Una joya por robar (Pasiones robadas 2) Prólogo
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Una joya por robar (Pasiones robadas 2)

Una joya por robar (Pasiones robadas 2)

Por Ellie St. Clair

© inepub.com

Prólogo

S i había un arte que Juliet había perfeccionado, era el de la distracción.

Al ver cerca a su objetivo, se apartó de la pared y sus dedos juguetearon con el collar que llevaba al cuello.

Las joyas no eran auténticas, y tampoco lo era el personaje que interpretaba en ese momento.

Pero eso no importaba. Solo tenía que salir airosa de aquello y todo iría bien.

Y no solo por lo que significaría para ella, para Xander y para toda su familia.

No, aquella noche era la más importante porque era la noche en que ella y Xander anunciarían su compromiso.

Sonrió al recordar cómo se lo había pedido, tan tímido y vacilante, tan distinto de su sonrisa encantadora y su aire pícaro de siempre.

Habían estado tumbados en su cama, después de que él la colara a escondidas, aunque era muy consciente de que no era ningún secreto para su familia que Xander se había enamorado de la chica a la que habían acogido y aceptado como una más.

Sin embargo, antes de compartir sus planes, terminarían aquel trabajo. El que su familia, junto con Juliet, llevaba meses planeando.

—Milord —dijo, haciendo una reverencia ante el hombre cargado de joyas.

Al parecer, se dirigía a la sala de juego tras haber cumplido con los saludos de rigor a todos los invitados de la velada.

Pareció contrariarse por la interrupción hasta que miró a Juliet.

Ella batió las pestañas. Tal vez debería sentirse culpable por engañarlo de aquella manera, pero sabía demasiado sobre él como para sentir otra cosa que no fuera que estaba recibiendo su merecido.

Quizá si no pasara todas las noches en burdeles en lugar de con su esposa. Quizá si tratara a sus hijas con algo que no fuera desdén. Quizá si sus criados no dimitieran a las dos semanas de llegar porque era un ser despreciable con todos ellos.

Pero hacía todo eso sin disculparse, así que Juliet decidió que si iban a robarle la reserva de oro que guardaba al fondo de su despacho —porque no era hombre que confiara en los bancos—, se lo tenía merecido.

Solo tenía que asegurarse de que se mantuviera alejado mientras los demás completaban el robo.

—¿Quién eres tú? —exigió, mirándola lascivamente bajo unas cejas pobladas.

—Disculpe mi atrevimiento —dijo, disfrazando la voz con su mejor acento americano—, pero tenía que conocerlo, después de oír hablar de lo extraordinario que es usted. Mi padre está aquí por negocios y tuve la fortuna de ser invitada a su magnífica velada esta noche.

—Por supuesto, por supuesto —dijo, algo más tranquilo—. Tu padre es...

—¿Bailáis, milord?

—Ya no. Eso es para jóvenes.

—Oh, pero rebosa juventud.

Él resopló con cierta suficiencia, pero ella parecía haber logrado ganárselo.

—¿Quizá, entonces, un paseo por la terraza?

Una sonrisa se deslizó por su rostro al aceptar, ofreciéndole el brazo, y Juliet no dejó de notar las miradas que les dirigían al pasar por la periferia del salón de baile.

No es que le importara. Nadie allí sabía quién era y nadie volvería a verla después de aquella noche, al menos no si todo salía según lo planeado.

Mientras el conde la guiaba por la terraza, a pesar de su proximidad, Juliet aspiró hondo, agradeciendo el aire fresco tras los empalagosos perfumes del salón de baile.

Alzó la vista hacia la casa de la que acababan de salir, con auténtico asombro ante la cantidad de riqueza que poseía aquel único hombre.

Tras una infancia prácticamente en la miseria, casi sola salvo por un padre que iba y venía, nunca le había impresionado la riqueza que una persona pudiera atesorar.

La fortuna de aquel hombre podría alimentar y alojar a miles de las personas con las que había crecido.

Pero no era que alguien le hubiera pedido su opinión.

Simplemente dejaba que guiara sus actos.

Como despojar a hombres como aquel conde de parte de sus riquezas.

—Esta terraza siempre fue más para mi esposa que para mí —dijo, mostrándole con orgullo los terrenos, así como la majestuosidad de cada salón ante el que pasaban—. Aunque supongo que resulta ventajosa en momentos como este, ¿eh?

Juliet sonrió aunque por dentro hizo una mueca, calculando que afortunadamente solo necesitaba mantenerlo ocupado unos minutos más. Xander y sus hermanos trabajarían rápido.

De repente, el conde le agarró el codo con más fuerza de la necesaria y empezó a arrinconarla contra la pared, en las sombras que ofrecía una hornacina.

—¿Milord? —preguntó, con los dientes apretados al darse cuenta de lo que estaba haciendo.

—Esto es lo que querías, ¿no? —preguntó con brusquedad—. Ninguna mujer respetable se pasea sin más por una terraza después de pedirle a su anfitrión que se la enseñe. Aunque eres americana y todo eso, así que entiendo que esto es exactamente lo que querrías.

—Milord —dijo, sintiendo cómo crecía la ira, aunque no el pánico, porque tenía un plan. Era un último recurso, pero un plan, a fin de cuentas—. En realidad sí quería disfrutar de su compañía, en un paseo. Le ruego que me suelte, por favor.

—Eres una provocadora, entonces. —Su voz se tiñó de un matiz amenazante mientras la empujaba con más fuerza contra la pared.

—No lo soy. Yo...

Entonces, con un gruñido y una brusca aspiración, el conde desapareció: un momento su cuerpo la aplastaba, y al siguiente otro ocupaba su lugar, uno mucho más familiar y mucho más bienvenido.

