Una madre para mis gemelos Capítulo 31. Una dura condición.
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Capítulo 31. Una dura condición.

Liam llegó a la constructora un poco tarde de lo habitual, con el gesto serio y los pensamientos todavía revoloteando en torno a Emma, los gemelos y lo sucedido la noche anterior con su amigo en el estacionamiento.

Su primera acción, luego de enviar a sus hijos a la escuela en el trasporte, fue conversar con los vigilantes. Les dejó los datos de Marco, justificando que era un sospechoso que pudiese rondar la casa. Así ellos estarían más atentos.

Luego llamó a la empresa, para solicitar un chofer para sus hijos y otro para Emma. Sujetos entrenados, que además de ocuparse del traslado pudiesen encargarse de su seguridad.

Al entrar en su oficina recibió de su secretaria los asuntos pendientes y, apenas se sentó frente a su escritorio, su teléfono móvil vibró.

Vio el nombre en la pantalla y contestó de inmediato.

—Darryl —dijo con tono preocupado—, ¿cómo amaneciste?

Del otro lado, la voz de su amigo sonó ronca y cansada.

—Podría estar mejor. Tengo una marca fea en el rostro, justo en el pómulo, y el costado me duele como si hubiera peleado con un toro.

—¿Tienes que ir al médico?

—Anoche fui. No hay fracturas, solo contusiones fuertes. —Se oyó un resoplido irónico—. Pero olvídate de que hoy aparezca por la oficina. No puedo moverme bien y no quiero que los clientes me vean así.

—Claro, descansa. Yo me encargo de todo aquí.

—Hablé con mi secretaria y le pedí que me enviara los documentos del proyecto de la urbanización de Redwood Creek. Estoy supervisando ese asunto y no quiero que se detenga. Lo atenderé desde aquí por teléfono, así no estoy tan aburrido.

—Si ves que es mucho esfuerzo, déjamelo a mí. Yo podría ocuparme de eso en la tarde.

—Nooo. Sé que tienes varios asuntos que atender esta tarde. Además, necesitas encargarte cuanto antes del loco que te persigue y ansía darte una lección.

—Lo sé —respondió Liam con la mandíbula prieta—, pero no voy a dejar que me intimide.

—Cuídate, amigo. Estaremos en contacto.

Tras colgar la llamada, Liam se hundió en la silla frotándose el puente de la nariz. Apenas tuvo unos segundos para organizarse antes de que llamaran a la puerta.

—Adelante —dijo, esperando que fuese su secretaria, debía solicitarle algunos documentos, pero no fue ella quien entró.

El corazón de Liam se llenó de amargura al ver a Julián Holt, su suegro, pasar a su oficina con gesto adusto, traje impecable y la misma mirada inquisitiva que siempre parecía juzgarlo.

—¿Podemos hablar, Hamilton? —consultó el hombre cerrando la puerta tras de sí.

La pregunta solo fue una cortesía. Él igual iba a abordar el tema que lo había llevado hasta allí.

Liam respiró hondo y trató de mantener la compostura.

—¿Sobre qué?

—Sobre Emma, y sobre mis nietos. —Julián se sentó en una silla frente a él y dio una ojeada a los planos que se hallaban sobre la mesa, como si evaluara todo lo que Liam hacía—. Quiero respuestas claras.

—¿Respuestas a qué preguntas?

—¿Tienes pensado casarte con Emma? ¿O planeas tenerla en tu casa viviendo contigo y con los gemelos como si fuese una amante, sin darle a Lucas y a Matt un ejemplo de familia estable?

El tono de reproche irritó a Liam, llevando su paciencia al límite.

—No es asunto suyo cómo llevo mi relación con Emma. Eso es entre ella y yo.

—Claro que es asunto mío —replicó Julián con frialdad—. Porque está en juego la educación de mis nietos. Ellos necesitan un hogar seguro, no un experimento romántico.

