Una madre para mis gemelos Capítulo 35. Tregua.
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Capítulo 35. Tregua.

Al día siguiente, Emma salió tarde de su habitación. Había pasado gran parte de la noche despierta, dándole vueltas a las palabras de Liam y a la sensación de estar sobrando en una vida que no era del todo suya. Donde solo se escondía de sus tragedias.

Debía dejar de ser tan cobarde y enfrentar al infierno que ella misma se había creado sin afectar a inocentes. Esa era la única forma de romper su maldición.

Se vistió para salir, debía hablar con sus amigas para que la ayudaran a conseguir un trabajo en esa ciudad cuánto antes. Tenía que encontrar estabilidad y un nuevo lugar donde quedarse sin ser molestia para nadie.

Bajó a la cocina pensando en las maneras en que le anunciaría a Liam su decisión, evitando reflejar las roturas de su corazón y el gran dolor que la separación definitiva le produciría.

Los gemelos ya estaban en la mesa, devoraban su desayuno entre risas mientras Liam, con las mangas de la camisa arremangadas, preparaba sus loncheras para el colegio.

Por un instante ella se quedó quieta en el umbral, observando la escena como si no le perteneciera, aunque deseando formar parte de esa vida perfecta y saludable.

—¡Emma! —gritaron los niños al verla y se levantaron de las sillas para correr hacia ella.

La mujer sonrió. La ternura infantil le produjo un dolor punzante en el pecho por la pronta despedida.

—Hoy le contaremos a la maestra lo del fútbol —dijo Lucas, con el brillo de la victoria todavía encendido en sus ojos.

—Y también le enseñaremos los dibujos que hicimos —añadió Matt, inflando el pecho con orgullo.

Emma acarició sus cabecitas.

—Seguro le encantará.

Liam detuvo lo que hacía y la observó en silencio, arqueando una ceja. Notó que ella iba vestida como para salir. Eso le preocupó.

—¿Esta tarde podemos volver al parque, Emma? —preguntó Matt.

Ella quedó rígida. Una punzada de incertidumbre la recorrió, no sabía cómo responder.

—Yo… —empezó a decir, pero Liam se adelantó, dando con suavidad un par de palmadas para llamar la atención de los niños.

—Si ya terminaron el desayuno, chicos, vayan a cepillarse los dientes. El chofer ya los espera. Van a llegar tarde si seguimos charlando y no podrán contarle nada a la maestra.

Los gemelos obedecieron enseguida corriendo al baño. El los siguió para supervisarlos, no sin antes tratar de compartir una mirada con Emma, pero ella bajó el rostro para evitarlo. Se puso de pie y se acercó a la cafetera para servirse un poco de café.

Una vez que los gemelos se alistaron y Liam los despidió en la entrada, la casa quedó en un silencio denso.

Él volvió a la cocina encontrando a Emma de pie, inmóvil junto a la encimera. No se atrevía a mirarlo, solo tomaba con lentitud su café.

—¿Piensas salir? —se atrevió a preguntar, con ansiedad contenida.

—Me reuniré con Lidia y con Carla. Necesito poner en orden algunas cosas y… buscar un trabajo.

—¿Un trabajo? ¿Después de una discusión que tuvimos anoche crees que la solución es marcharte?

—No quiero que esto se convierta en una cadena, Liam. No deseo romper tu calma, yo no soy la adecuada para tus hijos. Si me quedo aquí solo voy generar conflictos, así que prefiero apartarme.

Él se adelantó y alzó la voz apenas lo suficiente para que sus palabras pesaran.

—No voy a permitir que te marches por culpa de la primera pelea que hemos tenido.

Emma lo miró con sorpresa, como si no esperara aquella firmeza.

—Liam, entiéndelo. No soy la madre de estos niños, no sé qué es lo mejor para ellos, anoche me lo recordaste.

Él apretó la mandíbula.

—Y lo lamento. Dije lo que no debía, lo que el miedo me dictó. No expliqué bien lo que sentía, pero claro que eres la adecuada. Desde que llegaste, los niños sonríen distinto. Ya no vuelvo a una casa silenciosa, con Carmen agotada intentando cubrirlo todo, sino a un hogar. Eso lo lograste tú.

Emma bajó la mirada negando con la cabeza. Nada de lo que él dijera la convencería de que no era un peligro para esos niños. Una imprudente que no medía sus acciones.

