Una historia diferente Capítulo 27 ¿De qué lado estáis?
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Capítulo 27 ¿De qué lado estáis?

¿De qué lado estáis?

Ben

La observo mientras entra de nuevo en el apartamento de su abuela y siento como mi corazón se hace más y más pequeño a cada paso que se aleja.

—No hablaba en serio —me dice Manuela, acercándose para colocar una mano sobre mi brazo.

—Yo creo que sí lo hacía —respondo con voz trémula, posando mi mirada en la apagada cara de la anciana.

—No eran ni su corazón ni sus sentimientos, sino el dolor y la impotencia los que hablaban —me asegura—. Perder a su abuela es un golpe muy duro, uno para el que ninguno de nosotros estaba preparado.

Las lágrimas surcan las arrugas de sus ojos y siento que se me parte todavía más el alma.

La abrazo sin pensar; acojo su cuerpo, frágil y agotado, contra mi pecho dándole un lugar seguro para dejar salir su profunda tristeza y llorar.

—No sabes cuánto lo siento —murmuro contra su pelo blanco.

Ella se aparta de mí y me contempla con esos ojos repletos de anécdotas y de momentos vividos a lo largo de tantos años.

—Carmen supo que ibais a encajar desde el instante en que os vio juntos —me suelta.

Mi sorpresa debe de resultar evidente porque, por primera vez desde que he vuelto a verla, la mujer sonríe levemente.

—Y yo también lo creo, así que, por favor, no te vayas…

—Uxía ha sido muy clara, y yo no quiero molestarla, mucho menos en este momento.

Ella asiente con cierta tristeza.

—Ojalá pudieseis comprender a vuestra edad todo lo que nosotras hemos terminado sabiendo a nuestros noventa… —murmura.

—Eso facilitaría mucho las cosas, no hay duda.

—Por lo menos pudiste conocer el contenido de las cartas —susurra ella tomando mis manos entre las suyas.

Un regusto amargo me recorre el pecho, todavía me cuesta hacerme a la idea y asumir esa parte del pasado de mi abuela.

—Sí, aunque reconozco que las respuestas que encontré no fueron las que esperaba.

—Ni siquiera las personas que queremos son siempre perfectas.

Sus palabras vienen de la propia experiencia… Pero es que estamos hablando de mi abuela.

—Dale un beso enorme a Carmen de mi parte —le pido.

—¿Seguro que no prefieres dárselo tú? —insiste.

Lo pienso durante unos segundos y niego con la cabeza.

—No es mi lugar; la voluntad de Uxía ha sido clara y la voy a respetar.

—Tú la quieres, ¿verdad? —susurra la anciana, aunque, más que preguntar, lo que hace es afirmar.

—Eso da igual.

—Nunca da igual —me rebate dejando escapar un suspiro resignado.

—Ella no siente lo mismo —afirmo—. Está claro que lo que hubo entre nosotros no significó lo mismo para ambos.

—Lo siento —afirma con sinceridad.

—Yo más —admito, y le dedico una sonrisa cargada de tristeza.

Me inclino un poco sobre ella para posar un suave beso sobre su cabeza y, tras una última mirada, me alejo en dirección a mi habitación, dispuesto a hacer la maleta, convencido de que lo mejor para todos es que me vaya de aquí; sobre todo, para mí, porque estar tan cerca y a la vez tan lejos de Uxía, saber que está sufriendo y que no me quiere a su lado es un dolor que me atraviesa y me deja devastado.

Apenas he cerrado la puerta mi teléfono empieza a sonar. Lo saco del bolsillo y compruebo que es una videollamada de mi hermano; suspiro, resignado al pensar en lo complicada que va a ser esta conversación, precisamente, por eso no me puse en contacto con él de inmediato y he ido retrasándolo.

—Hola —lo saludo, sorprendido al ver que sentada a su lado se encuentra mi madre.

—La leche, menuda cara tienes —responde mi hermano.

—A mi cara no le pasa nada —gruño.

—No si descendieses de los mapaches —bufa él—. En serio, tienes una pinta horrorosa.

—Si el objetivo de esta llamada es tocarme los huevos, ya puedes ir colgando —protesto.

—El objetivo de esta llamada es saber qué leches pasaba con la abuela, lo de tocarte los cojones es un plus con el que no contaba.

—Deja en paz a tu hermano —interviene mi madre propinándole una ligera colleja que el muy capullo consigue esquivar con agilidad.

Deslizo la mirada hacia mi madre, y mi hermano, que se da cuenta de mis dudas, se apresura a explicar:

—Tranquilo, ya la he puesto al día, se lo he contado todo.

—Define «todo» —le pido.

—«Todo» es todo, no seas pesado —replica.

—¿Seguís en el pueblo, tesoro? —se interesa mi madre.

—No, estamos de vuelta en el hotel, las cosas se han complicado un poco por aquí…

—¿Qué ha pasado? —pregunta ella, preocupada, al verme tan afectado.

Ahora que mi madre ya está al día es un alivio hablar con ellos y se lo cuento todo: el contenido de las cartas, lo que surgió entre Uxía y yo y cómo tuvimos que volver corriendo por la complicada situación de Carmen.

