Una joya por robar (Pasiones robadas 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

C uando Juliet llamó a la puerta de la habitación del barón, esperaba encontrarlo postrado, tan enfermo como la última vez que había sufrido un ataque semejante.

Por eso se quedó helada cuando fue él mismo quien abrió la puerta.

—Señorita Simpson —dijo bruscamente, avanzando hacia ella de modo que tuvo que apartarse para dejarlo pasar—. Ha venido. Ha tardado mucho más de lo que esperaba.

—Por supuesto, milord —respondió ella con recato, ignorando su última frase—. ¿Cómo se encuentra?

—Nunca me he sentido mejor —dijo él, cerrando la puerta a su espalda mientras echaba a andar por el pasillo, al parecer esperando que ella lo siguiera—. ¿Qué le ha pasado en la cara?

—Yo... —Se dio cuenta de que lo más prudente era no decir la verdad, si de verdad no lo recordaba—. Me di contra el armario. Qué torpeza por mi parte.

—Desde luego —convino él—. No sé cómo pretende lucir mis valiosas joyas con esa cara. Solo conseguirá espantar a mi comprador.

—¿Su comprador? ¿Llega hoy?

—Sí, mujer estúpida, eso ya se lo dije.

—Lo siento, milord, no tenía claro para cuándo estaba prevista su llegada.

—Hoy. Obviamente, se le ha olvidado.

Juliet no tenía del todo claro si de verdad le fallaba la memoria o si recurría a aquella treta según le convenía, pero no pensaba cuestionarlo.

—Es una buena noticia —dijo mientras el pánico empezaba a apoderarse de ella. La aparición del comprador era demasiado inminente—. ¿A qué hora llegará?

—Hoy. ¿Cuántas veces tengo que repetírselo para que lo entienda? —espetó lord Wilington, y Juliet inspiró hondo. Paciencia.

—Solo quería saber a qué hora.

—Al mediodía. Pero usted lo conocerá en la cena.

—Oh... qué bien.

—Se pondrá su mejor vestido. Llevará el collar de diamantes y la pulsera —añadió, frunciendo el ceño—. Y haga algo con esa cara.

Juliet asintió despacio.

—Haré lo que pueda, milord.

—No se limite a intentarlo —dijo él al llegar a su despacho, cruzando la puerta y despidiéndola de forma inequívoca—. Tiene todo el día para arreglarlo. Hágalo.

Y con eso, cerró la puerta de golpe, dejando a Juliet al otro lado, hirviendo por dentro. Aquello no iba bien. Nada bien.

* * *

—Tenemos que actuar ahora —dijo Damien, y Xander estuvo de acuerdo.

El mayordomo acababa de informar al servicio de que aquella noche habría otro invitado cenando con el barón, y no era difícil adivinar quién podía ser—.

No hay tiempo para tus filigranas con las ganzúas; tus herramientas aún no han llegado de Londres.

Vamos a tener que entrar por la fuerza. No veo otra opción.

—De acuerdo. Buscaré a Juliet y veré si puede distraer al barón.

—Está en su despacho —dijo Damien—. Su ayuda de cámara va a almorzar dentro de poco. Lo hacemos ahora.

Xander prácticamente gruñó en señal de conformidad mientras se cambiaban a toda prisa antes de salir de la finca hacia la anodina cabaña situada a poca distancia de la casa. Era la forma más fácil de acceder al pasadizo y les permitiría comprobar si su enemigo sin rostro había hecho algún progreso.

Estaban a punto de entrar cuando Damien se llevó un dedo a los labios y señaló con la cabeza hacia el edificio.

Xander avanzó en silencio hacia la cabaña, apoyó la oreja en la puerta de madera y oyó el murmullo de voces en el interior. Él y Damien intercambiaron una mirada, conscientes de que ya no tenían oportunidad de entrar. Pero ¿quién estaba allí dentro y qué debían hacer?

