Una historia diferente Capítulo 26 Tres palabras
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Capítulo 26 Tres palabras

Tres palabras

Ben

Más de tres horas después estamos cobijados en la cama, con los ojos abiertos como platos e incapaces de conciliar el sueño, a pesar de que ninguno de los dos dice nada.

Su cabeza reposa sobre mi pecho y su respiración es relajada mientras mis dedos, como ya es habitual, se enredan y juegan con su sedoso pelo.

—¿Qué piensas? —Su voz cálida resuena contra mi piel.

—No puedo dejar de pensar que mi abuela colaboraba con los nazis, de alguna forma se convirtió en uno de ellos —lo digo con dolor y también con rencor.

—Lo hizo por amor, acababa de perder a su padre y no quería que mataran a su madre… Ninguno de los dos vivimos esa época, pero conocemos las atrocidades que llegaban a cometer.

Su voz es un bálsamo que calma mis heridas.

—Debió de sufrir mucho —murmuro—. Me pregunto si al final consiguió entregar esos papeles.

—Lo más triste es que tuviesen que separarse así. —El tono de su voz esconde cierta culpabilidad que me hace bajar la mirada hacia su rostro.

Como si intuyese lo que estoy pensando, ella se acomoda mejor sobre mi cuerpo y añade:

—Siempre creí que mi abuela había sido el gran amor de su vida, y ahora me queda claro que no fue así. Me siento culpable por sentir lástima por ellos, porque estoy segura de que, si su historia no se hubiese terminado, mi abuela no habría tenido ninguna oportunidad.

Sopeso sus palabras.

—Como te dije en su momento, no creo que solo se pueda tener un gran amor. Creo que tu abuelo fue un afortunado por tenerlas a ambas en su vida.

Ella me contempla con cierta tristeza empañando su mirada.

—Conociéndolo como lo conocí, con lo cabezota que era, lo que me sorprende es que nunca la buscase ni intentase ponerse en contacto con ella.

—Mi abuela lo dejó claro en su carta: si alguien descubría lo que había entre ellos, no solo lo pondría en peligro a él, también a toda su familia.

Comprendo que no se atreviese a correr ese riesgo.

—Guardo unos segundos de silencio y añado—: Además, ni siquiera sabía a dónde había huido y antes las comunicaciones no eran tan fluidas como ahora: no había móviles ni redes sociales…

Tu abuelo no podía abandonar a su familia, la mía no podía permanecer aquí y, por aquel entonces, una relación en la distancia era algo casi inviable.

—Creo que todavía lo es… —lo dice en un tono apenas audible, pero con tanto convencimiento que, al escucharla, mi corazón da un triple salto mortal y se estrella contra mi pecho, haciéndome contraer el gesto en una mueca de dolor.

—No digas eso… —le ordeno, sentándome en la cama e instándola a hacer lo mismo para mirarla con seriedad.

Necesito que entienda que voy a luchar por lo que hay entre nosotros, que, ahora que la he encontrado, no voy a dejarla ir con tanta facilidad.

—Es la verdad… —Se encoge de hombros y sus ojos se empañan de forma evidente.

—No, no lo es —replico—. No pretendo hacerte creer que siempre va a ser fácil, pero conseguiremos que funcione.

—¿Tú en Londres y yo en Vigo? —Parecemos el título de una película de sobremesa.

—Si somos una película, te prometo que seremos una con final feliz.

—No prometas cosas que no vas a poder cumplir —me regaña negando con la cabeza.

—Puedo cuando es algo que depende de mí —objeto.

Su mirada cargada de miedo y esperanza me traspasa; quiere creerme, pero no se atreve.

—Solo tienes que querer que funcione —insisto—. Lo lograremos, todo saldrá bien si es lo que quieres. ¿Es lo que quieres?

Sueno ansioso, casi desesperado, y ni siquiera me molesto en disimularlo.

Contengo el aliento mientras aguardo su respuesta con la misma necesidad con la que un sediento espera hallar un oasis en medio del desierto.

Ella es mi oasis, un oasis que llegó a mi vida por casualidad y que, hasta hace poco, ni en mis mejores sueños hubiese imaginado encontrar.

Uxía

Sus palabras resuenan una y otra vez en mi cabeza…

«Solo tienes que querer que funcione. Lo lograremos, todo saldrá bien si es lo que quieres. ¿Es lo que quieres?».

¡Claro que quiero! El problema es que no es la primera vez que escucho eso de que todo es posible, de que, si se quiere, se puede y blablablá…

Ese cuento ya lo he vivido y no me gustó el final.

Por eso, aunque me encantaría dejarme llevar y creerme a pies puntillas lo que me dice, una parte de mí se muestra reacia a pensar que cuando él se vaya a Londres y vuelva a su rutina, a su día a día, lo nuestro va a funcionar.

En el fondo de mi corazón estoy convencida de que poco a poco se olvidará de mí y de todo lo que hemos compartido aquí, y eso hace que intente frenar mis sentimientos, que trate de pensar con la cabeza y sí, disfrutar del momento, pero sin dar rienda suelta a todo lo que siento.

No quiero perderlo, ni olvidarlo, ni tener que despedirme para verlo marchar, sin embargo, sé que es inevitable y que, cuantas más esperanzas ponga en que lo nuestro puede funcionar, mayor será el dolor que tendré que soportar cuando todo acabe.

