Capítulo 51. Buscando conservar la calma.
Carla y Lidia fueron a visitar a Emma luego del mediodía, para saber cómo se encontraba luego del amargo momento que vivieron la noche anterior con Marco.
Se ubicaron en la terraza a tomar una limonada fría mientras los niños jugaban en el patio con una pelota inflable. El sonido alegre de sus risas contrastaba con la tensión que todavía mantenían las mujeres en su pecho.
—Sigo con el terror atrapado en mis huesos —reveló Carla—. Aun no entiendo como ese hombre pudo haber aparecido así, tan de repente y con esa violencia.
Emma suspiró con pesar. No podía dejar de sentir la presión de las manos de Marco en sus brazos y su aliento agrio en su cara.
—Él es muy astuto para ubicar a alguien, esa es su profesión. No debí subestimarlo y pensar que había logrado esconderme lo suficiente.
—Tiene que haber una forma de detenerlo. Es un peligro que esté allá afuera, suelto —opinó Lidia antes de darle un trago a su bebida.
Emma estuvo pensativa un instante, imaginándose a Marco escondido entre las sombras de los árboles cazándolos como si fuesen débiles y distraídos pájaros. Por eso esa tarde no quiso ir al parque con los niños y los convenció de quedarse en casa, inventando un malestar.
—Esta mañana me llamó Felton —contó Carla con una sonrisa tímida buscando cambiar el tema de conversación y aligerar el ambiente. Notaba a sus amigas muy nerviosas—. Quería asegurarse de que estaba bien. Me dijo que había pasado una noche en vela pensando en lo que pudo pasarnos.
Emma la miró con dulzura.
—Eso es un gesto hermoso, Carla, parece que le importas. ¿Pasa algo entre ustedes?
—Nada. Aunque no les niego que siento como una electricidad cuando él está cerca y su mirada en ocasiones me estremece, sobre todo, cuando está furioso.
Que suele pasar siempre —reveló divertida—.
Pero no me esperaba que fuese tan atento.
Lo llevé al bar solo por lástima, la pasó muy mal ese día por culpa de unos proveedores tercos.
Sin embargo, no voy a negar que tuvimos una velada agradable a pesar del inconveniente del final de la noche.
—Para que un hombre logre conmoverte tiene que ser muy bueno —agregó Lidia—, así que Felton merece un reconocimiento.
Las tres rieron con suavidad, aunque la alegría de Lidia se mostraba con una sombra de pesadumbre.
—Ojalá yo pudiese decir lo mismo. Jason, que me había conmovido por semanas, ni una llamada me ha enviado. Nada. Ni siguiera un simple mensaje. —Sacudió la cabeza con frustración—. Es como si se lo hubiese tragado la tierra.
—Tal vez le ocurrió algo —propuso Emma para reconfortarla.
—Intento convencerme de eso —respondió Lidia, frunciendo el ceño—, pero ya han pasado demasiadas horas y la idea, aunque me preocupa, a la vez me enfada. —Alzó los hombros, impotente—. No entiendo.
Carla la observó con atención.
—Pero tampoco la has pasado muy mal. Esta mañana te vi hablando por móvil con otro y riendo como una colegiala.
Un leve rubor subió a las mejillas de Lidia.
—Es que Darryl me llamó —reveló en voz baja—. Quería saber cómo estaba y me invitó a comer un helado esta noche.
Emma arqueó una ceja, interesada.
—¿Y qué le dijiste?
—Que sí, pero… Te confieso que parte de mí quiere ir, porque él fue tan atento y tan dulce que no me atrevo a rechazarlo, aunque la otra parte de mí se siente culpable. Como si estuviese traicionando a Jason a pesar de que él aún no se ha dignado en dar señales de vida. Estoy confundida.
Carla le tomó la mano con cariño.
—A veces la vida te pone señales, Lidia.
Tal vez Darryl te está entregando lo que Jason no puede darte.
