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El cumpleaños de Bruno es el sábado veintisiete de enero, de doce a tres, en un tercero sin ascensor de setenta metros cuadrados con doce niños dentro.
Llego a las once, como me ha pedido, con dos bolsas de hielo, cuatro paquetes de servilletas, dos bandejas de sándwiches que he hecho en mi casa a las nueve y el ánimo puesto.
Emma sube conmigo. Emma lleva desde el miércoles con el regalo envuelto encima de su mesa y lo ha vuelto a envolver una vez porque el papel había quedado torcido.
Sara ha movido el sofá contra la pared, ha quitado la mesa del salón y la ha metido en su cuarto de canto, ha enrollado la alfombra y la ha subido encima del armario, ha tapado la estantería de los libros con una sábana —«por lo que pueda pasar»—, ha hecho una guirnalda de papel con el nombre de Bruno recortado letra a letra y ha comprado una piñata con forma de balón que cuelga del marco de la puerta con una cuerda de tender.
—¿Esto aguanta?
—Eso lleva ahí desde ayer y ha aguantado a Bruno probándola tres veces, y una de ellas colgándose.
En la encimera hay ochenta sándwiches de nocilla cortados en triángulos, cuatro bolsas de patatas, gusanitos, dos botellas de refresco de cola y dos de naranja, veinticuatro vasos de plástico numerados con rotulador para que ninguno beba del de otro — idea de Bruno—, y una tarta de chocolate de dos pisos que ha hecho ella y que está, esta vez sí, objetivamente bien.
—La tarta.
—No me digas nada.
—Sara, la tarta.
—Que no me digas nada, que llevo desde las seis y si me dices algo lloro.
Los niños empiezan a llegar a las doce menos cinco y a las doce y diez ya son doce, y a las doce y cuarto esta casa es un sitio sin ley.
Corren. Corren en un pasillo de once metros y vuelven, y gritan, y uno se mete debajo de la mesa del cuarto de Bruno y no sale en cuarenta minutos.
Emma se instala en la puerta del salón y hace de puerta: cuenta a los que entran y a los que salen, y a la media hora tiene una lista.
—¿Qué haces?
—El censo.
Se quedan cuatro madres. Marisa, con Hugo y su alergia; Paloma, la del «haber»; una madre nueva que se llama Cris y que se sienta en la cocina y no se mueve de ahí; y yo.
A la una y cuarto, Sara abre una botella de vino blanco.
La abre porque somos cinco adultas en una cocina un sábado a la una y cuarto de la tarde y porque hay una botella en la nevera. La abre sin ninguna solemnidad, con el sacacorchos de dos alas, hablando de otra cosa.
—¿Quién quiere? —dice, con la botella en alto.
Quieren todas. Es sábado.
Yo cojo la botella y sirvo.
Sirvo cinco copas de plástico, porque son las que hay.
Sirvo la de Marisa, la de Paloma, la de Cris, la mía y la de Sara, y a Sara le sirvo un dedo más que a las demás porque es su casa y porque lleva desde las seis, y ese dedo de más lo sirvo con la mano y con toda la cabeza, y lo estoy contando aquí porque es lo que pasó.
Sara se bebe esa copa a lo largo de una hora larga, entre sándwich y sándwich y entre niño y niño. A las dos y veinte, cuando yo le acerco la botella otra vez, se sirve la segunda.
Dos copas de vino blanco en tres horas, en su casa, en el cumpleaños de su hijo, con cuatro adultas delante.
Eso es todo lo que pasa. Que quede escrito así de claro, porque de aquí en adelante todo lo que se dijo de Sara Noguera arrancó exactamente de aquí y todo lo que se dijo era, técnicamente, verdad.
Yo grabo.
Grabo porque en un cumpleaños infantil español graba todo el mundo.
Grabo la piñata, que Bruno rompe a la cuarta y que produce un derrumbe de cuerpos en el suelo del salón.
Grabo la entrada de la tarta con las velas y las luces apagadas y los doce niños cantando el cumpleaños feliz a destiempo.
Grabo a Bruno soplando y volviendo a soplar porque quedaban dos.
Grabo también otras cosas.
