Epílogo
C uando Wolf había dicho que se tomara todo el tiempo que necesitase, no estaba seguro de qué esperaba exactamente, pero Tabitha le había tomado la palabra al pie de la letra.
Todo el mundo había regresado a sus rutinas y, a los pocos días, parecía como si sus viajes a Edimburgo y Brighton no hubieran ocurrido nunca.
Cualquier atisbo de incomodidad entre ellos se había evaporado, y Wolf empezaba a darse cuenta de que quizá tendría que enfrentarse a la posibilidad de que Tabitha nunca volviera a sacar el tema de aquel beso.
La viuda había retomado las cosas donde las había dejado antes de marcharse de Londres y telefoneaba para hablar con Melody cada mañana a las diez en punto.
Las visitas de la pequeña a la «abuela» y a Lord Langley también se reanudaron.
Los días que Melody no visitaba a Langley, Rat solía ir a Chesterton House para cenar con su hermana en la habitación de los niños.
Wolf había sopesado el consejo que le habían dado tanto Langley como Tabitha sobre cómo podría utilizar sus habilidades para la captura de ladrones en su nueva vida como conde.
Pero, al haber estado fuera durante semanas, tenía tanto trabajo acumulado con la administración de las tierras y las otras propiedades que había heredado, que no tenía tiempo ni para pensar en asumir nada más.
Los días se convirtieron en una semana, y luego en dos.
Antes de que se dieran cuenta, había llegado noviembre.
Mientras Wolf se ponía al día con los asuntos del patrimonio y Tabitha con las tareas domésticas y con el cuidado de las niñas de Dulwich House, ambos empezaron a sentir versiones distintas de un mismo sentimiento: inquietud.
Wolf consideró la sugerencia de Langley de interesarse por la política y ocupar su escaño en la Cámara de los Lores.
Tabitha consideró la sugerencia que le hizo a Wolf de estar más abierto a continuar con las investigaciones.
Ambos sentían confusión y preocupación por el incómodo estado en el que se encontraban debido a asuntos importantes que habían quedado sin decir.
Pero, mientras seguían observándose con cautela, ninguno de los dos hablaba de la agitación que sentía.
Un miércoles perfectamente normal, Wolf estaba ocupado con unos papeles en su despacho.
Tabitha estaba sentada ante el escritorio del salón, tras haber terminado de revisar los menús de la semana con el ama de llaves, la señora Jenkins, cuando el teléfono emitió su discordante sonido.
Al mirar el reloj de la repisa de la chimenea, Tabitha se dio cuenta de que hacía mucho que había pasado la hora de la llamada matutina de la viuda.
Y, de todos modos, estaba segura de que ya se había producido.
Pocas personas tenían teléfonos instalados en sus hogares, así que Tabitha aguardó expectante a que Talbot fuera a decirle quién llamaba.
Tras un suave golpe en la puerta del salón, el mayordomo entró con una expresión bastante preocupada en el rostro.
—Lamento molestarla, milady —entonó el hombre, con ese tono que parecía ser propio de todos los mayordomos que había conocido—.
Era el señor Manning, el mayordomo de la condesa viuda.
Está preocupado por la condesa viuda y cree que podría estar en peligro inminente.
Ha preguntado si podría venir a hablar con usted y con Lord Pembroke después del almuerzo.
Fuese lo que fuese lo que Tabitha esperaba, no era aquello.
La idea de que un sirviente, incluso uno tan leal y de tanta confianza como Manning, informara sobre el comportamiento de su señor o señora era ya de por sí bastante extraña.
Que aquel mayordomo, a menudo particularmente enigmático, quisiera revelar algo sobre la viuda resultaba intrigante.
¿En qué lío se habría metido esa mujer imposible?
Tabitha dejó la pluma y fue a buscar a Wolf.
Al parecer, debería haber disfrutado de la paz y el silencio mientras pudo.
Era posible que, una vez más, su vida estuviera a punto de ser cualquier cosa menos aburrida.