Una madre para mis gemelos Capítulo 30. Datos importantes.
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Capítulo 30. Datos importantes.

A pesar de que la casa estaba en silencio porque los gemelos dormían y la calma nocturna envolvía cada rincón, Liam y Emma aún no encontraban el sueño. La tensión tras la visita de Camila y Julián seguía flotando en el aire.

—Ven conmigo —pidió el hombre y tomó la mano de la mujer.

—¿A dónde? —consultó Emma.

—A mi habitación. —Sus ojos brillaron con esa chispa irresistible que siempre lograba desarmarla—. No quiero que duermas sola.

Ella sonrió y aceptó gustosa. El deseo enseguida fluyó a través de su sangre, calentando su piel y agitando todo su organismo.

Subieron juntos, deslizándose entre caricias y risas bajas para no despertar a los niños. La habitación de Liam estaba iluminada apenas por la luz tenue de la lámpara de noche.

Se desnudaron sin apuro, repasando con mirada embriagada sus cuerpos. Besaron, mordieron y acariciaron cada espacio de piel que se exponía, produciendo gemidos y estremecimientos en el otro, que avivaban las llamas que los rodeaban.

Cuando se metieron bajo las sábanas, dejaron libre toda su pasión. Él la poseyó como si no hubiese un mañana, se clavó en ella con firmeza para fundirse en su interior, una y otra vez, mientras le arrancaba gritos ahogados de placer.

Emma se abrió todo lo que pudo para él, dándole paso a su intimidad, a su vida y a su alma. Se entregó sin reservas, sabiendo que allí hallaría la paz y el amor que siempre había deseado.

El orgasmo los azotó sin piedad y los sacudió como si fuesen látigos implacables. Los doblegó con su energía devastadora hasta dejarlos deshechos sobre la cama.

Una vez recuperaron el control de sus acciones y pensamientos, Liam salió de ella y se acostó a su lado, boca arriba, atrayéndola hacia su pecho. Emma suspiró, dejándose envolver por sus brazos, abrigada por el calor de su cuerpo y la seguridad que transmitía.

—Así es como quiero que terminemos todos los días —murmuró, rozando sus labios contra los de ella.

—Suena tentador —respondió ella con una sonrisa tímida, antes de perderse en un beso lento y profundo, cargado de ternura y deseo contenido.

Los besos se hicieron más intensos, hasta que el fuego que los consumía calmó un poco su ardor. Cuando al fin se quedaron abrazados, respirando con calma, Liam acarició su cabello, pero su mirada permanecía fija en el techo, pensativo.

Emma notó su estado.

—¿Qué pasa por esa cabeza tuya? —preguntó en voz baja.

Él vaciló, midiendo las palabras.

—Pensaba en Marco.

El nombre cayó como un balde de agua fría entre ellos. Emma levantó la mirada, sorprendida.

—¿Marco? ¿Por qué lo mencionas ahora?

Liam le acarició la mejilla, intentando que no se sintiera atacada.

—Necesito saber más de él. No me malinterpretes, no es curiosidad vacía. Es importante.

—¿Importante por qué? —consultó la mujer frunciendo el ceño.

—Para manejar mejor la seguridad.

Su voz sonaba firme, aunque sus ojos la evitaban. No quería que ella viera la sombra de preocupación que realmente lo motivaba.

Emma guardó silencio unos segundos, intentando leerlo. Luego suspiró y asintió. Sabía que ese tema no podía seguir evitándolo.

Liam tenía derecho a manejar información de su exnovio. Le había dado refugio en su casa, junto a sus hijos, era obvio que quisiese saber a qué se enfrentaba.

—Está bien, ¿qué quieres saber?

—Todo lo que puedas decirme. —La apretó un poco más contra su pecho—. Cómo es físicamente, qué suele hacer, a qué se dedica. Cualquier detalle.

Emma se removió incómoda.

—No me gusta hablar de él.

—Lo sé —dijo Liam con suavidad—. Pero me harías un favor si me cuentas.

Ella respiró hondo.

—Marco… mide más o menos un metro ochenta y cinco. Es fuerte, entrenaba con pesas y boxeo, hasta en casa lo hacía. Siempre lleva camisetas ajustadas, le gusta mostrar los músculos para intimidar. Tiene el cabello claro y ojos azules.

Liam asintió, grabando cada palabra en su mente. Recordó lo que Darryl le había dicho sobre el atacante: «Era alto y algo musculoso, de ojos azules».

—¿Qué hacía para ganarse la vida?

—Estuvo en el ejército —explicó Emma con cierta incomodidad—, pero lo echaron por mal comportamiento.

Desde entonces trabajaba en seguridad privada para empresarios.

Solía andar con armas, en casa discutíamos por eso, porque las dejaba a la vista, sobre la mesa del comedor o encima de mi cómoda en la habitación.

—¿Qué tipo de auto usa?

—Un todoterreno negro, grande, con los vidrios polarizados. Se sentía poderoso al volante, le gustaba impresionar —comentó, recordando que cada vez que veía un auto de ese tipo en San Francisco se ponía nerviosa.

—¿Y su carácter? ¿Cómo era a diario?

Ella rió con amargura, sin humor.

—Al principio, fue alegre y ocurrente, pero una vez que nos mudamos a Salem, cambió por completo.

Vivía malhumorado casi todo el tiempo, bebía más de la cuenta y fumaba sin parar.

Se enfurecía por tonterías y nunca admitía errores.

Todo lo resolvía con un golpe, ya fuese sobre mí o sobre algún mueble, puerta o pared de la casa.

Liam apretó una mano en un puño, tratando de controlar la furia que le produjo esa última confesión. Cerró los ojos unos segundos buscando contener el torbellino de pensamientos que se desató en su cabeza.

—Liam, ¿por qué tanto interés? —preguntó Emma con voz insegura.

Él la miró con ternura, procurando ocultar la verdad.

—Solo quiero tener un panorama claro. Si alguna vez aparece, necesito reconocerlo para así protegerte.

—¿Crees que Marco esté cerca? —quiso saber, con un hilo de alarma en la voz.

Liam le acarició la mejilla y forzó una sonrisa tranquilizadora.

—No, Em, solo es un escenario posible. No quiero que te preocupes por nada. Lo manejo como datos, nada más.

Ella lo miró con fijeza, tratando de adivinar si le ocultaba algo. La forma en que desvió un poco la mirada la hizo sospechar.

—Liam, dime la verdad. ¿Pasó algo? —insistió

Él besó sus labios con suavidad.

—La verdad es que quiero que duermas tranquila. —La rodeó con ambos brazos y la apretó contra su pecho—. Confía en mí, ¿sí?

Emma suspiró, rindiéndose a la calidez de su abrazo.

—Está bien, pero prométeme que si ocurre algo me lo dirás. No quiero sorpresas.

—Prometido —susurró él, aunque su interior se debatía entre la promesa y el miedo de angustiarla.

El silencio volvió a la habitación. Emma cerró los ojos y se entregó al sueño, sintiéndose segura dentro de esa fortaleza cálida y deliciosa que él le ofrecía.

Liam permaneció despierto más tiempo. Mientras ella dormía, sus pensamientos ardían.

El encapuchado, la amenaza y las palabras dirigidas a Darryl apuntaban a que el atacante era Marco. No había duda. Él estaba cerca, sabía dónde vivía y dónde trabajaba, y se mantenía vigilante.

No iba a permitir que la tocara ni que volviera a hacerle daño. Ahora Emma era suya. No se le dejaría arrancar por un maniático.