Grabo, sin apagar, mientras Sara se ríe con la copa en la mano y Marisa le pone la mano en el brazo y le dice, con un cariño absoluto, la frase que le diría cualquiera:
—Sara, siéntate, hija, que llevas todo el día de pie.
Grabo cuando Paloma dice, a metro y medio, hablando de otra cosa completamente distinta, que ella no sabe cómo lo hace, que ella con uno sola no podría.
Grabo cuando Sara se agacha a recoger un vaso del suelo y se apoya en la encimera al levantarse, que es lo que hace una mujer de cuarenta y dos años que lleva ocho horas de pie.
Grabo cuando Bruno se cae en el pasillo y se hace daño en la rodilla y llora, y Sara tarda unos segundos en aparecer porque está en la cocina, y cuando aparece lo levanta y le sopla y en once segundos el niño está otra vez corriendo.
Y grabo el momento en el que Sara me ve grabar, se tapa la cara con la mano libre y dice:
—Quita eso, que estoy horrible.
Y yo me río, y le digo que está guapísima, que es verdad y que es lo que se dice, y no lo quito.
A las tres menos cuarto empiezan a llevarse a los niños. Los padres suben, se asoman, dicen qué bien, cogen el abrigo del montón del cuarto y se van dando las gracias, y en veinticinco minutos el pasillo de once metros se queda vacío.
Marisa se va la última, con Hugo dormido de pie.
—Ha sido precioso —le dice a Sara desde la puerta—. Y tú tranquila, ¿eh?
Sara se ríe y le dice que tranquilísima.
A las tres y veinte quedamos Sara, Bruno, Emma y yo, y una casa que parece un desalojo: la guirnalda descolgada por un lado, la piñata reventada colgando de la cuerda de tender y una mancha de refresco de naranja en la pared del pasillo a la altura de la rodilla de un niño.
Recogemos. Barremos gusanitos, que salen de debajo de sitios donde no ha entrado nadie. Metemos veinticuatro vasos de plástico numerados en una bolsa. Emma despega la guirnalda con cuidado, letra por letra, y la enrolla y la guarda en una bolsa de congelados, por si el año que viene.
Bruno se sienta en el suelo del salón a hacer el inventario de lo que le han regalado, con una libreta.
—¿Te quedas a cenar? —dice Sara, tirada de lado en el sofá con los pies en el reposabrazos y el pelo hecho un desastre.
—Hoy no.
—Vale. —Se estira—. Madre mía. Doce.
—Doce.
—Ha salido bien, ¿no?
—Ha salido muy bien. De verdad.
Y es verdad. Ha salido muy bien.
En casa, esa noche, con Emma ya acostada, me siento en la mesa de la cocina con el portátil y descargo el móvil.
Son cuarenta y un vídeos y ciento nueve fotos. Dos horas y siete minutos de material.
Los veo todos, seguidos, sin saltar nada, y tardo dos horas y siete minutos.
La primera vez los veo como se ven estas cosas: buscando las caras de los niños, sonriendo sola, poniéndome el de la piñata dos veces porque hay una parte en la que Bruno le da a la lámpara.
Y en algún punto del segundo visionado, que empiezo a las doce y media de la noche, dejo de ver un cumpleaños.
Porque hay una manera de mirar esas dos horas y siete minutos, y es la manera en que las mira un profesional, que no consiste en inventar nada: consiste en elegir.
Con este material, sin añadir un solo fotograma que no exista, sin manipular el audio, sin alterar el orden dentro de cada plano, alguien podría montar cuatro minutos.
Cuatro minutos en los que una mujer sirve y se sirve.
En los que dos madres, por separado, le dicen cosas a la cara con una preocupación evidente.
En los que un niño de diez años se cae en un pasillo y llora, y su madre no está.
En los que la misma mujer se agarra a una encimera.
En los que la misma mujer, mirando a cámara, dice quita eso.
No monto nada. Que quede claro, porque es importante y porque es lo único que puedo alegar: yo no monté nada esa noche.
Dejo el archivo abierto en la pantalla, con la barra de reproducción parada en el minuto uno con cuarenta y tres del vídeo número veintiocho, que es el plano donde Sara se ríe con la cabeza echada hacia atrás y la copa en alto, con la guirnalda de papel detrás y el nombre de su hijo recortado en letras de colores por encima de su pelo.
Y me voy a dormir sin cerrar el portátil.