Una madre peor 35
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El informe de la psicóloga llega el veinticuatro de marzo y Sara me llama gritando.

—¡Es bueno! ¡Claudia, es buenísimo!

Se lo ha hecho una perito de Vallecas que le cobró cuatrocientos ochenta euros y que le pidió tres sesiones con Bruno, dos con ella y una conjunta.

Los cuatrocientos ochenta euros salieron de un tercer anticipo que la editorial le dio a regañadientes, con un correo de dos líneas en el que le recuerdan que la entrega sigue pendiente desde el veintiocho de febrero.

Yo le ofrecí el dinero el mismo día que le dieron la cita y me dijo que no de una manera que no admitía segunda vuelta.

Cenamos el jueves veinticuatro en su casa para celebrarlo. Ella, yo, Bruno y Emma.

Y hay que decir cómo es esa cena, porque es la última buena.

La última en la que hay cuatro sillas ocupadas en esa cocina, la última en la que alguien se ríe con la boca llena y la última en la que se habla del verano.

Yo sé, mientras la estoy viviendo, que la estoy viviendo, y sin embargo la vivo entera, y me río, y como pollo con patatas.

Sara ha hecho pollo al horno con patatas, que es lo único que le sale siempre y que hace desde que tenía veintidós años, con la receta de su madre, con limón, con vino blanco y con demasiado romero, y que Bruno lleva pidiendo desde el domingo.

Ha puesto el mantel de tela, el de las Navidades, y ha sacado los platos buenos, que en esa casa son cuatro y no hacen juego con nada.

Ha comprado una botella de mosto con forma de botella de champán y brindamos los cuatro con mosto, y Bruno hace el brindis de pie encima de la silla y dice «por mi madre», y Sara le dice que se baje ahora mismo de la silla con la voz de estar muy contenta.

El informe está encima del aparador, en su carpeta de plástico, apoyado en el marco de la foto de su madre, y Sara lo ha leído once veces. Once. Me lo dice ella: once.

Me lo deja leer después de cenar, con los niños ya en el cuarto discutiendo por el trazado de una carretera que atraviesa un barrio que, según Emma, tiene censo.

Me pone una servilleta debajo del vaso antes de dejarme la carpeta encima de la mesa.

Son diecinueve páginas con anexos.

Es un informe serio. Lo digo con criterio, porque he leído dos mil informes en doce años y sé distinguir en la página tres si un perito está trabajando o está cobrando: está bien hecho.

Tiene metodología, tiene instrumentos, tiene resultados y tiene conclusiones que se derivan de los resultados. No hace de abogada. No exagera.

Y dice, en el apartado cuarto: vínculo materno-filial seguro; ausencia de indicadores de negligencia crónica; el menor no presenta sintomatología ansioso-depresiva ni conductas de hipervigilancia; competencias parentales dentro de la normalidad, con recursos de afrontamiento adecuados.

Y dice, en la página once, transcrita entre comillas, una respuesta del menor a la pregunta de qué hace su madre cuando él está triste: «Se sienta en el suelo de mi cuarto y no dice nada hasta que yo hablo.»

Y dice, en las conclusiones, en la página diecisiete, en negrita: no se aprecian elementos que aconsejen la separación del menor de su entorno familiar, valorándose el episodio de 27 de febrero como incidente aislado no representativo del funcionamiento habitual de la unidad familiar.

—¿Qué te parece? —dice Sara.

—¿Qué te parece? —dice otra vez, porque no he contestado bastante rápido y porque lleva tres semanas leyendo caras.

—Es bueno.

—¿Es bueno de verdad o es bueno de decírmelo?

—Es bueno de verdad, Sara. Está muy bien hecho y la mujer sabe lo que hace. Esto no lo escribe cualquiera.

—O sea que con esto... —Se queda con la frase abierta y con la palma abierta encima de la carpeta.

—Con esto tienes un informe de un profesional independiente que dice lo contrario de lo que dicen los otros papeles.

—Que es lo que hay que tener.

—Que es lo que hay que tener.

—¿Y con eso basta?

—Con eso se pelea.

Y se pone a llorar de la manera que llora la gente cuando por fin puede: sin ruido, con la boca cerrada, con las dos manos planas encima de la mesa.

Y luego se seca con la manga y se ríe y dice que está hecha una imbécil.

