Una madre para mis gemelos Capítulo 25. El amigo.
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Capítulo 25. El amigo.

El lunes amaneció con un aire renovado, como si el fin de semana de campamento hubiese dejado impregnada en las paredes una energía distinta.

El aroma a pan tostado y café llenaba la cocina mientras Emma vigilaba que los niños comiesen todo su desayuno. Liam preparó las loncheras y revisó las mochilas para verificar que nada les faltase.

Emitió un quejido suave al ver en la de Matt las piedras que había recogido en la montaña.

—No puedes llevarlas todas, campeón.

—Pero papá, son mágicas. Si no, la maestra no va a creerme.

—Puedes llevar cinco, ¿qué opinas? Una para cada día de la semana, así no se te acaba la magia tan rápido.

Mateo dudó, frunciendo el ceño, como si se tratara de una negociación complicada, aunque al final aceptó.

—Está bien, solo cinco. Pero las demás se quedan esperándome aquí.

—Yo voy a mostrarle mis dibujos a la maestra. Seguro me pide colgarlos en el salón —aportó Lucas.

Liam se percató que en la mochila de su otro hijo estaban las hojas de los dibujos del ciervo bajo las estrellas, el dragón rojo y la familia tomada de la mano.

Eso lo conmovió y le hizo compartir una mirada con Emma, que parecía apenada, aunque a la vez, llena de una felicidad que parecía no caber en su pecho.

Cuando ya estuvieron listos, llegó el transporte escolar. Liam abrió la puerta para entregarlos mientras Emma les daba un abrazo fuerte a cada uno como despedida.

—Se portan bien. Los extrañaré —dijo la mujer.

—Nosotros también —prometieron, dándoles un beso en la mejilla antes de tomar la mano de su padre para subir al bus escolar.

Al ocupar sus puestos, ellos se despidieron con besos lanzados desde la ventana. Emma agitó la mano hasta que el vehículo se perdió en la esquina.

Al quedar solos, ambos entraron en la casa y sus miradas se encontraron con la misma chispa que los había acompañado la noche anterior.

—¿Irás a trabajar? —preguntó ella.

Liam no respondió. Solo dio un paso hacia ella, tomó su rostro entre las manos y la besó con una intensidad contenida, como si llevara mucho tiempo esperando ese momento.

Emma respondió de inmediato, se abrazó a él como si quisiera fundirse en su piel. Sus labios se encontraron una y otra vez, hasta que la necesidad de aire los obligó a separarse.

—Liam… —susurró ella, con el rostro todavía cerca.

Él acarició su mejilla, mirándola con unos ojos embriagados por el deseo.

—No sabes lo mucho que necesitaba esto. Que te necesitaba a ti.

Pero justo cuando volvieron a entrelazarse en un abrazo, el timbre de la entrada los obligó a controlarse.

Emma dio un respingo y Liam resopló con fastidio.

—Maldición —se quejó antes de asomarse por la ventana.

Al ver parado tras la reja a Darryl Tucson, su mejor amigo y socio en la constructora, mascó más maldiciones.

—Siempre en el peor momento —se quejó, antes de dirigirse a la entrada.

Al abrir, miró al hombre con rabia contenida, pero este le dedicó su sonrisa más chispeante y abrió los brazos en cruz.

—¡¿Aún en pijamas?!

Liam lo recibió con rostro pétreo.

—¿Qué haces aquí y no en la oficina?

—Te pregunto lo mismo a ti, amigo. Llevas días escapándote muy seguido para venir a casa —reveló Darryl mientras entraba a la vivienda—. Sé que amas a tus hijos con locura, pero esa actitud no es habitual en ti —comentó y pasó a la sala—. Solo quiero saber que…

Quedó mudo al hallar a Emma dentro, mirándolo con expresión nerviosa.

—Vaya, vaya —dijo alzando una ceja—. ¿Este es el motivo? —preguntó en dirección a su amigo.

Liam cerró la puerta y respiró hondo antes de encararlo.

—Darryl, te presento a Emma, una amiga. Emma, él es Darryl, un amigo al que no sé por qué soporto y mi socio en la constructora.

Emma se sintió tan avergonzada que le costó reaccionar. Cuando lo hizo se aproximó y extendió una mano hacia el recién llegado.

—Hola, es un placer conocerte.

—Igual para mí —respondió el hombre de forma sugerente y la repasó de pies a cabeza, notando que ella también estaba vestida con ropa de casa e iba descalza, era evidente que había pasado la noche allí.

Ella intentó sonreír con educación, aunque se sentía cohibida, así que se excusó para encerrarse en su habitación y ponerse presentable.

—Voy a darme una ducha, los dejo conversar tranquilos.

Una vez que ella subió las escaleras, Darryl encaró a su amigo con la boca abierta por el asombro.

—¿No vas a enjabonarle la espalda?