Liam se inclinó hacia adelante sobre el escritorio y aplicó una voz firme, aunque contenida, para hablar.

—Le agradezco su preocupación, pero deje de meterse en mi vida privada.

El silencio se tensó en el aire hasta que Julián sonrió, con una sonrisa cargada de cálculo.

—Te propondré algo que puede convenirte más de lo que imaginas.

Liam frunció el ceño, expectante.

—Unos buenos amigos pondrán en marcha un proyecto urbanístico en el sur de San Francisco, en el que pienso invertir —explicó Julián, y sacó una carpeta de su portafolio que puso sobre la mesa—.

Se trata de urbanizaciones amplias, de arquitectura moderna, que pretenden ser centros comunitarios sostenibles.

Todo bajo la nueva moda del consumo eficiente.

Un negocio que moverá miles de millones y dará trabajo por más de diez años.

Liam abrió la carpeta y echó un vistazo rápido. Encontró diagramas de terrenos, proyecciones de ventas y nombres de firmas asociadas de gran importancia. Era, sin duda, un proyecto de dimensiones colosales.

—¿Y por qué me lo trae a mí? —preguntó, aunque intuía la respuesta.

—Porque quiero que seas parte de esto. Tienes talento y la constructora posee una firme reputación, podrías dirigir una parte importante del desarrollo.

Yo me encargaría de ubicarte con la gente adecuada para que garanticen tu participación.

—Hizo una pausa y bajó la voz—. Pero a cambio, quiero que me cedas la custodia de los gemelos.

Liam lo miró incrédulo.

—¿Perdón?

—Has oído bien, muchacho —insistió Julián, con la calma de quien cree tener la ventaja—.

Si accedes, lo resolveremos de forma amistosa, sin juicios y sin traumas para los niños.

Ellos vivirán con nosotros, tendrán todo lo que necesitan, sobre todo, atención exclusiva, y tú seguirás viéndolos. Aunque, claro, bajo nuestros términos.

Un calor abrasador le subió por el cuello a Liam. Se puso de pie, dejando apoyadas las manos sobre el escritorio.

—Ni lo sueñe. No voy a cederle el control de mis hijos por un trabajo por el que puedo luchar por mi cuenta. Lucas y Matt se quedan conmigo.

Por un instante, la máscara imperturbable de Julián se resquebrajó. Sus labios se apretaron en una línea tensa.

—No seas insensato, Hamilton. Esta es la mejor solución para todos.

—No para mí, ni para ellos. —La voz de Liam se volvió cortante—. No voy a regalar a mis hijos a cambio de un maldito negocio.

El silencio volvió a invadir la oficina, pesado como plomo. Julián respiró hondo y se alisó la corbata.

—Estás cometiendo un error —dijo, y se puso de pie para dirigirse hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo, y giró la cabeza apenas lo suficiente para clavarle la mirada—. ¿Ya investigaste bien a Emma Bowen?

El corazón de Liam se contrajo.

—¿Qué quiere decir? —preguntó con frialdad.

Julián esbozó una sonrisa amarga.

—Solo te advierto: asegúrate de que esa mujer es confiable, segura para criar a tus hijos. Si no lo es, tarde o temprano te costará caro.

Sin esperar respuesta, abrió la puerta y salió, dejándolo con un eco de amenaza en el aire.

Liam se hundió en la silla, con la carpeta del proyecto aún abierta sobre la mesa. Sus manos temblaban de rabia.

El ofrecimiento de Julián era tentador para cualquier hombre ambicioso, pero la condición que había establecido lo convertía en veneno.

Y la insinuación final sobre Emma lo hirió más que la propuesta en sí.

Miró la foto de los gemelos en su escritorio y recordó la felicidad que sus hijos irradiaban cuando estaban con Emma. Ese era su mundo, su familia.

No iba a dejar que nadie, ni Julián ni Marco, se los arrebatara.