Una historia diferente Capítulo 26 Tres palabras #2
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Capítulo 26 Tres palabras #2

—Cuando sus pulmones se encharcaron, el resto de sus órganos comenzaron a fallar —me dice con voz suave—. Es algo normal dada su edad.

Muevo la cabeza con fuerza en sentido negativo, sin comprender lo que intenta decirme este hombre.

—Le he proporcionado morfina y voy a darle un sedante ligero, pero no se puede hacer nada más —afirma—. El hecho de que esté aquí o en el hospital no va a suponer ninguna diferencia.

—No, no po-de-mos dejarla así. No lo voy a permitir —gimoteo entre lágrimas mientras siento como mi mundo se derrumba por completo.

—Uxí… —me interrumpe Mati con la voz sumida en el dolor—. Ella quiere estar aquí, con nosotros, en familia, y tenemos que respetar su voluntad.

Las lágrimas descienden en forma de ríos por mis mejillas y me las seco con violencia antes de acercarme a la puerta.

Lo primero que veo cuando atravieso el apartamento y entro en la habitación de mi abuela es a Manuela; está sentada en una silla, al lado de la cama, tomando con ternura la mano de la que la siempre ha sido su mejor amiga, su aliada, su compañera de fechorías y, por primera vez en toda mi vida, la veo mayor, vulnerable y desvalida.

Su pelo parece más blanco, su cuerpo, más frágil, su piel ha multiplicado las arrugas y sus ojos… Sus ojos contienen amor y dolor a raudales.

—Carmen, la niña ya está aquí —le susurra inclinándose un poco sobre ella.

Desvío la mirada hacia la matriarca de mi familia, hacia mi abuela. Tumbada en la cama, con la respiración trabajosa y la piel pálida… Verla así me destroza el alma.

—Hola, lela —saludo, intentando mantener el tipo al acercarme a ella para sentarme a su lado.

Sus ojos parecen recuperar la lucidez y el brillo al posarse sobre los míos y una leve sonrisa asoma a sus labios.

—Mi niña… —murmura.

El médico entra en ese momento acompañado de Ben; el primero se dirige a la cama para pincharle algo, el segundo se queda quieto, a los pies de la misma, visiblemente impresionado.

—Ben —susurra ella en un tono de voz que cuesta trabajo escuchar—. Me alegro de que estés aquí y de haberte conocido, espero que hayas encontrado lo que buscabas.

Él asiente, se le ve afectado.

—Me hubiese gustado haberte conocido más, pero el tiempo se me está acabando —dice con voz lastimosa justo antes de que un fuerte ataque de tos la haga poner una mueca de dolor.

—Por favor, salid todos fuera —nos pide el médico sacando algo de su maletín.

Me muestro reticente, pero Ben me agarra de la mano y me insta a obedecer al médico.

En cuanto ponemos un pie fuera, él intenta consolarme, pero no hay consuelo posible cuando siento que mi vida está rompiéndose en mil pedazos que se esparcen a mi alrededor.

Me enreda en sus brazos, acercándome a su pecho, y empieza a acariciar mi espalda con ternura, pero en lugar de alivio lo único que siento es rabia, tristeza, desesperación y miedo, muchísimo miedo, un miedo irracional.

Así que lo empujo con suavidad y retrocedo un par de pasos.

—¡Para! ¡No me toques! ¡No vuelvas a tocarme jamás!

Mis palabras lo dejan tan descolocado que estoy segura de que durante unos segundos está convencido de que me ha escuchado mal.

—¿Qué dices? —Su voz es apenas un susurro.

—¡Que no me vuelvas a tocar! —repito para despejar cualquier duda que le pudiese quedar—. ¡Todo esto es culpa tuya! —exclamo apretando los puños con fuerza, estoy tan enfadada que incluso mi cuerpo tiembla.

Él me contempla con los ojos abiertos de par en par y una calma que me cabrea todavía más.

—¿Que tu abuela tenga una embolia pulmonar es culpa mía? —pregunta en tono suave.

Tal y como lo dice suena tan ridículo que me enciendo todavía más.

—Tienes razón, no es culpa tuya, es culpa mía —rectifico en un tono gélido y afilado—. Yo debería haber estado aquí, con ella, y no buscando esas ridículas y estúpidas cartas.

Soy consciente del instante exacto en que el color escapa de sus mejillas y palidece.

—Uxía… —dice, inspirando con fuerza para mantener la calma—. Entiendo que estés nerviosa, pero estás siendo irracional…

—No estoy nerviosa, estoy enfadada, debería haber estado en el hotel en lugar de perdiendo el tiempo por ahí.

—No estás hablando en serio —afirma con voz seca.

