Una historia diferente Capítulo 24 Un paseo bajo las estrellas
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Capítulo 24 Un paseo bajo las estrellas

Un paseo bajo las estrellas

Uxía

Volvemos a estar sentados delante del fuego de la chimenea; yo sostengo la siguiente carta entre mis manos mientras de reojo echo un vistazo a Ben y compruebo que todo su cuerpo sigue en tensión.

Lo que leímos en las anteriores ha sido un palo, y verlo tan alicaído y perdido me encoge el corazón.

No obstante, sigo convencida de lo que dije debajo del magnolio: estoy segura de que todo esto debe tener una buena explicación.

—¿Listo? —pregunto.

—Listo —afirma tratando de transmitir una seguridad que no se refleja ni en su semblante ni en su voz.

Abro el sobre sin más dilación.

Vigo, 30 de mayo de 1947

Querida Marie:

En el momento en que te vi en la entrada del hotel con ese vestido plateado simplemente enmudecí. Estabas tan bonita y desprendías tanta luz que, al mirar al cielo, tuve la sensación de que incluso la luna parecía más pálida y apagada en comparación.

Luego, cuando te subiste a ese coche con ellos, sentí una enorme impotencia y que un fuego ardía dentro de mí.

No pegué ojo en toda la noche; estabas metiéndote en la boca del lobo, un lobo hambriento de colmillos afilados que estaría encantado de pegarte un bocado. Y yo me sentía inútil por no poder protegerte, por no estar a tu lado en un momento tan delicado y tener que dejarte a tu suerte.

Sé que eres fuerte, que sabes cuidarte, pero odio que tengas que exponerte a un peligro así.

Solo cuando, ya al alba, entornaste la puerta de mi habitación, sentí que volvía a revivir.

Siempre tuyo, te quiere,

Antonio

Vigo, 1 de junio de 1947

Querido Antonio:

Reconozco que, cuando el coche arrancó para alejarse del hotel, el miedo latía con fuerza dentro de mí; estaba aterrada, me sentía como si estuviese adentrándome en un laberinto aun a sabiendas de que no sería capaz de volver a salir.

No obstante, mereció la pena, porque, aunque no fue fácil, creo que he encontrado parte de lo que necesito para terminar con todo esto y empezar a vivir de verdad, a tu lado, sin escondernos y sin mirar atrás.

La vivienda de H es una casa colonial situada a las afueras, hacia el oeste de la ciudad y, para cuando llegamos, su mujer y sus dos hijos estaban esperándonos ya.

Que los dos niños me conozcan del colegio alemán y ver el cariño con el que me tratan sin duda me benefició, porque, gracias a eso, H se relajó y bajó la guardia, pero al mismo tiempo me hizo sentir fatal.

Soy consciente de que aprovecharse de unos niños para perjudicar a su padre carece de cualquier tipo de moral.

La cena fue copiosa e interminable, cinco platos de un menú estrictamente alemán.

Durante todo ese tiempo no conseguí encontrar el momento de escabullirme de la mesa, hasta que al final, después de los postres, cuando mandaron a la niña a acostarse, ella le preguntó a su madre si yo la podía acompañar.

Fue después de dejarla en su cama cuando conseguí colarme en el despacho de H, no disponía de mucho tiempo; me puse tan nerviosa y me temblaba tanto el cuerpo que pensé que me iba a desmayar y me iban a pillar.

Por suerte, no ocurrió, y el escaso tiempo del que dispuse me bastó para encontrar los papeles que había ido a buscar.

Los escondí dentro de la enagua del vestido, e intentando mantener la compostura, volví a la mesa.

El resto de la velada fue una tortura, cada segundo contuve la respiración por miedo a terminar descubierta, muerta y enterrada en el jardín o tirada en alguna cuneta.

Ya me he puesto en contacto con mi enlace de Vollblut en Alemania, ahora solo queda esperar a que él me confirme el día y la hora de la reunión con Friedrich para entregarle esos papeles y rezar para que H no se dé cuenta de que le faltan antes de que todo haya terminado.

