Una madre para mis gemelos Capítulo 24. Regreso a casa.
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Capítulo 24. Regreso a casa.

El regreso a casa fue agitado al inicio, aunque enseguida tomó un ambiente silencioso, propio del cansancio acumulado del fin de semana.

Los gemelos apenas bostezaban sin dejar de abrazar los tesoros que habían recogido en la montaña: ramas lisas que parecían bastones mágicos, piedras con formas caprichosas, hojas secas de colores brillantes y, por supuesto, los dibujos que habían realizado durante la acampada.

—Hogar, dulce hogar —murmuró Liam al apagar el motor del auto.

Emma, en el asiento trasero, entre los gemelos, giró para ayudarlos a desabrocharse las correas de sus sillitas. Matt tenía las manos llenas de piedritas que no quería soltar mientras Lucas apretaba contra su pecho un cuaderno con dibujos de ciervos, estrellas y dragones.

—Despacio, que no se nos caiga nada —dijo Emma con ternura mientras los ayudaba a bajar.

Al entrar en la casa, los recibieron los aromas familiares a galletas y madera. Todo parecía más cálido y más íntimo después de haber pasado una noche al aire libre.

Los niños corrieron hasta la sala, dejando un reguero de sus tesoros en el camino mientras Liam y Emma intercambiaban una mirada divertida.

—Será imposible acostarlos ya mismo, tendré que darles un rato para que suelten las energías —dedujo él, y colgó las chaquetas junto a la puerta.

Emma sonrió y se acarició el cabello para soltarlo del recogido improvisado que llevaba desde la montaña.

—Creo que necesitan asegurarse que lo que vivieron es real —bromeó ella, al ver que los chicos desplegaban sus cosas en el suelo— ¿Llevamos todo al cuarto de juegos? Así no se les pierde nada.

Ellos asintieron, tomaron una vez más sus pertenencias y arrastraron a la mujer hasta ese lugar. Allí sacaron sus dibujos y empezaron a ordenarlos con cuidado.

—Mira, Emma, este es el ciervo que vimos —explicó Lucas, enseñando un dibujo torpe, pero lleno de color, con un animal de cuernos enormes bajo un cielo estrellado y una mujer dándole de comer—. Esa eres tú.

—Y este soy yo luchando contra un dragón —agregó Matt, y alzó un papel con garabatos rojos y azules sobre las figuras de dos personas y un dragón—. ¿Ves? Tú estabas detrás, cuidándome.

El corazón de Emma se apretó con una dulzura que le humedeció los ojos. Aquellos niños ya la hacían parte importante de su mundo.

—Son maravillosos. Merecen un lugar especial. ¿Qué les parece si los pegamos aquí en la pared, como si fuera una galería de arte?

Ellos aplaudieron la idea. Emma buscó cinta adhesiva y poco a poco fueron llenando un rincón del cuarto con los dibujos del campamento. Ella les ayudaba a elegir el lugar mientras ellos explicaban cada trazo como si fuesen artistas famosos.

—Este no puede faltar —dijo Lucas, y mostró una hoja donde había dibujado a Emma junto a su padre y ellos dos en medio. Los cuatro tomados de las manos mientras que sobre sus cabezas brillaba un cielo lleno de estrellas.

La mujer tragó saliva y fingió normalidad al ver al niño pegar el dibujo justo en el centro de la pared. Liam, que se había quedado recostado en el marco de la puerta observando la escena, no pudo evitar sonreír con un orgullo silencioso.

—Creo que ya tenemos nuestra primera exposición —comentó, cruzando los brazos.

—¡Y falta poner las piedras! —gritó Matt, levantando su bolsita.

—Podemos ponerlas en la repisa junto a los dinosaurios —propuso Emma—. Como si fuesen reliquias mágicas.

El niño la miró con admiración.

—¡Sí! Tú siempre sabes qué hacer.

El cuarto de juegos se transformó en un rincón que respiraba recuerdos del campamento. Cuando terminaron, los gemelos se sentaron en el suelo, exhaustos aunque satisfechos.

—¿Listos para dormir? —preguntó Emma en voz baja.

