Una Mujer Audaz (Misterios Históricos de Tabitha y Wolf 5) Capítulo 1
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Capítulo 1

¿ C uál era el protocolo para recibir una visita urgente por la tarde del mayordomo de tu suegra?

Cuando era más joven, la madre de Tabitha, Lady Jameson, le había inculcado la etiqueta apropiada para cada situación concebible, o eso había pensado ella.

Pero aquella se le había escapado, incluso a la siempre vigilante marquesa de Cambridgeshire.

Esa misma mañana, Tabitha y Wolf habían recibido una llamada telefónica.

La condesa viuda de Pembroke, la que fuera suegra de Tabitha, era una de las pocas personas que conocían con teléfono, habiéndolo instalado sin permiso en Chesterton House.

Por ello, Tabitha había supuesto que era ella la que llamaba.

En efecto, la llamada procedía de la casa de la viuda, pero en lugar de ser de la propia mujer, era de su mayordomo, Manning.

Sin duda, la viuda y Manning compartían un vínculo más estrecho de lo que cabría esperar de una aristócrata y un miembro de su personal doméstico.

Dicho vínculo quedó patente cuando Manning fue arrestado por asesinato y la viuda le rogó a Wolf, y por extensión a Tabitha, que demostraran la inocencia del hombre.

La devoción y lealtad de Manning hacia la viuda estaban fuera de toda duda: el hombre estaba dispuesto a ir a la horca para proteger la reputación de su empleadora.

Sin embargo, Tabitha se había preguntado en aquel momento si la viuda correspondía a sus sentimientos o si simplemente no estaba dispuesta a perder a un sirviente bien adiestrado.

No obstante, ni siquiera esa reciente prueba de su vínculo, fuera cual fuese su motivación, había preparado a Tabitha para oír a su mayordomo, Talbot, decir:

—Era el señor Manning, el mayordomo de la condesa viuda. Está preocupado por la condesa viuda y cree que podría estar en peligro inminente. Ha preguntado si podría venir a hablar con usted y con Lord Pembroke después del almuerzo.

A diferencia de la propia condesa viuda, Manning nunca le había parecido a Tabitha una persona dada al melodrama y la hipérbole, y no podía imaginar en qué peligro inminente podría haberse metido una aristócrata anciana como para empujar a su mayordomo a delatarla.

Sin embargo, mientras estaba sentada en el salón, esperando a que Wolf se reuniera con ella para la llegada de Manning, Tabitha también reflexionó sobre lo que haría falta para que el mayordomo, famoso por su discreción y normalmente estoico, traicionara la confianza de su señora y la delatara. ¿Estaba la viuda realmente en peligro?

Las preocupadas reflexiones de Tabitha fueron interrumpidas por la aparición de Wolf.

Aunque compartían hogar y hacían la mayoría de las cenas y muchos desayunos juntos, la vista del primo y heredero de su difunto marido le provocó a Tabitha un breve destello de incomodidad; desde que habían compartido un apasionado pero inesperado beso en Brighton, dos semanas antes, había surgido cierta incomodidad entre la pareja.

Tabitha sabía que tenían que hablar de sus sentimientos.

Incluso había prometido que lo harían a su regreso a Londres.

Sin embargo, a medida que pasaban los días, se encontró posponiendo esa conversación.

Era evidente que Wolf, aunque intentaba ser paciente y respetuoso con el ritmo de Tabitha, preferiría tenerla cuanto antes.

Siempre que estaban juntos, él vibraba con una energía nerviosa poco característica en él.

Miró al hombre alto, apuesto y de hombros anchos que entraba en la sala de estar: su cabello oscuro y rizado, como siempre, un poco demasiado largo, sus ojos azules de espesas pestañas, tan amables y gentiles…

Tabitha se preguntó una vez más: ¿qué le preocupaba tanto?

Antes de su inesperado desvío a Brighton, Tabitha había estado convencida de su determinación de no volver a casarse nunca más.

Su difunto marido había sido un hombre cruel y violento, y ella había creído que solo como viuda adinerada tendría la libertad e independencia para protegerse en el futuro.

Si se volvía a casar, su marido tendría el control total sobre su fortuna y su persona, y Tabitha no quería volver a estar así de indefensa nunca más.

Por mucho que supiera que Wolf no era su primo Jonathan y que los dos hombres no podían ser más diferentes, había estado segura de que nunca más volvería a someterse voluntariamente a otro hombre.

Sabiendo que no tenía intención de casarse, Tabitha también se había convencido de que estaba en paz con la idea de que Wolf algún día se casaría con otra persona.

Pero, al encontrarse cara a cara con el primer amor de Wolf, Lady Arlene Archibald, en Brighton, Tabitha descubrió que esa aceptación hipotética se hacía añicos ante la realidad.

Enfrentada a la posibilidad real de que Lady Archibald pudiera reavivar las llamas de su pasión juvenil con Wolf, Tabitha se había dado cuenta de la verdad que se escondía tras sus intentos de indiferencia.

