Una jugada arriesgada
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Prólogo
Aria
Entro en el edificio arrastrando los pies mientras le doy un sorbo largo al café solo doble que acabo de comprar en la cafetería de la esquina.
Por norma general lo prefiero con leche, pero es sábado, anoche estuve hasta tarde con las chicas y son las ocho de la mañana, así que necesito un buen chute de cafeína para despejarme o no me voy a enterar de nada.
Entro en el ascensor de cristal y pulso el botón de la quinta planta a la vez que me pregunto qué narices le habrá picado a Logan para citarme en su despacho a estas horas.
Lo adoro, en serio, lo quiero un montón, somos casi de la misma edad y eso ha implicado una infancia llena de travesuras conjuntas y momentos que siempre voy a recordar, así que diría que a lo largo de los años se ha ganado el honor de ser una de mis personas favoritas, y ese es un título difícil de conseguir, porque vengo de una gran familia y somos un montón de primos; dicho esto, también quiero aclarar que como el motivo de esta reunión no sea importante me lo voy a cargar, sin miramientos ni remordimientos de ningún tipo.
Vamos que o la cosa vale la pena o ni por ser el dueño del club y, por consiguiente, mi jefe se va a librar de la bronca que le voy a echar.
Porque sí, Logan Henderson, además de ser mi primo, es el flamante propietario de Los Lobos de Nueva York, equipo de fútbol americano de la NFL en el que trabajo desde hace años como responsable principal del Departamento de Marketing , Relaciones Públicas y Publicidad.
La puerta del ascensor se abre y me dirijo hacia su despacho desde el cual, de repente, me llega el sonido de una risa inesperada que reconocería en cualquier parte del mundo y que me hace detenerme con brusquedad, como si acabase de estamparme contra un muro.
—No puede ser —murmuro frunciendo el ceño.
Intento aguzar el oído, no obstante, el sonido ha parado y no consigo escuchar nada más, así que, dispuesta a descubrir si estoy en lo cierto o solo ha sido una jugarreta de mi mente causada por la falta de sueño, echo a andar de nuevo a toda velocidad.
—¿Qué haces tú aquí? —pregunto de mala gana sin disimular mi sorpresa y dejando a un lado la profesionalidad de la que suelo hacer gala cuando, al abrir la puerta, descubro que, en efecto, Liam Jackson, receptor del equipo y una de mis pesadillas más recurrentes, está sentado como si tal cosa, con actitud relajada y más fresco que una lechuga recién recolectada en uno de los sillones del despacho de Logan.
—Aria, te estábamos esperando —me recibe mi primo indicándome que entre con un gesto de la mano—. Creo que ya conoces a Theodore Smith —añade señalando al hombre que los acompaña, quien me dedica una sonrisa afable.
Theodore es uno de los encargados de la imagen y el marketing del Ayuntamiento de Nueva York y, aunque nunca hemos trabajado juntos, sí que hemos coincidido en diferentes galas y eventos.
—Es un placer colaborar por fin contigo en un proyecto —afirma él extendiendo la mano que me apresuro a estrechar.
Lo estudio con atención.
Desde su traje de diseño hasta su pelo castaño cuidadosamente peinado, todo en él es impecable, incluso su rostro es armónico, y su tono de voz, agradable .
Justo lo contrario que el jugador que, espatarrado en el sillón y vestido con unos vaqueros rotos y una sudadera del equipo, me observa con una mezcla de burla y arrogancia bailando en sus impresionantes ojos verdes al ver el desconcierto dibujado en mi rostro.
—¿Qué proyecto? —cuestiono desviando la mirada hacia Logan quien parece estar de lo más satisfecho e ilusionado.
—El Ayuntamiento y el equipo van a participar en un proyecto conjunto para dar visibilidad a ciertas partes de la ciudad que no son tan conocidas o populares.
Es una campaña dirigida tanto a los propios neoyorkinos como a los visitantes —anuncia mi primo con una sonrisa que le atraviesa la cara de lado a lado.
—Queremos demostrar que Nueva York es mucho más que Manhattan, la Estatua de la Libertad o Central Park; hay zonas y lugares preciosos que pasan desapercibidos para muchos de nuestros ciudadanos y para los turistas que cada temporada recorren nuestras calles, por lo que pensamos que ya es hora de revitalizarlos y darles la relevancia que merecen.
—Estoy de acuerdo —afirmo.
Es cierto que hay muchos rincones perdidos que merecen más reconocimiento del que tienen y me parece una gran idea ponerlos en alza.
—¿Habéis pensado en alguna forma de enfocarlo? —me intereso.
—Nos gustaría organizar una especie de yincana —responde sin perder en ningún momento la sonrisa.
Comienzo a imaginar las diferentes maneras de desarrollo.
—Me parece una buena idea. Para cada uno de los emplazamientos escogidos podría designarse una prueba sencilla que los participantes tendrían que superar.
—Mi mente trabaja a toda velocidad—. Se les puede pedir como requisito una foto realizando el reto que tendrán, que subir a la página de la campaña para recibir la localización del siguiente lugar, así, cuanta más gente suba las fotos, más movimiento y mejor posicionamiento habrá.
—¿Veis como es la mejor? —pregunta mi primo sacando pecho .
—Lo que no tengo claro es cuál sería el papel de Los Lobos dentro de esa acción publicitaria —comento.
—Liam será la imagen de la campaña —anuncia Logan con orgullo.
—¿Liam? —repito arqueando las cejas.