Ellos se miraron entre sí, intentando disimular un bostezo. Luego asintieron. Emma los guió hasta sus habitaciones y los ayudó a ponerse pijamas limpios. Liam entró detrás, cargando las mochilas todavía con olor a bosque.

Mientras Emma acomodaba a Lucas en la cama, Liam se encargaba de arropar a Matt. La sincronía entre ambos era tan natural que parecía ensayada.

—Dulces sueños, pequeños exploradores —se despidió la mujer dándoles a cada uno un beso en la frente.

Cuando salieron de las habitaciones, la casa se sumió en un silencio sereno. Emma se quedó unos segundos recargada en la pared del pasillo y respiró hondo.

—No pensé que volver a casa después de un fin de semana pudiese sentirse tan cálido —dijo, casi para sí misma.

Liam, que cerraba con suavidad la puerta del cuarto, la escuchó. Se acercó y se detuvo frente a ella. A escasos centímetros de distancia. La arropó con su calor.

—Es porque no es la casa lo que importa. Sino las personas que estamos dentro, el saber que todos estamos bien y satisfechos.

La mirada de Emma se encontró con la de él y durante un instante se quedó sin palabras. En los ojos de Liam había un brillo de calma, como si la certeza de esa familia fuese suficiente para sostenerlo.

—Los niños son muy felices contigo —añadió el, en un tono más bajo, y mientras le acariciaba el rostro—. Nunca los había visto tan conectados con alguien..

Emma bajó la vista y acarició el pecho del hombre.

—Me hacen sentir que recuperé algo que perdí hace poco —dijo sin proponérselo. El cansancio la hizo hablar de más y revelar el secreto que se guardaba por vergüenza: el de su aborto provocado.

Liam no dijo nada, se tragó su rabia para no empañar el momento. Había supuesto aquella situación. Su visita al médico, el tipo de medicinas que usaba para recuperarse y las anticonceptivas que se afanaba por tomar, incluso, antes de que ellos pensaran en tener relaciones sexuales.

«Emma no está bien… se recupera físicamente de una situación difícil por la que tuvo que atravesar», le había advertido Lidia.

Lo que la tenía tan desecha no eran los recuerdos de las golpizas que le había propinado Marco, o el maltrato psicológico y el acoso, sino la pérdida de un hijo. Ese era el mayor motivo de su dolor, uno que, sin haberlo planeado, comenzaba a sanar gracias al amor que le daban los gemelos.

Para serenarla, Liam le apartó un mechón de cabello del rostro, apenas rozándola. Emma cerró los ojos un instante ante el gesto, como si ese toque tuviera la fuerza de un abrazo completo.

—Ven conmigo a la cama —murmuró, con la voz gruesa por el deseo—. Déjame ayudarte a olvidar —pidió, antes de besar sus labios con suavidad, pasando la punta de su lengua entre ellos, arrancándole un suspiro.

La tomó de las manos y la empujó un poco esperando que ella tomara su decisión. En la montaña no dudó en entregarse a él, en dejarse dominar por el fuego del deseo. Tal vez en la casa su opinión sería distinta.

Pero no fue así. Ella se dejó llevar al tiempo que buscaba los labios del hombre, para besarlos mientras se encerraban en el dormitorio y se dirigían a la cama.

Se desnudaron sin prisas, acariciando y besando la piel que descubrían, como si aquella fuese la primera vez, el inicio de un amor que nunca dejó de latir a pesar de la lejanía.

Liam la hizo suya bajo sus sábanas, la amó y reverenció como ella lo merecía, con suavidad y entrega, con acometidas firmes y seguras que la hicieron llorar por el placer y susurrar su nombre toda la noche.

Se compenetraron tanto en aquel acto que hasta después del orgasmo, mientras el sueño los dominaba, se buscaban. Sus manos de forma instintiva se movían por la cama hasta lograr tocar el cuerpo cálido que tanto anhelaban.

Pasaron aquella noche apretados en un abrazo que deseaba volverse eterno, uno que lucharía por mantenerse unido frente al oleaje de peligro que se acercaba y amenazaba con destruirlos.