Una madre peor 34
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En marzo vuelven los días organizados.

Los días organizados son una cosa que existe en esta casa desde hace dos años y que Emma nombró antes que yo.

Son los días en que todo se hace a su hora, en que la ropa está preparada la noche anterior, en que no se improvisa nada y en que yo hablo poco y hablo bien.

Los inventé yo en el año malo, para poder atravesar una semana. Y funcionaban.

No los míos: los suyos. El sistema del armario de los vasos, con su columna a lápiz y sus casillas de pegatinas, ya no lo mira nadie porque ya no hace falta mirarlo: se ejecuta.

Emma se levanta a las siete menos diez sin despertador, desayuna, recoge su parte y la mía, se viste, revisa la mochila, comprueba el tiempo en el móvil para saber si hace falta chubasquero y a las ocho y cuarto está en el recibidor con la chaqueta puesta y la puerta abierta.

Se hace la cama. Se la hace desde siempre, pero ahora se la hace estirando el embozo con el canto de la mano, dos pasadas, como se hace una cama de hotel.

Un jueves llego a las siete y veinte y hay una lavadora tendida.

—¿Y esto?

—Estaba llena y he mirado las etiquetas.

—Ya. Pero eso lo hago yo.

—Ya lo sé. Pero llegas tarde los jueves.

El sábado por la mañana entro en su cuarto a buscar una toalla limpia del armario, que es donde las guardo desde que se estropeó el mueble del baño, y está de rodillas en la cama, doblando ropa.

Son las diez y veinte. Lleva ahí desde las nueve.

Ha vaciado el cajón de arriba entero. Ha vaciado el segundo.

Los dos cajones están en el suelo, sacados de la cómoda, boca arriba y vacíos, uno al lado del otro.

Encima del edredón hay seis montones perfectos: camisetas de manga corta, camisetas de manga larga, pantalones, jerséis, ropa interior, calcetines emparejados con la vuelta hecha.

Al lado de cada montón, alineadas por el borde, las prendas que va incorporando.

Dobla con el método que le enseñé cuando tenía siete años: mangas hacia dentro, el bajo hacia arriba, los cantos casados. Le sale mejor que a mí. A mí me sale con una arruga en el pliegue y a ella no.

Tiene la ventana abierta y el cuarto está frío.

—¿Qué haces?

—Ordenar el cajón.

—El cajón estaba ordenado. Lo ordenaste en enero.

—Estaba ordenado por colores. Es mejor por tipos.

—¿Por qué es mejor?

—Porque por colores tienes que abrir los dos cajones para vestirte.

Y sigue.

No lo dice a la defensiva. Lo dice como quien corrige un criterio de archivo mal planteado por un predecesor.

Coge una camiseta de manga larga del montón sin doblar, la extiende encima del edredón, la alisa desde el centro hacia los bordes, mete la manga izquierda, mete la derecha, dobla el bajo hacia arriba dos veces y la coloca en la pila segunda. Doce segundos. Después coge la siguiente.

Me quedo en la puerta.

Me apoyo en el marco con la toalla en la mano y me quedo ahí seis o siete minutos, viendo a mi hija de nueve años clasificar su ropa por categorías encima de una cama.

Hace ese ruido de los niños concentrados, que es no hacer ninguno. Ni canta, ni habla sola, ni se distrae con nada.

En la esquina de la cama, apartado de los seis montones, hay un séptimo montón que no es de ropa: es el cocodrilo Ramón sentado encima de la mochila roja de las excursiones, que está en el suelo, apoyada en la pata de la cama.

Nadie hace seis montones para meterlos en un cajón.

Para un cajón se hacen dos montones y se meten.

Seis montones separados, con espacio entre ellos, alineados por el borde de la cama, no son un cajón.

Son un inventario. Es la disposición exacta con la que se pone la ropa encima de una cama cuando lo siguiente que va a pasar es que alguien la meta en algo.

—Mamá.

—Dime.

—¿Cuánto dura?

—¿Cuánto dura el qué?

—Lo de Bruno.

No dice «lo que le va a pasar a Bruno» ni «lo de la madre de Bruno». Dice lo de Bruno, con el artículo neutro, que es como se nombran en esta casa las cosas que tienen expediente.

Deja el jersey a medio doblar y se sienta sobre los talones.

