Una madre para mis gemelos Capítulo 88. La familia.
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Capítulo 88. La familia.

A Emma le resultó muy difícil mantener el secreto de su embarazo con Liam. Su plan era ocultarlo hasta el día de la boda para darle una sorpresa, pero él era demasiado persuasivo.

Podía captar pequeños detalles y gestos de ella que la delataban.

En una ocasión despertó sintiendo las caricias de él en su panza, como si sospechara que había algo allí adentro, aunque no lo decía.

Era como si esperara, con la ansiedad de un niño, a que llegara el día de Navidad para recibir su regalo.

Finalmente se lo dijo, un mes antes de la boda, en el cumpleaños de él. Planearon pasar ese día los cuatro en casa, festejando entre juegos en la piscina y teniendo una cena de pizzas y pastel en la terraza.

En la mañana, antes de que bajaran de la cama para alistarse y preparar el desayuno, Emma le entregó un sobre cerrado.

—¿Qué es esto? —preguntó Liam intrigado mientras lo abría.

—Tu regalo.

Adentro se encontraba la fotografía de un ecosonograma. Él aumentó tanto la sonrisa que casi se le salió del rostro.

—¡Lo sabía! —dijo triunfal, y se lanzó sobre ella para darle un beso profundo en la boca—. Oh, amor, gracias. Gracias por hacerme el hombre más feliz del mundo.

Volvió a besarla por largo rato, sin darle oportunidad a hablar. Cuando al fin se lo permitió, ella le quitó la imagen de las manos para enseñársela de nuevo.

—No la has visto bien —aclaró—. ¿Puedes ver lo que hay dentro?

Él tomó la foto para detallarla. Las facciones de su rostro se estiraron al darse cuenta de un detalle importante.

—¡Son dos!

Emma se carcajeó.

—Sí, son gemelos.

Liam por un momento quedó sin habla y se pasó una mano por los cabellos.

—Cuatro hijos. ¡Voy a tener cuatro hijos! —dijo asombrado.

Emma volvió a reír divertida y lo abrazó por el cuello.

—Tú lo tienes que hacer todo en grande. No te conformas con poco.

Él la abrazó y con una mano le acarició la panza sin dejar de besar sus labios. Se sentía feliz, aunque al mismo tiempo, algo asustado. Pero a él los temores le daban más energía. Los retos eran como adrenalina en su sangre.

Tuvieron que detener los besos y las caricias, que comenzaban a volverse íntimas, porque la puerta de la habitación se abrió y los gemelos entraron a las carreras.

Se subieron a la cama con dibujos en sus manos y un grupo de galletas metidas dentro de un papel trasparente y atadas con un lazo azul, que Carmen les había ayudado a preparar la tarde anterior.

—¡Papá, feliz cumpleaños! —gritaron mientras se lanzaban encima de él para abrazarlo.

Liam los envolvió a ambos en sus brazos y besó sus cabezas con ternura antes de recibir sus regalos.

Los dibujos estaban llenos de color y lo retrataban a él y a Emma junto a ellos peleando contra dragones o paseando sobre el lomo de algún dinosaurio.

Amó aquellas imágenes. Buscaron cinta y las pegaron en las paredes junto a la cama, como decoración.

—Aunque es mi cumpleaños, les tengo una sorpresa —comunicó Liam a los niños buscando la imagen del ecosonograma que estaba sobre la mesita de noche.

—¡¿Qué es?! —preguntaron los dos al mismo tiempo y comenzaron a saltar sobre la cama.

Cuando él les mostró la fotografía, ellos la miraron con el ceño fruncido.

—¿Qué es esto? —quiso saber Matt, con desconfianza.

—Está muy negro —se quejó Lucas, quien prefería usar el amarillo y el azul que ese color.

—Es la foto de unos bebés que están ahora metidos dentro de la panza de su mamá y en unos meses saldrán cuando estén más grandes. Ellos son sus hermanitos.

—¿Hermanitos? —consultó Matt, más desconcertado.

—¿Cómo se metieron ahí? —quiso saber Lucas, con expresión de espanto.

Emma y Liam se carcajearon.

—Fue su papá quien los metió. Ahora estoy embarazada, pero pronto sus hermanitos estarán aquí, con ustedes.

