Capítulo 36. Nuevos personajes.
Marco apoyó las manos en el volante y enfocó su atención en los alrededores. Estaba estacionado a pocos metros de la constructora. Cerca para observar, aunque sin llamar demasiado la atención.
Vigilaba cada movimiento, cada auto que entraba o salía. Buscaba conocer las rutinas de Liam para medir sus horarios y así calcular cuánto tiempo pasaba fuera de la casa.
Pensaba invadir aquel hogar mientras él no estaba.
Encendió un cigarrillo, justo en el momento en que sus ojos claros descubrieron la figura del hombre emerger de un auto lujoso.
Liam llegaba con más de media hora de retraso.
—Espero eso haya sido por atender a tus hijos o por simple capricho de dueño —mascó Marco con la voz ronca—. Si llego a enterarme que pusiste una mano sobre mi mujer, te las arrancaré.
Aunque su amenaza no fue escuchada, él sonrió con amargura, sin dejar de vigilar cada movimiento de su presa.
Liam, como si presintiera que lo observaban, giró el rostro unos segundos hacia el exterior sin dejar de avanzar. No se percató que compartió una mirada con su enemigo, que el otro tomó como un desafío.
—Eres hombre muerto, Liam Hamilton —expuso Marco con rabia contenida sin perderlo de vista.
***
En la casa, Emma aprovechó el tiempo y la soledad para establecer una relación con la mujer encargada de la limpieza. Se cambió la ropa poniéndose algo simple para ayudarla con los quehaceres. No quería sentirse inútil.
Dedicó la mañana a desempolvar la sala y ventilar los dormitorios, ocupándose además, de poner orden en el cuarto de juegos para darles más espacio a los niños durante sus jornadas allí.
Carla la llamó a media mañana. Emma se conectó al manos libres del móvil para charlar con ella sin dejar de atender su tarea.
—Hola, amiga. ¿Cómo has estado? ¿Por qué cancelaste tu visita al departamento esta mañana? —consultó Carla, ya en su trabajo, encargándose de supervisar la preparación de las mesas para recibir a los comensales a la hora del almuerzo.
—Es que hablé con Liam y no fue necesario.
—Ah, ¿acaso ibas al departamento para escapar de él? ¿Ya tuvieron su primera pelea?
Emma resopló.
—No fue una pelea como tal, solo una discusión por… una tontería —alegó.
No quería ventilar sus asuntos con Liam. Aunque confiaba en sus amigas, deseaba mantener lo que sucedía entre ellos durante su convivencia en privado.
—Entiendo. Para la próxima, no necesitas llamarnos para avisarnos que irás.
Lidia y yo acordamos darte una llave para que tengas a nuestro departamento como un segundo refugio.
Ambas sabemos que vivir en pareja no es fácil, ya lo hemos intentado, y no queremos que te sientas sola y sin un lugar a donde ir.
—Las amo con toda mi alma, amigas.
—Lo sabemos, nosotras también nos amamos. —Ambas rieron por la gracia—. Liam es un buen hombre y se nota que está loco por ti, pero supongo que al igual que todos tiene sus días difíciles.
—Pasa que aún nos estamos adaptando. Aunque nos conozcamos desde hace mucho, nunca habíamos convivido juntos y cada uno tiene sus propias costumbres y mañas.
—Cierto, el inicio de las convivencias compartidas siempre está marcada de tensión por esas diferencias, hasta que logran amoldarse. Pero igual, cuando te sientas rabiosa y necesites de un espacio para respirar y poner en orden las ideas y el corazón, ya tendrás donde refugiarte.
—Te amo, Carla. Gracias.
—Ya deja de decir eso, me aburres. Mejor te cuento lo que Lidia y yo estamos preparando para este fin de semana. Recuerda que nos toca conocer al famoso Jason Graham —dijo entusiasmada.
—No sé si alegrarme o preocuparme por los planes que ustedes hacen —respondió Emma con tono de broma.
—La pasaremos genial. Iremos al bar Seven, ese al que siempre íbamos durante nuestra etapa universitaria. ¿Lo recuerdas?
—¿El que está en el centro y tenía esas luces halógenas que lo hacían ver como si fuese el interior de un computador?
—Ese mismo. Allí pasamos grandes momentos, nos servirá para recordar el pasado, así que tienes que llevar a Liam.
—Sí, ya le hablé de esa salida —informó, sintiendo gran expectativa, ya ansiosa porque llegase el día en que pudiesen visitar aquel sitio.
En ese bar, Liam y ella se dieron su primer beso e iniciaron su tórrida historia de amor.
—Luego iremos a la discoteca Tequila y Limón, que está cerca. Será divertido.