Xander indicó la ventana con una inclinación de cabeza, y ambos se agacharon lo suficiente para no ser vistos desde dentro.

Cuando por fin llegaron a la ventana, Xander se fue incorporando lentamente desde su posición en cuclillas hasta quedar a la altura del borde inferior.

No le sorprendió encontrar allí a Shiplack, pero sí lo dejó atónito descubrir a su esposa con él.

Parecían estar discutiendo, y la señora Shiplack se mostraba mucho más alterada de lo que Xander la había visto nunca.

Volvió a agacharse.

—Creía que la señora Shiplack se había marchado —susurró a Damien.

—Se marchó —replicó Damien—. Yo mismo la acompañé hasta un carruaje.

—Pues no se fue muy lejos, porque está ahí, en la cabaña.

Damien abrió los ojos de par en par.

—Pero ¿qué diablos...?

—Vaya, vaya, muchachos. ¿Así que andáis por ahí asomándoos a las ventanas, eh?

Xander y Damien se quedaron helados y se miraron atónitos antes de volverse hacia el recién llegado. No podía ser él.

Pero nadie más sonaba así. La verdadera pregunta era qué demonios hacía allí.

* * *

Juliet paseaba de un lado a otro de su habitación mientras Annabelle escuchaba con paciencia su desahogo y daba los últimos toques al collar de diamantes. Juliet debía presentarse a cenar en breve, pero sentía que los nervios la estaban consumiendo.

—He buscado por todas partes, pero parece que Xander ha desaparecido. Tendremos que seguir adelante con nuestro plan sin él ni Damien.

—Creía que eso era justo lo que íbamos a hacer —dijo Annabelle, alzando la joya y admirando su trabajo—. Dios mío, es preciosa. Estoy deseando tener la auténtica en mis manos otra vez.

—Eso íbamos a hacer. Pero luego llegamos a un acuerdo con ellos. Solo que ahora no logro encontrarlo por ninguna parte, así que no sé qué plan deberíamos seguir. Había olvidado lo frustrante que es trabajar con hombres.

Annabelle resopló.

—Eso es verdad. Anda, ven, pruébate esto. Dime qué te parece.

Juliet asintió, consciente de lo mucho que Annabelle había trabajado en el collar, y se acercó al espejo mientras Annabelle se colocaba detrás de ella y lo deslizaba alrededor de su cuello.

Mientras pensaba que habían hecho un trabajo decente ocultando el moretón, Juliet posó los dedos sobre la piedra central del collar, que, de no haber sabido que era falsa, habría jurado que era un diamante.

—Te has superado —elogió a su amiga, que sonrió con complicidad.

—Gracias —dijo Annabelle—. Tú también. Nos has traído hasta aquí, y ahora nos queda una noche más antes de poder llevarnos el gran premio y marcharnos de aquí, sin mirar atrás jamás. ¿Qué te parece?

Si Annabelle le hubiera preguntado algo así hacía dos semanas, habría dicho que sonaba perfecto. Pero eso era antes. Antes de que Xander regresara a su vida y lo cambiara todo; sobre todo, sus expectativas sobre cómo quería que fuera el resto de su vida.

—Suena maravilloso —dijo con una sonrisa forzada para Annabelle, consciente de lo mucho que significaría para ella oírselo decir.

Habían empezado esto juntas y lo terminarían juntas, con o sin Xander y Damien.

Por mucho que doliera pensarlo—. ¿Cuál es el plan, entonces?

Tendré que llevar el collar auténtico a la cena si ese tratante va a estar allí, ya que lo más probable es que reconozca la diferencia de inmediato.

—Y después de cenar, tendrás que poner alguna excusa en algún momento, y entonces lo cambiaremos.

—Siempre que el tratante no se lo lleve consigo —dijo Juliet con voz sombría.

—Entonces supongo que tendremos que huir —dijo Annabelle, tan serena como siempre—. Tendré todo preparado.

