Una historia diferente Capítulo 28 Te quiero, lela
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Capítulo 28 Te quiero, lela

Te quiero, lela

Uxía

Cuando vuelvo a entrar en la habitación me quedo muy quieta al lado de la puerta, casi conteniendo el aliento mientras albergo la estúpida esperanza de que por un milagro la situación haya sufrido algún pequeño cambio a mejor en los escasos minutos en los que he permanecido fuera.

La mirada que me dedica el médico mientras termina de guardar sus cosas en el maletín me indica que nada más lejos de la realidad, y siento que las lágrimas se acumulan de nuevo en mis ojos cuando dirijo la mirada hacia la cama en la que mi abuela sigue respirando de forma trabajosa e irregular, como si cada vez que insufla aire a sus pulmones un soplo de vida abandonase su cuerpo, alejándola más y más de mí…

Al menos su expresión no es de sufrimiento, se la ve en calma, tiene las manos entrelazadas sobre su pecho y los ojos cerrados.

—No está sufriendo —afirma el hombre en voz baja tras acercarse a mí y detenerse a mi lado—. Pero es inminente.

Asiento mientras siento que mi propio corazón se detiene.

—Uxía. —Mi abuela pronuncia mi nombre con voz apagada y los dos devolvemos la mirada a la cama.

El hombre se despide con un movimiento de cabeza, y yo me acerco a ella, agarro su mano entre las mías y me estremezco al encontrarla tremendamente fría.

—Mi niña —me recibe abriendo los ojos de forma tenue.

Intento controlar el temblor de mis labios, pero no lo consigo, al igual que soy incapaz de detener el torrente salado que desciende por mi rostro y se pierde en mi cuello.

Ella me dedica una mirada repleta de ternura.

—¿Dónde está Ben? —pregunta.

—Le he pedido que se vaya —confieso.

—¿Y por qué has hecho eso? —Parece disgustada—. Estaba segura de que os vendría bien estar a solas, por eso no os dije dónde había escondido tu abuelo las cartas.

—¿Sabías desde el principio dónde estaban? —me sorprendo.

—Pues claro que lo sabía, entre nosotros no había secretos. Siempre supe lo importantes que eran para él y dónde estaban.

—Abuela, eres una lianta —la acuso con cariño, acariciando su mejilla con mi mano.

—Necesitabais algo de tiempo para daros cuenta de lo que yo supe en cuanto os vi juntos —se justifica.

—¿Y qué es eso si se puede saber? —pregunto sorbiendo por la nariz.

—Que estáis hechos el uno para es otro —responde ella con un hilo de voz.

—¿Tú conocías su contenido? —quiero saber.

—Nunca las leí —responde—. Era algo muy suyo que no me pertenecía a mí. Sin embargo, siempre supe lo mucho que tu abuelo la quiso y también todo lo que ella sufrió cuando tuvo que partir.

—¿Y eso no te hacía sentir mal? —Contengo la respiración.

Ella cierra los ojos y suspira.

—No, porque el amor que en su momento sintió por ella nunca hizo mermar el que después sintió por mí. Simplemente, tuvo la suerte de conocer el amor verdadero dos veces en su vida, fue más afortunado que la mayoría.

—Ben dijo algo parecido —murmuro.

—Ben es un chico inteligente. —Ahora sí que una leve sonrisa asoma a sus labios—. Un chico inteligente que ha sabido entrar en tu corazón. ¿Me equivoco?

Un dolor punzante me hace encogerme.

—Eso no importa.

—Por supuesto que importa, de hecho, eso es lo único que importa —rebate.

—Lo nuestro no tiene sentido, su vida y la mía están separadas por un mar inmenso.

—El mar puede cruzarse —me recuerda en un tono apenas audible.

—Después de lo que pasó con Tomás, no sé cómo puedes decir eso.

—Tomás era Tomás y Ben es Ben… En este caso, el destino juega a vuestro favor… Creo que incluso desde antes de que Ben encontrase esas fotos de su abuela y se plantase en nuestra recepción.

—¿Qué quieres decir? —pregunto sorprendida.

Ella sonríe, no sé de dónde saca las fuerzas, pero o me estoy volviendo loca o juraría que vuelve a sonreír.

—Igual fue necesario que Marie y tu abuelo tuviesen que dejarse para que vosotros os encontraseis.

Estoy convencida de que está desvariando y, sin embargo, cuando su mirada se clava en la mía, tengo la sensación de que está más lúcida de lo que la he visto en toda su vida.

—Desde que Ben puso un pie en nuestro hotel, con esos ojos grises que son la viva imagen de los de su abuela, no tuve ninguna duda. Estoy segura de que su historia de amor fue el prólogo de la vuestra.

Mis ojos se abren de par en par por la sorpresa.

—¿Qué insinúas, abuela?

—Creo que cuando un amor es tan puro e intenso como el que tu abuelo y Marie vivieron, nunca muere del todo. Estoy convencida de que una parte del suyo permanece vivo a través del que Ben y tú sentís el uno por el otro, porque algo de ellos siempre vivirá en vosotros.

—Lela. —Mi voz sale ahogada por la cantidad indecente de lágrimas y tensión que se acumulan en mi garganta.

—Sé feliz, mi vida, aprovecha las oportunidades que la vida te regala, disfruta el amor cada segundo, no desperdicies ni un minuto porque, dentro de muchos años, cuando estés como yo, en una cama a punto de partir, ese amor que habrás vivido y el cariño de todos los que hayan compartido tu vida contigo es lo único que te llevarás.

—No me dejes, lela —le suplico entre sollozos.

—Te quiero, mi vida, pero es hora de que me reúna con tu abuelo, que ya lleva demasiado tiempo esperándome.

No sufras por mí, tesoro, he tenido una vida plena y maravillosa, he amado y me han amado y estoy segura de que, en cuanto cierre los ojos por última vez, él estará ahí para tomarme de la mano —susurra con una débil y dulce sonrisa formándose en sus labios.

—Lela… Te quiero.

—Tengo un último regalo… Ahora mismo no estás lista, pero, cuando estés preparada, llegará a ti.

—¡Te voy a extrañar tanto! —sollozo colocando mi cabeza sobre su pecho.

—Siempre estaremos junto a ti, no te olvides, Uxía, mi niña, de que lo único que importa en la vida, el único objetivo que merece la pena alcanzar es la felicidad —susurra con un hilo de voz. Elevo la mirada a su rostro y veo como sus parpados se cierran, despacio, sin prisa, sin dejar de sonreír.

Su cuerpo se relaja y sé que se ha ido, y una parte de mi corazón lo ha hecho con ella, porque mi abuela ya no está aquí.