—Me encanta el plan. Espero a Jason Graham le guste —expuso Emma, ignorante de la verdadera cara de aquel sujeto.
—Si no le gusta tendrá que buscarse otra conquista, porque no lo dejaré atormentar más a Lidia.
Ambas se carcajearon.
—En verdad parece un buen plan, espero funcione porque Lidia lo merece.
—Y tú necesitas un poco de diversión para así olvidar los malos momentos. Será positivo para todos.
Emma suspiró mientras recogía unos cojines tirados en el suelo y los colocaba en su sitio.
—Eso espero —expuso, sintiendo que sin querer contagiaba a Liam con sus ansiedades, volviéndolo también paranoico.
Por eso él estaba tan obsesionado con la seguridad alrededor de ella y de los niños. Tal vez esa salida lo ayudaría a calmar sus nervios.
En la tarde, los niños regresaron del colegio rebosando energía por la posibilidad de volver a tener una salida al parque. Apenas dejaron las mochilas, corrieron hacia ella.
—¡¿Hoy iremos al parque?! ¡¿Verdad que sí, Emma?! —consultaban ambos casi al mismo tiempo.
Ella no pudo resistirse a esa ilusión.
—Sí, luego de su descanso iremos un rato.
Los gemelos comenzaron a dar saltos de alegría, emocionados por su respuesta.
Ella organizó el paseo con Carmen y los choferes designados por Liam. Ambos estaban preparados para la salida.
A la hora en que les tocó ir, ellos se mantuvieron a una distancia discreta, procurando no llamar la atención. Observaban con atención, y en posiciones diferentes, cada movimiento.
El parque estaba lleno de risas infantiles. Lucas y Matt pronto encontraron a los chicos con los que habían jugado al fútbol el día anterior. Esta vez, jugaban a las escondidas.
Los pequeños corrían entre los árboles y se ocultaban detrás de arbustos y troncos gruesos conteniendo la respiración, antes de salir disparados con gritos de emoción.
Emma y Carmen los seguían con la vista sentadas en una banca. Sonreían al ver cómo sus rostros se iluminaban con cada carrera.
Fue entonces cuando una voz conocida se acercó.
—¡Hola, Carmen!
Era Grisel, la niñera que ya habían encontrado la vez anterior. Carmen se puso de pie para saludarla con un beso.
A su lado venía otra mujer, elegante y joven, de mirada indagadora y sonrisa firme.
—Ella es Becca, la hermana de mi jefa —explicó Grisel—. Quiso venir porque sintió curiosidad al escucharme hablar de ustedes.
Becca no perdió tiempo. Se acomodó en el banco junto a Emma y cruzó las piernas con una naturalidad que imponía.
—Así que tú eres Emma —dijo, ladeando la cabeza—. He oído que vives con Liam y con los niños.
Emma asintió con cautela.
—Sí, ayudo a cuidar de ellos.
—No sabía que Liam buscaba a alguien más para que cuidara de sus hijos. ¿Carmen no se da abasto? —preguntó, mirando a la niñera.
—Ellos son muy obedientes, nunca dan problemas —respondió Carmen.
—Soy amiga de Liam, de la universidad —aportó Emma para explicar que ella no era una simple niñera más.
—¿Y de dónde vienes? —preguntó Becca, con un interés que rozaba la insistencia—. ¿Qué hacías antes?
Emma se tensó, aunque intentó mantener el tono cordial.
—Estuve en Seattle. Allá trabajaba, nada especial.
—Interesante —murmuró Becca, sin dejar de observarla—. ¿Y cómo llegaste a la casa de los Hamilton? Quiero decir, ¿cómo terminaste viviendo con ellos? Liam es muy celoso con la gente que va a esa casa. En ocasiones se vuelve obsesivo.
—Ya te dije que fuimos amigos antes. Él me conocía y me invitó.
La mujer arqueó las cejas, sorprendida. Emma intentó ignorarla al estar pendiente de los niños, pero la mujer comenzaba a volverse molesta.
—¿Y te quedarás con él por mucho tiempo?
Emma observó a la mujer a los ojos, encontrando en ellos un desafío que la irritó.
—Es posible. Aún lo estamos evaluando —dijo, manteniéndole la mirada con un gesto similar, entrando en su juego.
Becca sonrió, como si hubiera obtenido la información que necesitaba.
—Qué bien que los niños tengan a alguien más con ellos.
La mujer giró el rostro hacia los chicos, dejando hasta allí su silencioso debate. El resto del rato lo pasaron solo haciendo comentarios diversos, sobre los juegos que solían realizar los niños cada tarde o la petición que habían hecho padres y tutores para la instalación de un espacio con arena.
Emma se limitó a asentir y sonreír con cortesía, aliviada cuando la conversación se desvió hacia cosas triviales.