Una madre para mis gemelos Capítulo 15. Mantener las esperanzas.
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Capítulo 15. Mantener las esperanzas.

Emma despertó gracias a la claridad de la mañana que se filtraba por las cortinas, cálida y suave, muy distinta a la penumbra fría que solía recibirla cuando vivió en Salem, con Marco.

Por un instante no supo dónde estaba, hasta que recordó el magnífico día que había vivido junto a los niños y Liam: las risas, las historias divertidas, las miradas, los gestos llenos de cariño… los toques sutiles que avivaban su deseo.

Un extraño bienestar la recorrió. Se incorporó despacio y entró al baño para asearse y arreglarse el cabello con las manos, frente al espejo, sintiéndose dichosa.

Al salir al pasillo se topó con Liam, que también salía en ese momento de su habitación. Él tenía los cabellos un poco desordenados y vestía su pijama de camiseta y pantalón corto permitiéndole a Emma descubrir que aún conservaba un cuerpo ejercitado y atractivo. Perfecto para sus ojos.

—Hola, buenos días —saludó el hombre con una sonrisa algo perezosa, aunque chispeante, demostrando que estaba feliz de verla allí, en su territorio.

—Buenos días —respondió ella apenada, pero también, emocionada. Agradecía su suerte de que fuese él lo primero que viese esa mañana.

Rogó porque aquello se volviera habitual.

—Los niños ya están despiertos y se alegraron muchísimo al enterarte que pasaste la noche aquí. Están preparando algo para ti.

Emma arqueó las cejas, divertida.

—¿Preparando? Eso suena peligroso.

Liam rió.

—Lo es. Ven, acompáñame.

En la cocina, los gemelos se encontraban muy ocupados.

Lucas estaba de pie sobre una banqueta, junto a una encimera, con cucharas y servilletas desparramadas sobre el mesón. Intentaba batir jugo de naranja con demasiada fuerza.

Matt acomodaba con torpeza los platos en la mesa.

—¡Emma! —gritaron al verla, con un entusiasmo genuino que la conmovió.

Corrieron a abrazarla.

—Estamos preparando el desayuno para ti —exclamó Lucas.

—Bueno, parece que tendré un banquete —respondió ella, sonriendo.

Liam sirvió café y se acercó a ayudar a los pequeños.

—Vamos a sentarnos, campeones, no queremos que la invitada termine con un desayuno frío.

Emma se sentó a la mesa y observó el caos encantador que entre todos iban ordenando. Uno de los gemelos trajo un plato con tostadas, el otro un tazón con fruta picada y Liam colocó huevos revueltos recién hechos.

—Todo esto es para ti —dijo Matt con orgullo.

—Nunca me habían servido un desayuno tan especial —contestó ella, siendo sincera y tocada por la dulzura del momento.

La mesa se llenó de risas y comentarios espontáneos. Los gemelos hablaban uno sobre el otro, peleaban por contar quién había ayudado más mientras su padre los calmaba con dulzura y firmeza, animándolos a terminar su comida.

Emma sintió a su corazón arder por la felicidad. Intentó disimular sus ojos llenos de lágrimas por las emociones al verse rodeada de aquella hermosa familia, de la que comenzaba a sentirse parte.

—¿Y tú sabes hacer panqueques? —preguntó Matt a la mujer con la boca llena de fruta.

—Claro que sé.

—¡Papá no sabe! —añadió Lucas.

Liam fingió indignación.

—Oigan, yo sé muchas cosas, solo que los panqueques no son mi especialidad.

—Entonces, Emma va a enseñarnos a hacer panqueques esta tarde —decidió Lucas, como si fuese un mandato.

—Sí, haremos panqueques de merienda —determinó Matt.

Ella miró hacia Liam, divertida. Él levantó los hombros.

—Parece que ya tienes un contrato firmado.

La mujer sintió un revoloteo en su vientre, producto de las emociones.

—Está bien —dijo, determinada. Sin darse cuenta que aquello había producido un sobresalto interno en el hombre, al escuchar que había aceptado quedarse más tiempo a su lado—, pero solo si ustedes prometen ayudarme a no quemar la cocina.

Las risas llenaron la estancia. Emma olvidó el oscuro pasado que la atormentaba y se dejó llevar por la ilusión de ese lugar, de esos niños y de la presencia protectora de Liam.

Cuando terminaron de desayunar, los gemelos se levantaron para ir al jardín a jugar dejando a los adultos con la mesa semivacía. Liam la observó un momento antes de hablar.

—Gracias por estar aquí. Desde hace mucho no veía a los niños tan felices.

Emma lo miró en silencio, conmovida.

—Son maravillosos. Se nota cuánto los amas.

—Pero necesitan más que mi amor, creo que has podido notarlo. Necesitan compañía, tiempo, alguien que esté con ellos cuando yo no puedo. Y desde ayer parecías esa persona.

