Epílogo
T abitha y Wolf estaban de pie, uno al lado del otro, en el borde del salón de baile de la mansión, observando cómo la gente de Lamphey disfrutaba de la generosidad de su señor.
La señora Budgers se había superado a sí misma, y el aroma a jengibre y canela llenaba la estancia mientras los presentes daban cuenta de las tartaletas de fruta, el vino especiado, las galletas de especias y mucho más.
—Teniendo todo en cuenta, creo que está siendo un gran éxito —dijo Tabitha.
—Desde luego —respondió Wolf—. Incluso la señora Evans se me ha acercado para decirme que es mejor que las que solía organizar mi abuelo. Por lo visto, él solía escatimar mucho con el vino especiado y la cerveza.
Tabitha se rio y señaló:
—Sabe lo que esto significa, ¿verdad?
Wolf suspiró; sabía perfectamente lo que significaba:
—Supongo que, al resucitar una tradición, ahora soy responsable de mantenerla viva.
—Eso es exactamente lo que significa. —Tabitha se giró un poco para mirar más directamente a Wolf—.
Sé que sus primeros recuerdos de Glanwyddan Hall son espantosos, y nuestros primeros días aquí no hicieron más que agravar esos sentimientos negativos.
Sin embargo, Pembrokeshire es hermoso, y la gente de Lamphey es cálida y acogedora.
Creo que ha llegado el momento de crear recuerdos nuevos y maravillosos aquí, Lord Pembroke.
—No podría estar más de acuerdo, Lady Pembroke —dijo él con intención. No habían vuelto a hablar de los continuos temores de Tabitha respecto al matrimonio, pero Wolf tenía un plan. Uno que pensaba empezar a ejecutar en cuanto regresaran a Londres en Año Nuevo.
—Mire a Lily y a Tobias —dijo Tabitha, señalando a la joven pareja que merodeaba cerca de las puertas acristaladas que comunicaban el salón de baile con los jardines—.
Por mucho que Lily afirme que será un matrimonio de conveniencia, al menos por su parte, creo que puede tener sentimientos más fuertes por el vizconde de lo que está dispuesta a admitir.
Wolf sonrió ante la imagen de la pareja, de pie uno junto a otro, más de lo estrictamente necesario. Tobias miraba a Lily con devoción, y aunque la expresión en el rostro de la joven quizá no fuera de tanta adoración, desde luego no era de fría indiferencia.
—Lily ha venido a decirme que ha recibido una carta de sus padres en respuesta a la suya, en la que anunciaba su compromiso. Para sorpresa de nadie, excepto quizá de su hija, el Laird y Lady McAlister están encantados con la noticia. Creo que se está hablando de una boda en primavera.
Dos horas más tarde, las gratificaciones navideñas se habían repartido, la última tartaleta de fruta se había terminado y la buena gente de Lamphey había regresado a sus hogares.
Tabitha, Wolf, sus familiares y amigos se retiraron al acogedor salón.
A Melody le habían permitido quedarse despierta hasta tarde para la fiesta y ahora estaba sentada adormilada en el regazo de Langley, con una última tartaleta a medio comer en la mano.
El tobillo de Rat había mejorado mucho, aunque el niño seguía insistiendo en usar el bastón de repuesto que la viuda le había prestado.
Estaba sentado en el suelo, junto a la chimenea, un poco indispuesto tras haber comido demasiadas ciruelas escarchadas.
La tarta de cumpleaños que habían sacado como colofón de la fiesta de esa noche lo había sorprendido y emocionado.
Ahora se preguntaba si comerse dos trozos del pastel Victoria había sido buena idea.
Tabitha miró a su alrededor. El tío Duncan había cambiado sus planes y se había marchado a Bristol para pasar la Navidad con un amigo golfista.
Aunque Tabitha sentía más afecto por aquel escocés ruidoso y desinhibido que la viuda, reconocía que su Navidad sería más tranquila sin él allí.
Como ya había hecho días atrás, reflexionó sobre cómo aquel grupo de personas tan inusual había llegado a sentirse como una familia, pero así era.
Al mirar a Wolf, que se reía de algo que Bear acababa de decir, se dio cuenta de que sus temores a casarse de nuevo no habían desaparecido, sino que sabía que, de algún modo, estaba destinada a pasar el resto de su vida con aquel hombre maravilloso.