupación dibujada en el rostro.

—¿Diga? Sí, soy Elowen Castellan… Sí… —escucho la voz de la recepcionista, que me pide que vaya a la consulta lo antes posible—. ¿Hoy? Sí, puedo ir… ¿A las dos? Allí estaré.

Cuelgo y noto que el estómago se me retuerce en un nudo de ansiedad.

—¿Qué ocurre? —pregunta Amber de inmediato—. ¿Qué quieren?

—No me lo han dicho. —La voz me sale más débil de lo que esperaba—. Solo me han pedido que vaya esta tarde.

Amber frunce el ceño.

—Voy contigo.

—No hace falta —respondo automáticamente—. Esta mañana tienes un examen y clase por la tarde.

—Que le den a la clase. Haré el examen y volveré para acompañarte —dice con firmeza—. Hay algo que no me estás contando, El. Y no voy a dejar que te enfrentes sola a lo que sea.

Miro a mi hermana, tan fuerte, tan protectora, y se me llenan los ojos de lágrimas. Tal vez sea mejor así. Quizá sea mejor que esté ella conmigo cuando el doctor confirme la sentencia. Quizá necesitemos pasar juntas estas últimas semanas, juntas de verdad, sin secretos entre nosotras.

—De acuerdo —cedo por fin—. Podemos ir juntas.

❤

La consulta del Dr. Ryan parece distinta hoy. Las mismas paredes pálidas, las mismas plantas en los rincones, pero todo parece cargado de una tensión que no percibí la primera vez. O quizá sea solo mi percepción, teñida por el diagnóstico fatal que recibí aquí.

Amber está sentada a mi lado en la sala de espera, hojeando distraídamente una revista de salud, pero noto que me mira de vez en cuando. Estoy tensa, con las manos agarrando sin darme cuenta la tela de los vaqueros.

—Todo saldrá bien —dice, y me cubre la mano con la suya.

Quiero creerla. Lo deseo con todas mis fuerzas.

—¿Señorita Castellan? —llama la recepcionista—. El doctor ya puede atenderla.

Me levanto, y Amber hace lo mismo.

—¿Puedo entrar con ella? —pregunta a la recepcionista, que me mira para pedir confirmación.

Asiento. A partir de ahora, no habrá más secretos.

El Dr. Ryan también parece distinto. Hay algo en su postura, tensión, quizá vergüenza. Eso me hace saltar de inmediato todas las alarmas. Nos invita a sentarnos, a Amber y a mí, y permanece en silencio unos segundos mientras ordena unos papeles sobre el escritorio.

—Señorita Castellan… —empieza, y entonces se fija en Amber—. ¿Y usted es…?

—Amber Castellan. Su hermana —responde ella al instante—. ¿Qué le ocurre a mi hermana, doctor?

Pasa la mirada de Amber a mí, con una expresión extraña en la cara.

—¿Su hermana le habló de nuestro diagnóstico preliminar?

Amber me mira, con la confusión reflejada en los ojos.

—Dijo que solo era estrés. —Ahora en su voz hay un matiz de reproche dirigido a mí.

El Dr. Ryan suspira y se coloca bien las gafas sobre la nariz.

—Señorita Castellan, lamento profundamente lo ocurrido —dice, dirigiéndose directamente a mí—. Se produjo un error grave en nuestro laboratorio. Sus resultados se cambiaron por los de otra paciente.