Una historia diferente Capítulo 29 El último regalo
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Capítulo 29 El último regalo

El último regalo

Uxía

Los siguientes días son complicados: mis padres vienen para asistir al velatorio y al funeral y reconozco que me resulta reconfortante tenerlos a mi lado, la cantidad de coronas de flores que recibe la buena de mi abuela es incontable, entre ellas, la de Ben.

Una vez todo termina me convierto en una especie de autómata que se limita a pasar sus horas gestionando el hotel, sin dormir ni salir y casi sin comer.

Si consigo mantenerme en pie es porque Mati no se separa de mí ni un segundo, y Manuela, la pobre Manuela, saca fuerzas de flaqueza para convertirse en mi Pepito Grillo particular, uno bastante pesado, a decir verdad.

Por ellas, para intentar no preocuparlas, intento poner buena cara y disimular, pero el dolor y la angustia son tan grandes que vivo con la constante sensación de que de un momento a otro me van a aplastar.

Extraño a mi abuela y extraño a Ben mucho más de lo que me permito aceptar.

Por las noches sueño con tenerlo a mi lado, abrazando mi cuerpo, acariciando mi pelo o simplemente hablándome hasta que me vence el sueño.

Por desgracia, no está aquí, y no está porque yo me encargué de apartarlo de mí y, mientras tanto, las palabras de mi abuela acuden una y otra vez a mi cabeza; ella lo supo desde el primero momento, supo que estaba destinada a enamorarme de él y que él sentiría lo mismo por mí.

¿Cómo es que yo no pude verlo?

Mil veces tengo el teléfono en la mano, dispuesta a llamarlo, y mil una me arrepiento un segundo antes de darle al botón.

¿Cómo hacerlo después de todo lo que le dije? ¿Cómo cuando lo eché sin miramientos ni compasión? Él estaba dispuesto a intentarlo y yo ni siquiera le di la opción.

—¿Por qué no lo llamas? —sugiere Manuela captando mi atención.

—¿A quién? —pregunto volviendo al presente.

Hace un rato que acabamos de comer, al menos, ella y Mati lo han hecho, porque mi comida sigue dispersa por el plato en forma de acordeón, y las tres estamos sentadas en una mesa del comedor.

—¿A quién va a ser? —interviene Mati—. Al que te tiene vagando como un alma en pena.

Le dedico una mirada furibunda.

—No es tan fácil —farfullo.

—Claro que lo es, solo tienes que seleccionar su contacto de la agenda.

—Eso lo dices porque no escuchaste todo lo que le dije ni cómo lo traté.

—Amiga, siento decirte que eso lo escuchamos yo y todo el hotel —me contradice.

Me tapo la cara con ambas manos y Mati me aprieta el brazo con cariño.

—Era comprensible, Uxi, no eras tú quien hablaba, estabas atravesando un momento delicado.

Niego con la cabeza.

—Si he de ser sincera, ya dudaba antes de eso —confieso—. Después de lo que me pasó con Tomás…

—Y dale con el puñetero Tomás… —me interrumpe Mati poniendo los ojos en blanco.

—Después de lo que me pasó con Tomás, me costaba creer que una relación a distancia pudiese funcionar.

—Ya… —susurra ella.

—¿Y ahora? —pregunta Manuela.

—¿Qué quieres decir? —cuestiono.

—Has dicho «me costaba creer que una relación a distancia pudiese funcionar». Eso es pasado, yo quiero saber qué es lo que piensas ahora.

—Creo que peor de lo que estoy no puedo estar —admito.

—Pareces un oso panda recién salido de hibernar —corrobora mi amiga sin pizca de piedad—. Solo que ellos se duchan más.

Le dedico una peineta.

—Creo que he entendido que, por intentar huir del dolor, yo misma me lo he provocado al alejar de mí a la única persona de la que me he enamorado. Por eso, si tuviese la oportunidad, apostaría por nosotros, me gustaría intentarlo —admito.

—¡Por fin! —exclama Mati poniéndose en pie y alzando las manos.

Las dos intercambian una mirada y Manuela se levanta y abandona el comedor.

—¿A dónde va? —le pregunto a mi amiga.

Por toda respuesta, ella se encoge de hombros y esconde una sonrisa.