Recuerda que lo conociste porque él buscaba apresurado una cita odontológica para su hijo y así su ex dejara de agobiarlo.
No es un hombre del todo libre. Darryl, en cambio, está más disponible para ti.
Lidia no respondió, solo bebió un sorbo de su limonada como si ella fuese capaz de aclararle las dudas que tenía en la cabeza.
Emma las miró a ambas, agradecida de tenerlas cerca. Suspiró y decidió hablar con sinceridad para sacar de su interior lo que la inquietaba y así sentirse liberada.
—Liam está muy decidido a enfrentar a Marco.
Aquí en la casa… —Señaló el portón, donde brillaba un nuevo candado y en la parte superior una cámara recién instalada—, reforzó toda la seguridad.
Y hace unas horas fue a la policía a completar la denuncia.
Darryl lo acompañó. Quiere que inicien las investigaciones para que lo ubiquen.
—Eso está muy bien —aprobó Carla—. Necesitan sentirse protegidos.
Emma se frotó los brazos, incómoda.
—Yo pensé en irme —reveló, cabizbaja—. Quise levantarme muy temprano esta mañana, antes de que Liam lo hiciera, y desaparecer dejando una nota de despedida. Así Marco no amenazaba la paz de esta casa.
Ambas la miraron sorprendidas.
—¿Cómo? —exclamó Lidia—. ¿Irte sola? ¿Y dejar a Liam a pesar de que le prometiste que te casarías con él?
—¡Marco es en extremo peligroso! —exclamó Emma con tristeza—. No quiero que vuelva a hacerle daño a Liam, ni que se atreva a tocar a alguno de los gemelos.
Carla se inclinó hacia ella.
—Emma, no puedes dejar que el miedo te consuma. Ese hombre ya te quitó demasiado. No le des también tu futuro. Liam está contigo, dispuesto a protegerte, y tú mereces ser feliz.
—Sí —insistió Lidia, con una sonrisa alentadora—. Liam te ama, se nota en todo lo que hace. No dejes que el pasado te robe la oportunidad de tener lo que siempre soñaste.
Emma sintió que sus ojos se humedecían. La idea de casarse con Liam la asustaba y la ilusionaba al mismo tiempo. No sabía si estaba lista, pero entendía que sus amigas tenían razón: no podía vivir huyendo de Marco por toda la eternidad y desechar las buenas oportunidades.
La charla continuó entre risas suaves y confidencias. Por un momento las tres se sintieron tranquilas, como si el mundo exterior hubiese quedado fuera de la terraza.
Hasta que el timbre sonó.
Emma se levantó y caminó hacia la entrada sintiendo curiosidad, Liam no le había notificado que iría visita. Cuando abrió la puerta, su corazón dio un vuelco.
—¡Julián! ¡Camila! —exclamó con sorpresa.
Los suegros de Liam se irguieron frente a ella dibujando sonrisas forzadas en sus rostros.
—Vinimos a buscar a nuestros nietos —explicó Camila y entró a la casa directo al patio donde escuchó las risas de los gemelos.
—Pensamos pasar el día con ellos, llevarlos a dar un paseo —añadió Julián con voz firme y pasó junto a ella para seguir a su esposa.
Emma quedó inmóvil unos segundos. La presencia de esa pareja siempre la intimidaba.
Cerró rápido la puerta y fue tras ellos.
—Liam no está. Tendrán que esperar a que llegue para salir con los niños.
—Eso nunca ha sido necesario —soltó Julián mientras llegaba a la terraza y miraba con curiosidad a Carla y a Lidia—. Señoras, un gusto —saludó con una venia, recibiendo una respuesta similar de ellas.
Emma corrió en busca de su móvil para enviar un mensaje a Liam. Camila y Julián estaban decididos a llevarse a los gemelos sin esperar la autorización de nadie y sin saber que podían ponerlos en peligro.
Debía hallar un modo de detenerlos.