La mujer se removió en su asiento, sintiendo el peso de esas palabras.

—Liam… yo…

—No tienes que decidir nada ahora —respondió él con calma—. Solo quería que supieras lo que estás significando para ellos. Y para mí —se irguió, decidido—. Esto puede funcionar, Emma, podemos hacerlo funcionar.

Ella bajó la vista al plato vacío y respiró hondo.

—Me quedaré unos días para ver si logramos adaptarnos. No es lo mismo un día de juegos que una vida de convivencia. Además… —Bajo el rostro con pesar—. Quiero asegurarme de que no atraeré el peligro a esta casa. Eso no me lo perdonaría.

Él endureció el rostro al recordar el acecho de Marco, aunque el alivio por su disposición a intentarlo suavizó un poco sus facciones.

—Eso es suficiente. —La miró, determinado—. Confía en mí, te mantendré segura.

Su promesa la hizo estremecer y la llenó de consuelo.

Al llegar Carmen, Emma le informó a Liam que iría al departamento de sus amigas a buscar sus cosas. Él quiso acompañarla, pero ella insistió en ir sola. No quería comportarse como un animal asustado.

Cuando llegó, sus amigas la recibieron con abrazos y un montón de preguntas.

—Cuéntanos todo —exigió Lidia, ansiosa.

Emma sonrió con timidez.

—Fue… increíble. Los niños son maravillosos, me llenan de atenciones y cariños. Y Liam… —Recordó el calor que le producía su mirada y su cercanía y no pudo evitar estremecerse—. Se esmeró en hacerme sentir cómoda y segura, aunque eso podría ser para convencerme de quedarme y aceptar su propuesta.

Carla resopló.

—El interés que siente por ti se nota en su cara como si fuese un cartel de neón. Él no ha dejado de quererte.

Emma empalideció.

—Recuerden que este no es un trato por amor, chicas. Es un convenio para la supervivencia de ambos.

Lidia y Carla compartieron una mirada. Ambas sabían que para los dos ese acuerdo significaría más que un convenio de supervivencia. En ninguno se había extinguido el amor que un día sintieron, tan solo sus llamas se habían reducido.

Pero al reencontrarse, ese fuego despertó, siendo la principal motivación de que se eligieran y aceptaran.

Liam no le hizo esa propuesta a Emma solo por desesperación, nunca se la hubiese hecho a nadie más, habría resuelto su problema con sus suegros de otra manera.

Y Emma no aceptó refugiarse con él solo por miedo a su exnovio, ella ya había estado decidida a superar ese conflicto sola.

Iba a quedarse en esa casa por Liam. Él era su mayor motivo.

—No importa lo que sea, amiga —habló Lidia—. Nos alegra que hayas tomado esa decisión. No habíamos visto esa luz de alegría en ti desde hace años.

Emma bajó la mirada, con un nudo en la garganta.

—No quiero ilusionarme. Temo que todo se derrumbe de un momento a otro. No solo es posible que los niños y yo al final no congeniemos, sino que Marco sigue ahí afuera, acechándome. Por eso le dije a Liam que me quedaría con ellos unos días para evaluar la convivencia.

—Sé que todo saldrá bien —replicó Carla—. Tú eres adorable y divertida, al igual que los gemelos. Estoy segura que harán un equipo perfecto.

—Y Liam parece dispuesto a lo que sea por ti —agregó Lidia—. Ese matrimonio por conveniencia va a resultarles beneficioso a los dos.

Emma suspiró.

—La verdad es que necesito que esto funcione. No tengo a dónde ir y aún me siento perdida, asustada y vacía —dijo con tristeza—. Pero hay algo más que debo hacer. Necesito ir al médico.

Las amigas la miraron preocupadas.

—¿Te sucede algo?

—No me he sentido del todo cómoda —reveló, y se acarició el vientre—. Quiero saber cómo estoy después del… aborto —continuó, la voz apenas audible—. No puedo seguir adelante sin saber qué consecuencias dejó en mí. En ocasiones siento malestares y no sé si algo quedó mal dentro de mí.

Carla le tomó la mano con suavidad.

—¿Quieres que sea hoy? Mi ginecóloga es un amor, puedo llamarla para que te aparte una cita.

—Su consultorio está ubicado en el mismo edificio donde está la clínica odontológica donde trabajo —alegó Lidia—. Si consigues cita para luego de las seis, puedo acompañarla.

Las mujeres se emocionaron por la noticia, realizando enseguida la llamada al centro ginecológico.

Emma se sintió agradecida. Un dolor físico y emocional aún la atravesaba, pero ahora tenía un plan y un círculo de apoyo. Y en lo más profundo de su corazón, una chispa de esperanza que se negaba a apagarse.