Pocos minutos después, cuando ya estoy a punto de salir detrás de ella, vuelve a entrar con una caja en la mano.

Es una caja azul, con un lazo enorme encima.

—Carmen me mandó dártela cuando estuvieses preparada para luchar por lo que sientes.

Las palabras de mi abuela se abren paso entre la bruma que ha estado ocupando mi mente.

«Tengo un último regalo… Ahora mismo no estás lista, pero, cuando estés preparada, llegará a ti».

Contemplo la caja que Manuela me tiende y la cojo con sumo cuidado.

—¿No vas a abrirla? —me apremia Mati.

—¿Vosotras sabéis lo que contiene?

Las dos niegan con la cabeza, parecen tan ansiosas como yo, así que apoyo la caja en la mesa y levanto la tapa con cuidado.

Pensé que ya no me quedaban lágrimas, que había gastado todas las que mi cuerpo era capaz de generar, pero me equivocaba porque, en cuanto mis ojos se posan sobre la cadenita de oro que mi abuela nunca se quitó desde que era una niña y en el reloj plateado que mi abuelo llevó en su muñeca desde que tengo uso de razón, un aguacero salado brota de mis ojos sin ninguna contención.

Acaricio con las yemas de mis dedos el frío metal plateado y sostengo la fina cadena con mucho cuidado, admirando la medallita que cuelga de ella.

Le doy la vuelta y, con la visión borrosa, consigo ver el nombre de mi abuela grabado. Trazo el recorrido de cada letra y solo entonces reparo en que en el fondo de la caja hay un sobre blanco.

Me seco las mejillas con el dorso de la mano, me pongo la medallita al cuello, lo cojo y lo abro.

—Es una carta —anuncio.

—¿De quién? —pregunta Manuela.

Ya no contesto, no puedo hacerlo, estoy demasiado extasiada leyendo el texto una y otra vez y me he quedado sin palabras.

—No puede ser… —murmuro sin dar crédito a lo que estoy leyendo.

—¿Qué pasa? —se interesa Mati, intrigada.

Niego con la cabeza y releo una vez más las líneas que tengo ante mí para asegurarme de que lo estoy entendiendo bien.

—¡No puede ser! —exclamo ahora en voz más alta, levantándome de un salto.

—¿Puedes decirnos qué pasa? —Manuela comienza a alterarse también.

—Tengo que encontrarlo, necesito ir al aeropuerto, hay que… hay que buscar un vuelo, un avión, tengo que coger un avión. —Mi corazón late con fuerza dentro mi pecho y estoy tan nerviosa que balbuceo palabras sueltas sin sentido ni conexión.

—¿Un avión? —repite Mati.

—Tengo que ir a Londres para encontrar a Ben.

Mi amiga sonríe como si ella conociese la combinación ganadora del sorteo del euromillón y nosotras no.

—Para eso no necesitas un avión, solo tienes que desplazarte unos cuantos metros al hotel DH, que está en la Alameda.

—¿Qué dices? —pregunto deteniéndome de golpe y atravesándola con la mirada.

—Me has escuchado perfectamente —replica haciéndose de rogar.

La contemplo como si estuviese a punto de arrancarle la cabeza mientras aprieto la carta contra mi pecho. Manda narices lo que le gusta hacerse la interesante.

—Te he escuchado, pero no te entiendo —respondo con el tono de voz de estar a puntito de perder la paciencia.

—Ben no está en Londres.

—¿Cómo que no está en Londres?

—Pues eso, que no se fue.

—¿No se fue? —Parezco tonta repitiendo todo lo que dice, sin embargo, no lo puedo evitar, mi cerebro está demasiado ocupado asimilándolo todo como para ser capaz de pensar.

Mi amiga niega con la cabeza.

—No fue capaz, no quería alejarse de ti —me revela con una sonrisa de oreja a oreja.

Mis ojos se abren de forma desorbitada y de mi garganta escapa un jadeo de genuina sorpresa.

—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Estás segura? ¿Por qué no me lo has dicho antes?

—Lo sé porque le di mi teléfono antes de que se marchase del hotel y ha estado llamándome cada noche para ver cómo estabas —confiesa—. Y no te lo dije antes porque no estabas preparada para escucharlo. Necesitabas algo de tiempo para darte cuenta de que la habías cagado.