Sin embargo, reconocer sus sentimientos ante sí misma y decirlos en voz alta eran dos cosas muy diferentes.

No era que dudara de que Wolf sentía algo por ella, aunque no estuviera tan segura de la naturaleza de esos sentimientos.

Más bien, era saber que en el momento en que se expresaran esos sentimientos, las cosas nunca volverían a ser iguales.

Por supuesto, podrían ser mejores; casi con seguridad lo serían. Pero no las mismas.

Los últimos meses compartiendo hogar con Wolf, gestionando su casa, criando a su pupila Melody y formando parte de cuatro investigaciones habían sido los más felices de la vida de Tabitha.

Había sentido una ligereza de espíritu que ciertamente no había experimentado desde antes de su noche de bodas con Jonathan.

Pero incluso de niña y luego de joven, se había sentido limitada por las expectativas de su madre y de la sociedad.

En los primeros meses de su viudez, Tabitha fue expulsada de los círculos aristocráticos por las sospechas, expresadas sobre todo por la viuda, de que había tenido algo que ver en la muerte de Jonathan.

A medida que esas conjeturas se calmaron, fueron suplantadas por otros cotilleos sociales, ya que Tabitha había indignado de nuevo a la sociedad al seguir compartiendo casa con Wolf, el nuevo conde.

En lugar de lamentar su estatus de paria, Tabitha se había sentido liberada por ello; después de veintidós años obligada a claudicar ante el juicio de la sociedad, cuando cayó en desgracia se dio cuenta de que no era tan terrible no ser invitada a las veladas del círculo más selecto.

No tener que aguantar aburridas cenas formales y entretener constantemente a matronas y debutantes en insufribles meriendas era maravilloso.

De casarse Wolf y ella, la sociedad olvidaría inevitablemente su desdén por ella y acogería –no, obligaría– a la nueva esposa del conde a volver al redil.

Por mucho que fuera a echar de menos la libertad que le proporcionaba su estatus de oveja negra, había algo más en las dudas de Tabitha.

Siempre había habido una pequeña parte de ella que se preguntaba si había sido la causa de los arranques de Jonathan.

La viuda le había acusado directamente de no ser una esposa lo suficientemente dócil y de empujar a Jonathan a su comportamiento violento.

Esa persistente falta de confianza en sí misma era lo bastante fuerte como para que Tabitha cuestionara su capacidad para ser una buena esposa, incluso para un hombre como Wolf.

Wolf no tenía ni idea de los atribulados pensamientos que pasaban por la cabeza de Tabitha.

En ese momento, él también estaba preocupado por lo que Manning pudiera decirles.

Por mucho que se quejara de la intromisión de la viuda en sus últimas cuatro investigaciones y que a menudo considerara a la mujer prepotente y entrometida, le había tomado bastante cariño y estaba genuinamente preocupado por los problemas en los que pudiera haberse metido.

Se acercó a donde estaba sentada Tabitha y acercó un sillón junto a ella.

—¿Así que Manning no ha dado más información sobre qué trata todo esto? —preguntó Wolf.

Tabitha negó con la cabeza:

—Sabe tanto como yo. Pero siempre me ha parecido un hombre reservado, incluso para ser mayordomo.

Cuesta imaginar que use las palabras «peligro inminente» a la ligera.

—Hizo una pausa e inclinó la cabeza hacia un lado, pensativa—.

¿Recuerda cuando llegamos por primera vez a Brighton y estábamos discutiendo su deseo de que aquella fuera su última investigación?

—Wolf asintió reconociéndolo, y Tabitha continuó—: Mamá no estaba contenta con ese anuncio, e insistió mucho en que debía seguir aceptando casos y que ella sería una parte fundamental de su equipo de investigación.

—Recuerdo bien esa conversación —respondió Wolf—. Creo que la frase que utilizó fue: «No estoy segura de que le corresponda a usted decidir que nuestra colaboración en las investigaciones ha terminado».

—En efecto. Y aunque no estoy segura de si ha tomado una decisión final sobre el asunto, supongo que no ha compartido con Lady Pembroke sus pensamientos sobre la posibilidad de seguir realizando investigaciones cuando parezcan apropiadas.

—No lo he decidido —reconoció Wolf—. Y quizá no lo haga hasta el momento en que se presente un caso digno de ese nombre.

Suponiendo que ocurra. Pero nunca compartiría tales pensamientos con la condesa viuda, que ha dejado claro que considera que tal decisión sobre mis actividades entra dentro de su ámbito de competencia.

—¿Es posible que la mujer haya decidido buscar investigaciones por su cuenta? —preguntó Tabitha. Aunque la viuda había hecho anteriormente vagas amenazas al respecto, nadie las había tomado en serio. ¿Pero deberían haberlo hecho?

Sea cual fuera la respuesta de Wolf, su conversación fue interrumpida por un ligero golpe en la puerta, seguido de la entrada de Talbot en la habitación.