Se sienta. Se sienta del todo, con las piernas cruzadas, encima del edredón, y aparta el montón de las camisetas de manga corta cuatro centímetros para hacerse sitio.

Y a partir de ahí me hace preguntas durante veinte minutos, sin levantar la voz y sin parar de doblar.

No son preguntas de niña. Una niña pregunta si Bruno está triste.

Una niña pregunta si va a poder volver a su casa.

Emma no pregunta nada de eso, y no lo pregunta porque esas dos cosas ya las tiene contestadas y porque ha aprendido, en algún sitio y de alguien, que las respuestas útiles están en otro lado.

Me pregunta quién lo decide. Le digo que hay una comisión de la Comunidad de Madrid que estudia los informes.

Me pregunta cuántas personas son. Le digo que no lo sé.

Me pregunta si esa comisión conoce a Bruno. Le digo que no, que lo conoce por los papeles.

Me pregunta cuánto tarda. Le digo que meses. Me pregunta cuántos meses. Le digo que no lo sé, y es la única de todas las respuestas de esa mañana que es mentira, porque la media son once.

Me pregunta si se puede volver. Le digo que sí. Me pregunta cuántos vuelven. Le digo que no lo sé.

Me pregunta si a Bruno lo van a llevar lejos. Le digo que no, que normalmente se procura que el niño siga en su colegio y en su barrio.

—¿Y va a seguir viniendo a clase?

—Va a seguir viniendo a clase.

—¿Y podemos hablar en el recreo?

—Podéis hablar en el recreo.

Lo apunta. No con un lápiz: lo apunta con la cara.

Y entonces me hace la pregunta.

—¿Y se puede elegir?

—¿Elegir qué?

—Con quién te vas.

Está de rodillas encima de la cama, con un jersey azul marino en las manos y seis montones perfectos a su izquierda, y me lo pregunta con la misma cara con la que me pregunta cuántos litros caben en un embalse: sin ninguna emoción encima y con toda la atención puesta en la respuesta.

—A veces se pregunta al niño —digo—. Depende de la edad.

—¿A los nueve?

—A los nueve se pregunta.

—¿Y hacen caso?

—A veces.

—¿Y si el niño dice un sitio, se lo llevan a ese sitio?

—No siempre. Tiene que ser un sitio que valga.

—¿Qué es un sitio que valga?

—Una casa que ya esté aprobada. Con papeles.

—Vale.

Y coge el jersey y lo dobla: mangas hacia dentro, el bajo hacia arriba, los cantos casados. Lo coloca encima del montón cuarto. Lo alisa con la palma, dos pasadas, del centro hacia fuera.

Aquí es donde tengo que escribir lo siguiente, y lo escribo entero, porque si lo dejo fuera todo lo demás que llevo escrito no vale nada.

Yo he destruido a la única persona que me quería sin pedirme nada.

Lo he hecho con las manos, en la cocina de mi casa, un miércoles a las once y cuarenta de la noche, y lo he rematado con un lápiz rojo en la mesa camilla de la madre de mi marido muerto.

Y lo he hecho por esta niña. Y esta niña lleva desde noviembre haciendo la maleta.

Está de rodillas en su cama, con su ropa clasificada por tipos, preguntándome con esa cara de funcionaria si se puede elegir, y lo que me sube por los brazos ahora mismo, con la toalla en la mano, en la puerta de este cuarto, es agarrar el borde del edredón con las dos manos y tirar de él hasta que los seis montones se vayan al suelo y se mezclen.

Eso. Que se caigan. Que se mezclen las manga corta con los calcetines, que se deshagan las vueltas, que tarde tres horas en volver a hacerlo.

Le digo que muy bien y que qué ordenada es, y se lo digo con la voz de siempre y desde la misma distancia.

Voy al baño y cuelgo la toalla en su barra.

Estoy dos minutos en el baño con la puerta cerrada y el grifo abierto.

Cuando salgo, ha terminado.

Ha guardado la ropa. Ha guardado los seis montones en los dos cajones, por tipos, cada montón en su mitad, y ha dejado el segundo cajón con un hueco a la derecha que antes no estaba.

Y encima de la cama, hechos, alineados por el borde y separados entre sí un palmo, quedan tres montones que no ha guardado.

El pijama de invierno, el de los astronautas. Dos mudas contadas.

Un jersey.