—¿Quién mejor que el MVP de la temporada? —cuestiona Theodore.
Empiezo a entender por dónde va todo esto y no me gusta nada.
—En realidad, todo el equipo estará involucrado, pero Liam va a ser el elemento central —comenta mi primo.
—Ya ves, Rizos —susurra el aludido aprovechando que mi primo y Theodore están distraídos comentando algo entre ellos—. Soy el premio gordo —añade señalándose a sí mismo con los dos pulgares a la vez que una sonrisa petulante asoma a su rostro.
—Si dependiese de mí, no serías ni el de consolación —siseo entre dientes observándolo de reojo.
—¿Decías algo, Aria? —pregunta mi primo dedicándome una mirada de advertencia.
—El premio, preguntaba que cuál será el premio —me apresuro a contestar.
—Ahí es donde entra el resto del equipo —responde Theodore—.
El premio para el ganador de la yincana será un pase especial para que dos personas puedan disfrutar del último partido en casa de la temporada, que incluirá una visita al vestuario para conocer y fotografiarse con todos los jugadores de Los Lobos.
—Ya veo —murmuro—. Cuando tengas la imagen corporativa, organizaré una sesión de fotos en la que Liam…
Theodore niega con la cabeza.
—Su papel en todo esto va mucho más allá de aparecer en unas simples fotos promocionales.
—Disculpa si te he entendido mal. ¿No has dicho que queréis que Liam sea el elemento central de la campaña?
—Exacto, pero necesitamos que sea algo dinámico y especial —me aclara .
Casi me da miedo preguntar…
—Ya… ¿Y vuestra idea para lograrlo es…?
—Eso era algo que quería abordar contigo; sin embargo, ahora se me está ocurriendo algo.
Hace una pequeña pausa, como si quisiese darle más emoción al momento, y sigue hablando.
—Tenemos que aprovechar la imagen de Liam para motivar a la gente a participar, y por ello estoy convencido de que sería maravilloso que los dos realizaseis cada una de las pruebas de la yincana y que tanto los vídeos como las fotos que tomaseis durante las mismas fueran el material a utilizar en la página web que crearemos para dar visibilidad a la campaña.
Lo pienso durante unos segundos…
—En realidad, es una gran idea que él… Espera, ¿los dos? ¿Cómo que los dos? —pregunto al darme cuenta de lo que acabo de escuchar, abriendo mucho los ojos.
—Dado que el premio es un pack de dos entradas, me parece que lo lógico sería que haya que participar en la yincana por parejas.
—En pareja —repito de nuevo como si de repente me hubiese vuelto medio tonta y me costase procesar una información tan sencilla como esa.
—¡Exacto! —exclama él, cada vez más entusiasmado con la idea—. Pueden ser un padre y un hijo, dos amigos, unos enamorados, un par de hermanos…
—Lo que quieran, pero habrá que inscribirse de dos en dos —comenta Theodore—.
Y, como representante del Ayuntamiento que conoce tu trabajo y sabe que eres una de las mejores del sector, creo que nadie mejor que tú para acompañar a Liam durante todo el proceso de las pruebas, así podrás vivirlas y seguirlas de cerca y estarás involucrada al cien por cien en el proyecto —añade.
—¿Crees que es completamente necesario? —pregunto con reticencia.
Lo que me propone no solo supone mucho, muchísimo trabajo, sino pasar una cantidad indecente de horas aguantando a Liam.
—Tiene todo el sentido, dado que vas a ser quien supervise y organice toda la gestión de postproducción —suelta mi primo como si tal cosa.
—Tendrás que hacer la búsqueda para elegir los lugares, y después los dos acudiréis al sitio indicado y realizareis la prueba pertinente como si fueseis una pareja de participantes más —explica Theodore.
—Será un proyecto con tu sello personal —añade Logan que, por lo visto, le tiene poco cariño a su vida, porque en cuanto lo pille a solas lo voy a matar.
Mi primo sabe de sobra que Liam y yo no nos soportamos y, a pesar de ello, ahí está, metiéndonos a los dos en el mismo saco, porque está tan emocionado por la propuesta del Ayuntamiento que lanzarme directa a los leones le da igual.
—A no ser que haya algún problema… —vacila Theodore al ver mi escaso entusiasmo.
—¿Qué problema va a haber? —replica Logan dedicándome una mirada de advertencia—. Tenemos al jugador más valioso de la temporada y a la mejor y más profesional directora de Marketing y Relaciones Públicas de la ciudad.
Por mucho que me fastidie, tengo que reconocer que es una gran oportunidad tanto para el equipo a nivel publicitario como para mí a nivel curricular y, como a pesar de las palabras de mi primo, Theodore todavía me estudia con cierta reticencia, me obligo a dedicarle una sonrisa tan falsa como animada antes de asegurar con convicción:
—Va a ser todo un éxito. Estoy deseando empezar y ponerme en acción.
Debo ser una actriz estupenda, porque el hombre sonríe complacido y continúa concretando detalles con Logan.
—Por lo visto, vamos a pasar muuucho tiempo juntos… —susurra Liam en tono jocoso para que solo yo, que estoy justo a su lado, lo escuche—. ¿No estás contenta, Rizos?
—Uy, sí, no te haces una idea del esfuerzo que estoy haciendo para controlarme y no ponerme a dar saltitos de felicidad —ironizo.
—Se nota que tu ilusión es desbordante —se burla.
—Nada podría apetecerme más —replico mientras me pregunto qué gran mal habré causado yo a la humanidad para merecer una condena tan brutal.