—Y entonces debemos desaparecer —dijo Juliet asintiendo, con el corazón en un puño—. Desaparecer, sin volver a ver a Xander jamás.

—Muy bien.

Annabelle la observó con perspicacia.

—Más te vale buscar a ese ladrón tuyo y hablar con él primero, o te pasarás la vida preguntándote qué habría pasado.

—Yo no suspiro —dijo Juliet, ofendida.

Annabelle resopló.

—Te vi suspirar durante meses. Averigua qué espera del futuro, Juliet. Serás más feliz si lo haces.

—Muy bien —dijo Juliet—. Pero primero, tengo que encontrarlo.

* * *

Juliet había aceptado el collar auténtico de manos de Annabelle, después de que se lo entregara el ayuda de cámara, y no podía dejar de deslizar los dedos por las joyas.

Tal vez hubiera vendido todo cuanto había robado en su vida, pero no podía evitar su amor por piezas tan hermosas.

Era una necedad, lo sabía, y bastante vanidosa además, sobre todo para una mujer que se había criado prácticamente sin nada, pero no podía reprimir la admiración que le inspiraban.

Pero tenía cosas mucho más importantes de las que preocuparse.

Aquella noche, el collar era como una armadura echada sobre los hombros mientras su mano se deslizaba por la barandilla al bajar la escalera.

Como de costumbre, no había nadie esperándola; uno de los otros lacayos, un hombre al que apenas reconocía, le indicó el camino al salón, donde, al parecer, el barón y su invitado la aguardaban.

Oyó murmullos al otro lado de la puerta cuando se acercó, y respiró hondo, armándose de valor antes de abrirla.

Y se quedó paralizada por la impresión.

Juliet no solía perderse en el momento, pero apenas podía creer a quién tenía delante.

—Ahí está —murmuró el barón con un tono que le indicó a Juliet que no le complacía su tardanza, aunque como mucho debía de llevar un par de minutos de retraso.

Se acercó a la puerta, con la mala salud aún patente en la palidez de su piel y en lo inseguro de su andar, antes de agarrarla bruscamente del brazo y prácticamente arrastrarla al interior de la estancia.

—Tiene suerte de que le siente bien —murmuró el barón mientras Juliet hacía una mueca por la sorprendente fuerza con que la sujetaba del brazo—. Nuestro invitado lleva esperando.

El hombre estaba ahora junto al aparador, de espaldas a ellos, sirviéndose otra copa. Juliet sintió que los pies se le hundían en la mullida alfombra Aubusson al acercarse, como si su cuerpo le estuviera diciendo que huyera y evitara aquel encuentro.

Pero no iba a ser posible.

El hombre se volvió; sus ojos se posaron en ella, la evaluaron, y el destello frío que ensombreció su mirada fue la única señal de que la reconocía o de que le sorprendiera encontrarla allí.

—Vaya, vaya —dijo, sonriendo apenas lo suficiente para enseñar los dientes, aunque, de algún modo, aquella expresión resultaba mucho más amenazadora que acogedora—. ¿A quién tenemos aquí?

—Esta es Juliet —dijo el barón, aunque sus palabras dejaban bien claro que importaba bien poco quién era—. Como ve, lleva puesto el incalculable collar de diamantes del que le hablé.

—Sí, lo recuerdo —dijo él—. Qué... apropiado. Estoy seguro de que disfruta muchísimo llevando una belleza tan inestimable.

Esbozó una media sonrisa; aquellas palabras iban dirigidas sin duda a Juliet, y ella recordó la última conversación que había tenido con aquel hombre.

Arie Hondros. El hermano de Xander. El hombre que le había dejado claro que no era más que una carga para su familia y que la vida de Xander sería mucho mejor sin ella.

—Le estoy muy agradecida —dijo con la cabeza alta, negándose a dejar que la alterara.

Se moría de curiosidad por saber qué hacía allí y si Xander conocía su presencia. ¿Había formado parte de su plan desde el principio? Y, de ser así, ¿por qué Xander no se lo había dicho?