—Por supuesto que sí —replico.

Él niega con la cabeza mientras Manuela, desde una esquina, apoyada en la puerta, nos contempla con infinita tristeza.

—Ni las cartas son estúpidas —sentencia Ben con vehemencia— ni lo nuestro fue una pérdida de tiempo.

—¡¿Lo nuestro?! ¡¿Lo nuestro?! —repito dando de forma inconsciente unos pasos hacia atrás—. ¡¿Qué fue lo nuestro?! ¡¿Un rollo que no va a durar?! ¡¿Un paréntesis de la vida real?!

—Estas desvariando —me acusa.

Un chispazo de dolor cruza su mirada, su profunda mirada gris, que me estudia como si estuviese desquiciada.

—Para nada —objeto—. Nunca he tenido las cosas tan claras.

Ahora es él quien da un paso atrás, como si mis palabras acabasen de golpearlo y fuese incapaz de permanecer donde está.

—En el pueblo estábamos solos, sin trabajo ni familia ni responsabilidades… En esas circunstancias es fácil que todo cuaje. —Me tomo unos segundos para continuar—. Sin embargo, una vez que volvamos a la rutina, a nuestro día a día, tú en Londres y yo aquí…

Me detengo e inspiro con fuerza, porque mis propias palabras me provocan tanto dolor que incluso me cuesta respirar. Pero sigo hablando, y lo hago porque estoy convencida de que es la pura verdad.

—Es imposible que algo así funcione —aseguro con voz temblorosa.

—Eso no lo sabes, yo estoy dispuesto a intentarlo —dice él avanzando un paso hacia mí—. Te lo dije en el pueblo y te lo repito aquí.

—Yo no —afirmo sintiendo como las lágrimas me nublan la visión impidiéndome ver con claridad—. Yo creo que es mejor cortar de raíz, alargarlo solo va a provocarnos más sufrimiento para terminar con el mismo final.

—Uxía… —Mi nombre suena a súplica en sus labios.

—Vete —le ordeno.

—No pienso irme —declara él abriendo mucho los ojos—. No así —añade señalando la puerta tras la que se apaga una de las personas más importantes de mi vida—. No ahora.

—Quiero que lo hagas, necesito que te vayas… Ya has averiguado todo lo que necesitas saber, aquí ya no tienes nada que hacer.

—Por supuesto que sí —responde—. Quiero estar contigo, no pienso dejarte sola con tu abuela en estas circunstancias.

Cuanto más insiste, más me resquebrajo por dentro.

—Son mis circunstancias, no las tuyas —le espeto—. Además, quiero pasar este momento con mi familia y tú no formas parte de ella. —Mi voz es dura y, aunque ni yo misma sé cómo lo hago, pues no es así como me siento, suena segura y cargada de convencimiento.

Sus profundos ojos grises albergan una tormenta que me sacude por dentro. Soy incapaz de sostenerle la mirada y desvío los míos al suelo.

—Si lo que ha habido estos días ha significado algo para ti, vete. Te lo pido por favor… Sigue con tu vida y yo haré lo mismo con la mía —insisto, porque prefiero terminar ahora con esto que enfrentarme dentro de unos días o unas semanas a otra decepción, a una nueva pérdida, a más dolor.

—No puedes pedirme eso —me dice con voz ahogada, respirando con fuerza a la vez que su mirada se humedece.

Cierro los ojos con fuerza, tratando por todos los medios de contener el llanto, pero me resulta imposible frenar unas lágrimas amargas que arrastran todo este sufrimiento por mis mejillas, tratando en vano de sacar de mi cuerpo hacia fuera toda mi desolación.

—Puedo y lo hago —repito—. No quiero estar contigo, solo quiero recuperar mi vida, mi hotel… —Las palabras mueren en mis labios porque lo que en realidad me gustaría es conservar a mi abuela y sé que por mucho que me esfuerce eso no lo lograré.

—Que tú hubieses estado aquí no habría cambiado nada —murmura intentando hacerme entrar en razón.

Me encojo de hombros al sentir que me hundo en el suelo un poco más.

—Eso nunca lo sabré —afirmo—. Lárgate —le ordeno de nuevo—. Lo que sea que pasó entre nosotros se acaba en este momento. No quiero verte más.

Me mata decirlo en voz alta, pero la culpabilidad me atormenta; si en lugar de haber estado con él me hubiese quedado con mi abuela, quizás me habría dado cuenta de que algo no iba bien, de que algo le pasaba…

No quiero renunciar a lo que tenemos, nunca había sentido algo así, pero ¿de qué vale alargar lo que sabes que no va a funcionar? Eso solo aumenta el dolor y yo ya no quiero sufrir.