Jadeo de nuevo y me agarro al respaldo de la silla, porque la impresión no me permite mantenerme en pie.

Ben ha estado llamando, ha estado preguntando por mí; incluso después de lo mal que me porté con él, a pesar de cómo lo traté, no quiso alejarse de mí.

—Tengo que… —murmuro elevando la mirada hacia mi amiga y Manuela, quienes me contemplan expectantes—. Tengo que… —repito.

—¡Corre! —me ordena Manuela.

Asiento y es lo que hago, ni siquiera me molesto en subir a mi habitación a cambiarme, salgo así, tal y como estoy, con mi camiseta suelta de hacer limpieza, el pantalón de algodón que uso para estar por casa y una coleta mal hecha.

Y corro como no he corrido nunca, como si la felicidad del resto de mi vida dependiese de esta carrera.

Casi me llevo por delante a dos señoras al pasar a su lado como una exhalación, he hecho frenar a un coche que por poco me atropella cuando salté sin mirar a un paso de cebra y un perro se asustó tanto por mi culpa que comenzó a ladrar y a perseguirme como si él fuese un policía y yo el ladrón.

Al final, cuando llego a la puerta del hotel, estoy agotada, sin aliento y siento que se me va a salir del pecho el corazón.

Sin pensarlo, subo los escalones que me separan del elegante vestíbulo y me acerco como una bala al mostrador de recepción.

—Buenos días —saludo sin aliento—. Me gustaría saber en qué número de habitación se hospeda Ben Taylor.

Una chica aparta la mirada de la pantalla del ordenador y me contempla de arriba abajo con cierto desagrado. No puedo culparla; con las pintas que llevo y el estado agitado en el que he llegado es normal que muestre cierta desconfianza.

Ella, en cambio, tiene el pelo castaño oscuro recogido en una coleta baja, lleva maquillaje sutil que realza sus ya de por sí bonitos rasgos y viste un uniforme limpio e impecable.

—No puedo darle esa información —replica con voz seca.

—Sé que no es lo habitual, pero no se lo pediría si no fuese importante —respondo mientras inspiro con fuerza tratando de que mi respiración recupere un ritmo normal.

La mujer hace un gesto de hastío, pero no pierde las formas y afirma con educación:

—La Ley de Protección de Datos no me permite dar información sobre los clientes del hotel a terceros —afirma más envarada que un palo.

—Conozco la Ley de Protección de Datos, yo también tengo un hotel —digo sosteniéndole la mirada—. Lo que le estoy pidiendo…, Marga —añado tras leer su nombre en la chapita plateada que lleva en la chaqueta— es que haga una excepción.

—No sé qué tipo de hotel es el suyo, ni voy a entrar a valorar sus protocolos laborales, no obstante, sí voy a decirle que aquí no hacemos excepciones.

Entiendo que la chica tiene razón, pero yo necesito hablar con Ben y no pienso moverme de aquí sin hacerlo.

—Marga, esto es una emergencia. De verdad necesito hablar con ese huésped.

—Puede dejarle un recado y se lo haremos llegar —se ofrece sin dar su brazo a torcer.

—No quiero dejarle un maldito mensaje, necesito hablar con él en persona sobre un tema importante.

—Siento no poder ayudarla —sentencia tensándose cada vez más.

—Está bien, pues entonces pienso sentarme en ese sillón de allí y no voy a salir de aquí hasta que… —Mi amenaza queda a medias porque, al volverme para señalar el sofá, lo veo. Está saliendo de uno de los salones que da al fondo del inmenso recibidor y se dirige al ascensor.

Sin dudarlo, salgo corriendo en esa dirección gritando su nombre mientras la pobre Marga me observa ojiplática, debatiéndose entre llamar a seguridad o esperar para ver cuál es la reacción de Ben cuando me vea llegar.

—¡Ben! —exclamo a grito pelado sin dejar de correr a la vez que rezo para que la mujer se decida por la segunda opción—. ¡Ben! —repito a pleno pulmón.

—¿Uxía? —pregunta él sin ocultar su sorpresa, colocando una pierna para impedir que la puerta se cierre y dándome el tiempo exacto para colarme de un salto en el ascensor.