Lucas se acercó a ella para poner sus dos manitos en su panza.

—Papá, ¿cómo metiste a esos bebés dentro de la panza de mamá? —preguntó curioso.

Liam y Emma compartieron una mirada divertida.

—Le di mis espermatozoides y ellos entraron en su útero para que se gestaran los bebés.

Ambos niños lo miraron como si él fuese un loco que hablaba en un idioma extraño. Emma se carcajeó.

Liam se acercó a ellos para explicarles mejor.

—Mis espermatozoides son como semillitas y el útero de mamá es la tierra. Pusimos las semillitas dentro de la tierra y ahora las plantitas, que son los bebés, están creciendo.

—¿Cómo las plantas de tomate que sembramos en la escuela? —consultó Matt.

—Más o menos —respondió Liam, satisfecho al ver que los niños se relajaban con esa explicación.

—¿Y cuándo van a salir? —quiso saber Lucas.

—En unos seis meses, más o menos —respondió Emma—, será después de la boda.

—Y después del cumpleaños de ustedes —completó Liam.

—¿Después? —consultó Matt con desagrado—. ¿No van a estar para nuestra fiesta?

—No, llegarán dos meses después.

—¿No van a comer pastel? ¿Ni van a ver nuestros regalos? —inquirió Lucas.

—Verán los regalos cuando lleguen.

Los niños compartieron una mirada algo molesta. Les costaba entender que sus hermanitos no pudiesen estar durante su celebración.

—¿Y son dos? —quiso saber Matt.

—Sí. Serán gemelos como ustedes —respondió Emma.

Ahora la sorpresa se dibujó en la cara de los niños.

—¿Viste? Serán dos, como nosotros —comentó Lucas a su hermano.

—Uno para ti y uno para mí —aseguró Matt.

Emma y Liam volvieron a carcajearse.

—No son perritos ni juguetes —les recordó Liam, recibiendo un quejido de los niños.

Aquel tema los acaparó por completo ese día.

Durante la celebración del cumpleaños de su padre estuvieron planificando todo lo que harían con sus nuevos hermanitos.

A dónde los llevarían, qué canciones les enseñarían y qué juguetes podían prestarles y cuáles no.

Se percataron que desde ya debían establecer reglas.

Realizaron dibujos de los seis ya juntos. Como aún no sabían si los nuevos integrantes de la familia serían varoncitos o hembras, hacían uno y uno. Luego lo corregirían.

Hasta empezaron a crear una lista de posibles nombres.

La novedad los tenía emocionados, sobre todo a Emma. A cada momento se acariciaba la panza con ternura permitiendo volver a ilusionarse con esa vida que crecía dentro de ella, que en esa ocasión crecería en medio del amor y no de la violencia.

Cuando Liam la veía hacer eso la abraza por detrás, llenándola de besos y caricias y susurrándole al oído que todo iba a estar. Que juntos formarían una familia fuerte y llena de amor.

Al día siguiente hicieron extensa la noticia a familias y amigos. Los abuelos, tanto los Bowen como los Holt, estuvieron felices y se unieron a la planificación de los niños para decidir nombres y las cosas que podían comprarles.

—¿Gemelos? —preguntó Darryl asombrado al enterarse del asunto—. Eres una máquina de hacer gemelos, hombre. Resultas un peligro.

—No seas idiota —se quejó Liam cuando él lo acompañó a la cocina por más limonada y cerveza. Estaban todos reunidos en su casa en una celebración tardía de su cumpleaños—. Simplemente se dio.

—¿Simplemente? Tus espermatozoides son agresivos, no se dejan ganar una. No te acerques a mí o me pegas tus mañas.

—¿Qué? ¿No quieres hijo? —preguntó con tono burlón.

—Sí, pero uno, como la gente normal. No cuatro en dos embarazos.

—Cuidado y terminas teniendo trillizos o más.

Darryl lo miró con espanto y hasta se persignó arrancando risas en Liam. Ambos tomaron lo que hacía falta y se reunieron de nuevo con el resto de la «familia», una que había crecido de pronto y que no solo estaba unida por un lazo de sangre, sino por emociones y vivencias compartidas.