Nos quedamos en la cocina hasta las doce.

Hacemos planes. Hace tres semanas que en esta cocina no se hace un plan a más de cuarenta y ocho horas vista: hablamos de la Semana Santa, de que a lo mejor nos vamos las dos con los niños a un apartamento en Peñíscola de una amiga suya, de que este verano hay que apuntarlos a algo de vela porque Bruno quiere y porque Emma iría a cualquier sitio donde vaya Bruno.

—Oye.

—Dime.

—¿Sabes lo que me ha dicho la perito? —Se echa hacia delante—. Que ella hace muchos de estos y que le sorprende el nivel de detalle de la carpeta que ha llegado a servicios sociales. Que normalmente estas cosas llegan con dos folios y una llamada.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que alguien se lo ha currado. —Se encoge de hombros—. Ella lo decía en plan bien, ¿eh. En plan «se ve que el colegio es muy diligente».

—Ya.

—Yo lo voy a ganar —dice.

—Yo creo que sí.

—Lo voy a ganar y luego me voy a poner a averiguar quién me ha hecho esto. Pero primero lo gano.

—Primero lo ganas y luego ya veremos.

—Y cuando lo averigüe, Claudia, te juro por mi hijo que no voy a hacer nada. —Se ríe—. Nada. Voy a ir a su casa, voy a llamar al timbre y le voy a preguntar por qué. Solo eso. Yo lo que quiero es entenderlo.

—Ya.

—Es que tiene que haber un motivo, ¿no? Nadie hace una cosa así porque sí.

Los niños se duermen a las once, los dos en la cama de Bruno, con la tele puesta y sin verla.

Bruno sale una vez al pasillo a preguntar si puede coger más mosto y su madre le dice que no y él dice que vale, y vuelve al cuarto, y desde el cuarto se oye a los dos discutiendo sobre si un aeropuerto necesita hospital.

Y a las doce menos veinte, mientras yo recojo los dos vasos de mosto y ella cierra el lavavajillas, Sara abre el cajón de los cubiertos, saca una caja pequeña de cartón, la abre por detrás con el pulgar, saca un blíster y se toma un comprimido con el agua del grifo, echando la cabeza hacia atrás.

Me quedo con los dos vasos en la mano.

—¿Y eso?

Me sale sola. Me sale antes de decidir nada, con los dos vasos en las manos y a metro y medio.

—Es para dormir. —Se seca la boca con el dorso de la mano y cierra el grifo—. No me mires así, que lo tengo todo controlado.

—No te estoy mirando de ninguna manera.

—Me lo ha pautado la médica de cabecera.

Fui la semana pasada porque llevaba diez días durmiendo tres horas, y le conté todo, todo, lo del hospital y lo del expediente y lo de la analítica, y me dijo que era completamente normal y que en esta situación cualquiera.

—Se apoya en la encimera—. Y esta vez está todo en el papel, Claudia.

Todo. Con su receta, con su fecha y con su nombre. Que no se diga.

—Claro.

—Que no vengan ahora a decirme nada, que lo tengo todo en regla.

Deja la caja encima de la encimera, junto al escurridor, mientras seca dos platos con el trapo de rayas.

La leo desde donde estoy, que es a metro y medio, con los dos vasos de mosto todavía en las manos.

Lorazepam 1 mg, comprimidos. Envase de veinticinco. En la etiqueta de la farmacia, pegada en el lateral, el nombre completo de Sara Noguera Amaya, la fecha de dispensación —diecinueve de marzo— y la posología escrita a bolígrafo por alguien del mostrador: 1 comp. noche.

Es la misma caja.

Es la misma caja, del mismo laboratorio, con el mismo tamaño de envase y la misma etiqueta blanca en el mismo lateral que la que hay ahora mismo, a once minutos andando de esta cocina, en el bolso marrón de asa corta que me regaló mi madre y que está colgado del perchero de mi recibidor.

Sara guarda la caja en el cajón de los cubiertos, que es donde ella pone las cosas importantes para no perderlas, y que es el primer sitio donde miraría cualquiera que entrara en esta cocina a buscar algo.

—Ale. A dormir, que mañana hay cole y hay natación.

Y va al pasillo a despertar a los niños para bajarlos, y por el camino canta.