Él dio un paso hacia ella y bajó el tono de su voz haciéndola sonar casi como un ruego.

—Siempre temí que algo podía pasarles cuando yo no estaba.

Desde que murió su madre y mis suegros comenzaron a hacer presión para quitármelos preferí tenerlos dentro de la casa, era la única forma de controlarlos mientras me encontraba afuera.

Me convencí de que así estarían seguros.

Sabía que eso no era suficiente, que les faltaba interacción, pero pensé que tendría la suficiente contigo aquí.

Calló un instante, para calmar el fuego de ansiedad que se debatía en su pecho.

—No desconfío de tus capacidades. Solo me aterra… Marco —pronunció, con un suspiro cargado de rabia contenida—. Él no solo podría significar un peligro para los niños, sino para ti. Y si algo llegara a pasarte, Emma… —hizo una pausa, apartando la vista un segundo—. No lo soportaría.

Emma se impactó por su declaración. Había olvidado esa amenaza latente, la sombra que había quedado en un rincón de su memoria. Una punzada de culpa la atravesó.

—Liam, lo siento —habló con lágrimas en los ojos—. Estar con ustedes me hace sentir tan segura que olvido el peligro. Fui imprudente.

Él la tomó por el rostro, exigiendo que lo mirara.

—Eso es lo que quiero, que te sientas segura. Para eso invierto tanto en seguridad, para que puedas actuar sin tener que observar tras tu espalda o asomarte a la ventana cada cinco minutos para asegurarte que nadie acecha los alrededores.

—No debí sacarlos al parque —pronunció con voz temblorosa y con lágrimas de arrepentimiento represadas en sus ojos.

—No, Em, ese no es el punto. Tienes razón, los niños no pueden crecer aislados. El cambio que les produjo esa simple salida fue demasiado evidente. Quiero que mis hijos vivan sus propias experiencias, que dejen de tener miedo. Escucha…

Respiró hondo para asentar las ideas y así hilvanar propuestas coherentes.

—Llévalos al parque, pero no vayan solos.

¿Sí? Los choferes que contraté están entrenados en defensa, tienen armas y su función, además de trasladarlos, es protegerlos mientras están afuera.

Puedes ir con ellos. Se mantendrán apartados, discretos, para no molestar a nadie ni asustar a los niños.

Son profesionales, confía en ellos, así estarán seguros y no perderán esa libertad que tanto necesitan.

Emma lo observó con un nudo en el pecho. Una mezcla de alivio y miedo la invadió. La libertad la tendría solo con custodia, esa sería su única garantía por la amenaza que los rondaba. Una que ella había atraído.

—Si me voy. Marco no los acechará y podrán vivir con normalidad.

Liam asumió un semblante serio. Sus ojos irradiaron una fiereza y una determinación que a ella la abrumó.

—No existe normalidad para nosotros sin ti, Emma. —Sus palabras la estremecieron—. Te metiste hondo en esta familia, en el corazón de mis hijos y en el mío. No voy a dejarte ir.

Le acarició el rostro con sutileza, admirando embelesado las formas perfectas de su rostro.

—No me importa quién esté afuera, quien nos aceche o amenace. Voy a pelear contra lo que sea para retenerte. Incluso, contra tus propios miedos. Te quiero aquí, Em, conmigo y con mis hijos.

Ella cerró los ojos, dejándose envolver por su contacto, por sus palabras conmovedoras, por su seguridad y calidez.

Sin pensarlo buscó sus labios, obteniendo al inicio un beso lento, cargado de miedo y ternura. Como si ambos se aferraran el uno al otro para sostenerse frente a un futuro incierto.

Cuando la pasión los abrigó se abrazaron, dejando en libertad el deseo contenido. Los besos se volvieron más profundos y salvajes y las caricias se colaron bajo la ropa.

Liam la alzó para sentarla sobre la encimera y abrió sus piernas buscando el ardor que calmaba sus ansiedades.

Arrancó su tanga, quitando con rudeza el obstáculo que se interponía en su camino y bajó el rostro para sumergirse entre sus piernas y así probar su delicioso elixir. Uno que nadie iba a robarle.

La cocina se llenó con gemidos y ruegos, testigos únicos de una tregua nacida entre el amor y los temores.