Capítulo 20
D ormí tan poco la noche antes de la partida de Hew que habría estado nerviosa al día siguiente aunque los cachorros no hubieran elegido el preciso momento de su partida para gemir como si estuvieran heridos.
Pasé todo el día siguiente enferma de preocupación, y eso me dejó agotada.
Mi único alivio fue que mi cara ya no me dolía y la hinchazón disminuyó mucho a lo largo del día.
Mientras subía a mi alcoba, con un cachorro bajo cada brazo, estaba segura de que pasaría otra noche en vela, preocupada por Hew. Para mi sorpresa, me invadió un sopor tan fuerte que me sentía medio dormida para cuando llegué a la puerta de mi alcoba.
Me pareció un gran esfuerzo cambiarme y ponerme el camisón. En cuanto mi cabeza tocó la almohada, me quedé dormida.
* * *
Me desperté a mitad de la noche con gotas de sudor en la frente.
Las sábanas estaban fuera de la cama, hechas un desastre en el piso, como si hubiera librado una gran batalla en sueños.
Los gritos me habían arrancado del horrible sueño que estaba teniendo, y por un momento pensé que había escuchado mis propios alaridos.
Sentía ahora la necesidad de gritar. Las visiones de Hew aplastado bajo el peso de su caballo, incapaz de salir de debajo del animal, ardían en mi mente. Me quedé inmóvil en la cama, incorporándome para poder escuchar.
Por un momento todo permaneció en silencio, pero solo hizo falta un segundo antes de que otro grito desgarrara los corredores del castillo.
Salté de la cama. Bri. Debía de haberse puesto de parto en algún momento de la noche. Solo podía esperar que apenas estuviera empezando y que no me hubiera perdido estar allí con ella.
Irrumpí en la alcoba de ella y de Eoin, aliviada al ver que Mary ya hacía los preparativos, dando órdenes a los demás mientras Blaire le administraba la mezcla de Morna a Bri.
Corrí a su lado y le ofrecí mi mano, que ella apretó con fuerza con la contracción que llegaba. —¿Cómo estás? ¿Todo está bien?
Gruñó entre palabras, con la determinación grabada en el rostro.
Estaba más que lista para sacar a la criatura de su cuerpo.
—Sí, tan bien como se puede, creo. ¿Puedes salir ahí y decirle a Eoin que más le vale meter su trasero aquí ahora mismo?
No me importa un demonio si es raro que los hombres se queden junto a la cama durante el parto.
Si se pierde el nacimiento de su hijo, jamás se lo voy a perdonar.
—Por supuesto. —Tuve que despegar sus dedos de los míos y me volví hacia Mary solo un instante antes de irme.—¿Está ya cerca o tenemos algo de tiempo antes de que llegue el bebé?
Debió de notar que algo más me angustiaba, porque me respondió rápido, haciéndome un gesto para que siguiera con cualquier otra tarea que tuviera en mente.—No, no está tan cerca como quisiera. Todavía tenemos algo de tiempo.
Asentí y salí corriendo de la alcoba, casi chocando con los tres hombres —Eoin, Arran y Kip—, que estaban reunidos en el pasillo.
Sabía que antes debía hacer lo que Bri me había pedido.
Aunque estaba segura de que mi sueño significaba algo, no podía saber a ciencia cierta si lo que había visto había sido real.
Agarré a Eoin del brazo y lo aparté del círculo, dándole un ligero manotazo mientras lo reprendía.—¿Se puede saber qué crees que estás haciendo? Más vale que entres con Bri ahora mismo o te voy a arrastrar yo misma hasta allí.
Me miró, nervioso.—Tengo miedo, Adelle. No creo poder soportar verla con tanto dolor, y no podría vivir con la culpa si algo le pasara a ella y a la criatura.
Me ablandé, sintiendo lástima por él. Era fácil para las mujeres olvidar lo aterradora que era la experiencia del parto para el padre.—No les va a pasar nada. La bebida de Morna va a ayudar pronto con el dolor y todo saldrá bien. Créeme, si te lo pierdes, Bri no lo va a entender. Ve. Ahora.
Asintió y se apresuró por el pasillo, dejándome volver mi atención hacia Arran y Kip.—Necesito pedirles algo a los dos. Sé que pueden pensar que estoy loca, pero por favor, se los ruego, escúchenme antes de desechar lo que voy a decir.
Kip se quedó en silencio, con una expresión que yo sabía que significaba que temía lo que estaba a punto de decirle. Sabía que solo implicaría más trabajo para él.
Arran asintió y extendió la mano para posar una mano tranquilizadora en mi hombro.—Sí, por supuesto, Adelle. ¿Qué sucede?
—Tuve un sueño, uno terrible. Nunca había tenido uno tan vívido.
Estaba oscuro y Hew yacía de espaldas en la nieve.
Su caballo se le había caído encima, aplastándolo, y uno de sus brazos colgaba de forma extraña a su lado.
—Decir en voz alta lo que había visto lo hizo parecer más real para mí.
Al terminar, se me quebró la voz. No pude evitar que una lágrima se deslizara por mi mejilla.
Arran miró rápidamente a Kip y luego de nuevo hacia mí.—¿Crees que está en peligro, muchacha, o solo tuviste un sueño que te perturbó?
Negué con la cabeza.—No lo sé, pero me temo que podría estarlo. Sé que suena una locura.
Arran apretó el hombro que aún sostenía con la mano.—No, no es una locura. Todos hemos visto demasiado de lo que Morna puede hacer como para pensar eso. Kip y yo cabalgaremos de inmediato.
—Gracias. Siento mandarlos, pero no puedo dejar a Bri ahora.
Arran ya se movía por el corredor, con Kip siguiéndolo en silencio, mientras me gritaba por encima del hombro.—Claro que no puedes. No te preocupes. Lo encontraremos a tiempo.
Creía que lo harían. Tenían que hacerlo. No podía soportar pensar otra cosa.