Ellos escuchan sin decir nada, dejándome vomitar cada palabra, cada sentimiento, atentos mientras yo me abro en canal, lo dejo salir todo, pensando que así al terminar me sentiré mejor…

De ahí mi desilusión cuando compruebo que no solo el dolor no ha disminuido, sino que darles voz a todos esos sentimientos que me consumen por dentro los ha vuelto todavía más reales, haciéndome sentir peor.

—No me puedo creer que la abuela colaborase con los nazis —farfulla mi hermano tratando de procesar la información—. Incluso teniendo un buen motivo, me parece increíble.

—Eran nazis, no puede haber un buen motivo para colaborar con ellos —le espeto con amargura.

—No seas tan duro —me pide mi madre—. No podemos juzgar una situación que no hemos vivido, es muy difícil ponernos en su lugar sin haberlo sufrido.

—Mamá, eran nazis… La abuela se vendió a la misma gente que asesinó a su padre. —Mi voz suena más dura de lo esperado y su gesto se contrae.

—No te olvides de que lo hizo para proteger a su madre —me recuerda Finn—. Yo no sé cómo actuaría si con eso pudiese protegeros a mamá o a ti.

Sé que tiene razón… Pero eso no borra la decepción.

—Además, tuvo que pagar un precio muy alto: renunció a un gran amor —añade mi hermano sacando a relucir su lado romántico.

—Es cierto —concedo—. Se querían mucho y tuvieron que separarse cuando lo suyo apenas acababa de comenzar.

—Y eso me lleva a preguntar… ¿Qué vas a hacer? —me interpela Finn.

—¿Qué quieres que haga? —pregunto encogiéndome de hombros.

—No puedo decirte lo que tienes que hacer, pero sí lo que no debes hacer —responde con voz seria—. Ni de coña puedes largarte sin más, y menos en un momento tan jodido para Uxía.

—¡No me largo yo, me ha echado ella! —protesto, ofendido por lo que implica su acusación.

Parece mentira que, conociéndome como me conoce, me esté acusando de dejarla tirada.

—¡Ella no piensa con claridad! ¡No puedes tomarte en serio nada de lo que diga en este momento! —insiste mi hermano, que no piensa dar su brazo a torcer.

—Finn tiene razón, cariño —lo apoya mi madre—. La pobre chica tiene que estar destrozada, y más teniendo en cuenta que siempre ha estado pendiente de su abuela y estaba fuera, contigo, justo cuando todo eso pasó.

Me quedo en silencio durante unos segundos.

—No solo es por lo que me ha dicho hoy… —suelto de mala gana—. Ella siempre tuvo dudas, nunca estuvo tan segura como yo, le ponía pegas a que lo nuestro pudiese durar, es evidente que no estaba dispuesta a apostar por una relación a larga distancia.

—Normal, eso se llama ser humana —resopla Finn.

—¿Y entonces qué pretendes que haga? ¿Obligarla? —cuestiono cabreado—. ¿Atarla a la pata de la cama de su abuela moribunda hasta que decida darme una oportunidad?

—Madre mía, qué bestia eres, qué mal rollo —replica él poniendo cara de asco.

Pongo los ojos en blanco y contemplo la pantalla con una mezcla de enfado y cansancio.

—A ver cómo te digo esto, hermanito… Llevas muchísimo tiempo siendo un témpano de hielo, un muermo sin vida, un coñazo de tío…

Así que ahora que has tenido la suerte de encontrar a un ser de luz que ha conseguido obrar el milagro de sacarte de tu cueva y de tu letargo, no me toques los cojones, deja de ser un llorica y no renuncies a lo mejor que te ha pasado en años.

—Yo no he renunciado a nada —matizo ofuscado.

—Sí lo estás haciendo —me corrige mi madre—. Y, por cómo hablas de esa chica, estoy convencida de que te vas a arrepentir de ello.

El aire se vuelve todavía más denso dentro de mi pecho.

—Ben, haz lo que tengas que hacer, pero no lo cagues o te juro que voy a convertir tu vida en un infierno —me advierte Finn.

—¿Pero vosotros de qué lado estáis?

—Siempre del lado de tu felicidad —responde mi madre con una sonrisa cruzando su hermoso rostro—. Mantennos informados.

—Lo haré —prometo antes de despedirme de ellos y colgar la llamada.

Me imagino tomando un avión para volver a mi vida, una vida en la que Uxía no está, y la angustia se vuelve insoportable. Finn me ha preguntado si la quiero… ¡Claro que la quiero!

Y me resulta inexplicable que en tan poco tiempo lo que siento por ella se haya vuelto tan fuerte; con mi anterior pareja estuve años y nunca llegué a sentir ni un ápice de lo que Uxía despierta en mí…

Pero imagino que, cuando encuentras a la persona que te completa, a la que sin esfuerzo consigue sacar tu mejor versión, llena tu corazón y te hace feliz, sabes que es ella.

No es una cuestión de tiempo, sino de lo que proyecta en ti su mirada, de la forma en la que se te acelera el pulso cuando consigues arrancarle una sonrisa y de lo que sus caricias te hacen sentir.

Son esos y muchos más los pequeños detalles que la hacen diferente y esencial en tu vida, y por eso, una vez la encuentras, ya no te resulta posible vivir sin ella.