Estoy a punto de abrir la boca para decir algo con un mínimo de sentido cuando mi teléfono empieza a sonar.

Me vuelvo hacia la mesilla, lo cojo y descuelgo al ver el nombre de mi mejor amiga en la pantalla mientras mentalmente le doy las gracias porque, sin saberlo, acaba de salvarme de seguir con una conversación para la que no me siento preparada.

—Hola, Mati, ¿qué tal todo?

El silencio al otro lado de la línea es denso, pesado, no presagia nada bueno y, de forma inmediata, me pongo en guardia mientras un nudo de angustia se atrinchera en mi garganta.

Dice tres palabras, solo tres, pronunciadas con voz trémula, y son más que suficientes para hacerme estremecer.

—Es tu abuela.

—¿Qué le pasa? —pregunto con una sensación de terror irracional recorriéndome por dentro.

—Tienes que venir, no está bien —consigue decir mi amiga antes de que un sollozo resuene en el teléfono.

—Voy de camino —anuncio con voz seca saltando de la cama.

Ben, quien me observa con gesto serio sin comprender qué pasa, se pone en pie con la misma rapidez que yo y comienza a vestirse.

—Uxí… —susurra mi amiga—. Date prisa.

Ni siquiera he colgado todavía y las lágrimas ya están recorriendo mis mejillas. Con manos temblorosas, me enfundo unos vaqueros a toda velocidad y busco debajo de la cama las zapatillas.

—¿Qué ocurre? —pregunta Ben sin dejar de vestirse.

—Es mi abuela, está mal —respondo de forma escueta—. Tenemos que volver ya.

Ni siquiera nos detenemos a hacer la maleta, ni a recoger las cosas.

Me limito a coger el bolso para meter dentro el móvil y la caja con las cartas de mi abuelo y, sin perder un solo segundo, los dos salimos por la puerta, bajamos las escaleras, salimos al exterior y, con la luz del alba iluminando un cielo que hoy me resulta oscuro y tétrico a pesar de su luminosidad y color, arrancamos y salimos a la carretera.

Ben se coloca al volante, ni siquiera pregunta o me da la opción; yo no se lo impido ni protesto, me tiemblan tanto las manos que sería incapaz de agarrar con firmeza el volante o mantener el control.

La culpabilidad me carcome por no estar con ella, siento pánico por no llegar a tiempo y por la posibilidad de perderla.

Es mi abuela, una parte indispensable de mi vida y, aunque no soy estúpida y sé que el tiempo pasa y los años se acumulan, ella nunca ha tenido ni un mísero catarro, siempre ha disfrutado de una salud envidiable y por eso nunca me he planteado cómo sería mi vida sin ella.

Por eso y porque, sencillamente, no puedo ni quiero imaginar el dolor que me supondría perderla.

Los kilómetros transcurren uno tras otro sin que surja ni una sola palabra entre los dos. Las lágrimas caen discretas por mis mejillas y las seco bajo la atenta mirada de Ben, quien me observa a hurtadillas con preocupación.

Estamos a veinte kilómetros de nuestro destino cuando su mano se posa sobre mi muslo en señal de apoyo, sin embargo, el contacto en este momento lo único que me causa es más dolor.

En cuanto el coche frena de forma brusca delante del hotel, me bajo de un salto sin esperar siquiera a que se detenga del todo, ni mucho menos a que lo lleve al garaje y aparque.

Atravieso la puerta de mi hogar y, al llegar a la recepción y encontrarme detrás del mostrador al bueno de Brais con los ojos enrojecidos y cara de circunstancias, siento que el edificio entero se derrumba con todo su peso sobre mí, hundiéndome en un agujero del que no veo la forma de salir.

—¿Está en su habitación? —pregunto.

Él asiente.

Sin molestarme en ver si el ascensor está en la planta baja, me lanzo escaleras arriba, corriendo, con la respiración acelerada, más que por el esfuerzo, por la angustia y el miedo que me oprimen el pecho y me encogen el corazón.

El pulso martillea contra mi muñeca con tanta fuerza que, durante un par de segundos, tengo miedo de caerme redonda; sin embargo, en lugar de aminorar el ritmo, sigo subiendo a toda velocidad los escalones, incluso de dos en dos.

Llego a la quinta planta justo en el momento en que Mati y un hombre, que deduzco es el médico, están cerrando despacio la puerta de su habitación.

Mi amiga vuelve su rostro hacia mí en cuanto escucha mis pasos y la mezcla de ansiedad, pena y alivio que veo en sus ojos no hace más que aumentar el pavor que inunda en inmensas oleadas cada recoveco de mi interior.

—Llegaste —suspira mi amiga mientras sus ojos se llenan de lágrimas.

—¿Dónde está? ¿Qué le ha pasado? ¿Cómo se encuentra?

Mati niega con la cabeza, incapaz de hablar y, a la vez que siento que me hundo un poco más en el suelo, es el médico quien toma la palabra.

—Está en su habitación descansando porque no ha querido que la traslademos a un hospital —me explica—. Ha sufrido una embolia pulmonar.

—¿Una embolia? —La sangre abandona mi rostro y se convierte en hielo dentro de mis venas—. ¡Tenemos que llevarla de inmediato para que la traten! ¡Yo hablaré con ella! —exclamo desesperada al mismo tiempo que avanzo un par de pasos hacia la puerta.

La mano del doctor sobre mi brazo me hace detenerme y volverme de nuevo en su dirección.