Liam le dio un golpe en el hombro que al otro produjo risas y se encaminaron hacia la cocina.

—¿Qué haces aquí? —consultó, molesto por la interrupción.

—La última semana apenas te vi por la oficina y tú nunca faltas.

Siempre almuerzas en el restaurante de la calle Oxford con algún cliente, pero ahora lo haces en casa ajustando tu agenda para que no te ocupen esas horas.

Así que vine a saber qué pasaba. Pensé que alguno de los niños estaba enfermo o algo por el estilo.

—Los niños están bien —aseguró, mientras le servía un café a su amigo.

—Entonces, viejo, ¿qué pasa aquí? ¿Quién es ella?

Liam lo miró serio.

—Ya te dije, es una amiga.

—No me tomes por idiota, Liam. No es solo una amiga, eso lo vi claro desde que entré. Vamos, suelta la bomba.

El interpelado suspiró hondo, consciente de que Darryl no se conformaría con evasivas.

—Está bien, te lo diré, pero necesito que esto quede entre nosotros. Nadie más debe saberlo. ¿Entendido?

El rostro de Darryl perdió la expresión burlona y se volvió más atento.

—Sabes que puedes confiar en mí.

Así, con pocas palabras, y evitando los detalles dolorosos, Liam le contó que Emma había sido su novia en la universidad y lo abandonó por viajar con sus padres a Seattle, ya que su madre estaba muy enferma.

Pasó por un infierno con un hombre que la maltrató durante el último año y regresó a San Francisco buscando reiniciar de nuevo. Se reencontraron y ahora la tiene bajo su cuidado. Él le regala calma mientras ella lo ayuda a cuidar de sus hijos y así evitar confrontaciones con sus suegros.

—No es algo que planeé —concluyó—. Simplemente pasó. Ella apareció en el momento en que más la necesité y en el que ella más me necesitaba. Solo nos apoyamos entre ambos.

Darryl lo observó largo rato, como sopesando sus palabras.

—Guao, es toda una historia. Ella… los niños…

tú… —Darryl estuvo pensativo un instante antes de volver a hablar—.

Mira, no soy quién para juzgarte, mucho menos para decirte qué hacer, pero ten cuidado.

Julián y Camila Holt no son personas fáciles de convencer.

Cuando ellos quieren algo, lo toman como sea.

—Eso lo tengo muy claro.

—Y Emma, bueno… es preciosa —reconoció, ganándose una mirada de advertencia de Liam que lo obligó a alzar las manos en señal de rendición—.

Lo digo con todo respeto. Solo te digo que también te cuides, porque parece que ella no tiene su vida muy clara.

Aunque se conozcan desde hace años, ustedes han cambiado mucho en este tiempo y no sabes qué pueda estar arrastrando ella y metiendo dentro de tu casa, donde están tus hijos.

—Gracias por el aviso, pero sé muy bien quién es ella. Aunque haya cambiado este tiempo, Emma sigue conservando lo más importante, que es su cariño profundo, su lealtad y su bondad. Y lo mejor de todo, es que ha logrado una gran conexión con mis hijos. Eso para mí es lo más importante.

Darryl asintió, queriendo aportar algo más, pero en ese momento su móvil sonó por la llegada de varios mensajes de texto. Al revisarlo, resopló.

—Maldición, es O’Hara, quiere verme en media hora. Debo irme, pero seguiremos hablando de este tema en la constructora, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —respondí Liam resignado.

Ambos se despidieron con un apretón de manos firme en la puerta y Darryl salió de la casa rumbo a su auto.

Liam, en cambio, se dirigió a la habitación de Emma para terminar lo que habían tenido que interrumpir por aquella visita, antes de prepararse para ir al trabajo.

Necesitaba de ella para enfrentar aquel día que de seguro iba a ser ajetreado, ya que había tenido que mover varios compromisos del fin de semana para ese lunes y así poder ir de campamento con Emma y sus hijos.

Lo que ninguno imaginaba era que minutos antes una camioneta negra se había estacionado cerca de la casa, para mantenerse vigilante.

Marco observaba la vivienda con ojos fríos, como un depredador paciente.

Al ver a Darryl salir de la casa y subir a su vehículo, aguzó la mirada.

—Así que este es el exnovio que te protege, Emma —murmuró con veneno, convencido de lo que creía ver.

Descubrió a un sujeto bien vestido, de cabellos claros y caminar seguro. Con la apariencia de ser un tipo con dinero, que pudiese mantener sin problemas aquella enorme casa que poseía vigilancia privada.

—Él no será un obstáculo para alcanzarte, Emma. Lo apartaré del camino como si fuese una mosca molesta —aseguró y encendió el motor sin apartar la mirada del auto de Darryl para seguirlo a una distancia prudente.

La mañana, que había comenzado con risas y besos apasionados, se teñía con la sombra de una amenaza silenciosa que nadie aún alcanzaba a percibir.