Con los ojos de Arie clavados en ella, la puerta volvió a abrirse, y esta vez dejó entrar al señor Shiplack.

Maravilloso. Una cena con los tres hombres a los que más odiaba en el mundo, sin rastro alguno de Xander.

¿Se había marchado? ¿O el barón había ordenado que se fuera?

Juliet iba a volverse loca con toda aquella incertidumbre.

Si al menos supiera qué estaba ocurriendo, podría afrontar la velada con mucha más soltura.

—¡Shiplack! —saludó lord Wilington a su viejo amigo, cuyos ojos fueron a posarse justo por encima del escote de Juliet, y aunque ella se estremeció, sabía perfectamente que, por mucho interés que Shiplack pudiera sentir por ella, las joyas le interesaban mucho más—.

Me alegra ver que se encuentra bien, amigo mío.

—¿Se ha hecho daño en la nariz hace poco? —preguntó Arie, nunca hombre de dejar pasar nada, aunque habría hecho falta estar ciego para no reparar en la hinchazón amoratada en mitad de la nariz de Shiplack—. Ya he visto una nariz así antes, y tiene toda la pinta de haberse roto hace poco.

Shiplack se aclaró la garganta al enderezarse y aceptó la copa de brandy.

—Estoy bien. Nada de lo que hablar.

Juliet no pudo evitar que una leve sonrisa le curvara los labios, una sonrisa que Arie no pasó por alto mientras la observaba con aire escrutador.

—Shiplack sabe mucho de joyas —dijo el barón—. Así fue como nos conocimos él y yo: por nuestra afinidad por las cosas hermosas.

Se rio de su propia broma antes de continuar.

—Lamento oír que la señora Shiplack haya tenido que marcharse.

—Sí, se encontraba bastante indispuesta y echaba de menos la comodidad de su casa —dijo Shiplack con un encogimiento de hombros—. Quizá, de todos modos, estábamos a punto de abusar de su hospitalidad.

—¡Nunca! —dijo lord Wilington, que ya se había terminado varias copas de whisky y acusaba claramente sus efectos—. Ahora, por favor, permítame presentarle al señor Sotherby. Compra piezas de joyería casi inestimables y les encuentra compradores.

—Ya veo —dijo Shiplack con cierta suspicacia—. ¿Y tiene ya a alguien interesado en la colección de lord Wilington?

—Me intrigó muchísimo cuando oí que algunas piezas podrían estar en venta —dijo Arie, sin responder a la pregunta de Shiplack—. Tenía que venir a verlas por mí mismo. Me han dicho que no hay que perdérselas.

Aunque Juliet era demasiado consciente de lo que subyacía en aquella conversación, también le irritaba un poco que ni uno solo de ellos pareciera considerarla algo más que un simple soporte para el collar que tanto los fascinaba.

¿Qué cara pondrían cuando por fin lo comprara su nuevo dueño y descubriera que era de pasta?

—¿Va a comprarlas enseguida para llevárselas de vuelta a Londres? —preguntó Shiplack, tratando de ocultar su interés por la respuesta.

—No —dijo Arie con suavidad, aunque Juliet advirtió por su expresión que él también había reparado en el evidente interés de Shiplack, muy por encima de lo que cabría esperar de un amigo del barón o siquiera de un colega—. Me reuniré con lord Wilington en Londres cuando regrese.

—Si le gusta tanto la modelo —dijo el barón, al seguir y malinterpretar la mirada de Arie—, puede quedársela si eso endulza el trato.

El rostro de Juliet se encendió de ira, y deseó que, en algún momento, se le presentara la oportunidad de decirle al barón exactamente lo que pensaba de él y de cómo la trataba. Tuvo que recordarse que ya se estaba desquitando con creces robándole sus joyas.

—No, gracias —dijo Arie, dando un sorbo a su brandy antes de mirarla por encima del borde de la copa—. No es de mi gusto.

Y justo en ese momento entró Xander.