—Xander —susurró Juliet—. ¿Qué estás haciendo? Se supone que deberías estar dentro. Tú...

—Te vi pasar ante la ventana desde un pasillo, y las intenciones de ese lord estaban claras. No podía permitir que te fueras con él. No era seguro.

—Xander, sé cuidar de mí misma —dijo, alzando un poco la falda para enseñarle la pequeña navaja que llevaba en la liga de la pierna.

Los ojos de Xander centellearon, aunque no parecía del todo aliviado.

—Claro que sí. Te hemos enseñado bien —dijo, y Juliet puso los ojos en blanco.

La familia de Xander la había acogido unos años antes, y todos actuaban como si fueran responsables de todo lo que sabía. Lo cual no era del todo cierto, porque llevaba arreglándoselas sola desde niña. Pero eso era lo de menos.

De pronto, fue Xander quien salió despedido hacia atrás, y el conde, pese a llevarle un par de décadas y haber recibido un golpe que lo había mantenido en el suelo unos instantes, alcanzó a Xander con un directo de derecha que le arrancó una mueca de dolor.

—¡Déjenos en paz a la dama y a mí! —dijo, apartando de nuevo a Xander, y justo cuando este soltó un gruñido, la terraza se llenó de repente: varios invitados habían advertido el alboroto y, entre ellos, Damien, el hermano de Xander, que se abrió paso entre la multitud hasta plantarse junto a Xander y Juliet.

—¿Qué está pasando? —murmuró—. Arie ha oído ruido aquí fuera y me ha enviado a echar un vistazo. Esto no estaba precisamente en el plan.

—Tenemos que irnos de aquí —replicó Juliet—. ¿Ha terminado ya todo?

Damien asintió con gesto sombrío.

—Arie nos espera delante. Echamos a correr en tres, dos, uno.

Pero justo cuando se pusieron en movimiento, estalló de pronto un grito y el estampido de un disparo. Juliet no tenía ni idea de dónde había salido, pero cuando quiso darse cuenta, el dolor ya le había recorrido la pierna, y comprendió, horrorizada, que la bala le había atravesado el muslo.

—¡Xander! —gritó, agitando los brazos al caer cuando la pierna le falló, y él, por supuesto, la atrapó en brazos y la alzó para ponerla a salvo mientras corrían con Damien como si les fuera la vida en ello..., porque así era.

En algún momento, todo se volvió negro mientras Juliet se abandonaba al dolor y a la seguridad de los brazos de Xander.

Lo siguiente que supo fue que estaba de nuevo en su cama, con la pierna fuertemente vendada.

Pero le dolía... y tenía tanto calor. La cabeza le martilleaba y la habitación daba vueltas, borrosa, a su alrededor.

Llamó a Xander, y en la bruma ante sus ojos apenas alcanzó a distinguir el ir y venir de Mary, con quien compartía habitación, hasta que por fin logró reconocer la imponente figura de Xander.

Gracias a Dios, ahora recordaba que, en algún momento, había salido a la superficie de sus sueños febriles para preguntar si habían conseguido robar el oro.

Habría valido la pena saber que habían engañado a aquel cabrón.

Él había asentido, pero le había dicho que no se preocupara, que necesitaba dormir más que todo el oro del mundo.

Una mañana, cuando el calor empezaba a remitir y el dolor comenzaba a ceder, abrió los ojos a la luz del sol.

Vio a Xander a través de la rendija de sus párpados, detenido junto a la puerta de su habitación.

Lo llamó, pero quizá se había equivocado, quizá solo lo había imaginado, porque cuando parpadeó y volvió a abrir los ojos, ya no estaba.

La siguiente vez que abrió los ojos, descubrió que su habitación estaba a oscuras, sin nada ni nadie dentro..., ni siquiera Mary.

Juliet se incorporó hasta el borde de la cama, dejó caer las piernas al suelo y descubrió que estaba débil, pero al menos podía ponerse en pie...

, aunque casi todo el peso recaía en una pierna bastante inestable.

Apoyándose en distintos muebles para mantener el equilibrio, logró llegar hasta la puerta del dormitorio y abrió mucho los ojos al descubrir que la sala común al otro lado estaba completamente despojada.

Todos los muebles habían desaparecido. Las obras de arte también.

Lo único que quedaba era un trozo de papel sujeto a la puerta.

Se acercó cojeando, apoyándose en la pared para no caerse, pues la pierna seguía ardiéndole de dolor.

Cogió la nota y recorrió sus líneas con rapidez.

A medida que las palabras se volvían nítidas ante sus ojos, negó con la cabeza, intentando rechazarlas. Pero, por más que lo intentó, no cambiaron.

Mary se había ido, sin disculparse. Eso no la sorprendió. Mary había sido tan ladrona como Juliet, solo que sin lealtad.

Pero Xander... si aquello era cierto, Xander no quería saber nada de ella. Había formado parte de aquel último plan, pero ya no era bienvenida en su familia, en sus planes, en su futuro. Lo había arruinado todo. Él se había ido, había desaparecido de su vida, y no debía volver a buscarlo jamás.

La mano de Juliet voló hasta su boca mientras intentaba ahogar el grito de conmoción y dolor.

Pero no hubo forma de contenerlo, y cuando la fuerza con la que se había sostenido se le escapó al comprender que ya no tenía nada por lo que vivir, se desplomó en el suelo, indefensa, hecha un ovillo, consumida por la desdicha.

Cuando llamaron a la puerta, pese al dolor atroz que le llenaba el pecho, el corazón le dio un vuelco, esperando contra toda lógica que fuera él. Que hubiera habido algún error espantoso, que hubiera cambiado de idea y regresado.

Pero cuando abrió la puerta y vio a su hermano, Arie, en lugar de a Xander, lo comprendió.

Xander se había ido. Y no iba a volver jamás.