Estoy deseando volver al pueblo contigo, bajar en bicicleta de noche hasta el río y bañarnos bajo la luz de las estrellas, observar tu rostro relajado a mi lado en la cama cada amanecer y hacer el amor hasta olvidar qué día es o perder el sentido.

Siempre tuya, te quiere,

Marie

—¿Crees que todavía estarán aquí las bicicletas? —cuestiona Ben con voz pensativa—. Hace años que no me subo en una. De pequeño me encantaban.

—¿Las bicicletas? —repito bastante sorprendida de que, después de lo que acabo de leer, él se limite a preguntarme por unas bicicletas.

—Ya es la segunda carta en la que hablan de paseos en bicicleta… ¿Dónde crees que estarán?

Dudo durante unos segundos, ¿de verdad después de escuchar que en efecto su abuela colaboraba con una facción nazi lo que se le viene a la cabeza son las puñeteras bicicletas?

Observo su expresión derrotada y suspiro; es evidente que necesita tiempo para asimilar, todo esto es difícil de procesar y si distraerse un rato puede ayudar…

—Imagino que, si todavía existen, estarán en el cobertizo que hay en la parte trasera —respondo, refiriéndome a la pequeña construcción aledaña a la casa que hasta donde yo sé siempre se ha usado como trastero.

Él asiente, pensativo.

—Ben… ¿Cómo te sientes después de escuchar todo esto?

Su mirada se endurece y el dolor nubla su semblante.

—Solo acabamos de corroborar lo que ya sospechábamos: mi abuela colaboraba con los nazis. Buscaba pruebas para ayudar a esa facción a capturar y ejecutar a los traidores.

Intenta que su voz suene neutra, pero el rastro de tristeza que esconde es imposible de disimular.

—Es cierto —admito, porque no tiene sentido negarlo más—. Pero, basándome en sus primeras cartas, sigo convencida de que lo hizo para proteger a su madre, a su familia.

—Que sus motivos fuesen buenos no convierte en menos mala la acción.

Voy a contradecirlo cuando se me adelanta.

—Necesito un descanso antes de seguir leyendo. ¿Vamos a echar un vistazo al cobertizo? —propone Ben levantándose y tendiéndome la mano.

—¿Ahora? ¿De noche?

—Es un momento tan bueno como otro cualquiera.

—No se ve nada —le recuerdo mientras meto el sobre con la carta que acabo de leer de nuevo en la caja y la cierro despacio.

Me muestro reticente porque la idea de adentrarme en ese viejo cobertizo, en cuyo interior debe de habitar una fauna de insectos de lo más variada, me apetece entre cero y nada.

—Tenemos linternas en el coche —rebate tirando de mí para obligarme a ponerme de pie antes de dirigirse hacia el vehículo.

Agarrando la caja contra mi pecho como si fuese alguna especie de escudo protector, lo sigo de mala gana y espero detrás de él mientras abre el maletero, saca un par de linternas y se apresura a encenderlas para comprobar que todavía funcionan.

—¿Ves? —Se alumbra la cara y pone una mueca que pretende ser graciosa—. Con esto veremos perfectamente.

—¿Tú sabes la de años que hace que nadie entra ahí? —gimo cuando echa a caminar hacia el lateral de la casa para dirigirse al viejo cobertizo.

—Imagino que los mismos que en la casa —deja caer.

—O más —murmuro.

La madera de la puerta está hinchada y atascada a causa de la humedad y la falta de uso, y por un momento me aferro a la esperanza de que Ben decida dejarlo para mañana. ¿Qué más nos da que las dichosas bicicletas estén o dejen de estar?

Suspiro resignada al ver como empieza a pelearse con la puerta, y cruzo los brazos sobre mi pecho esperando a que con un poco de suerte no consiga abrirla…

Pues nada, se ve que me voy a quedar con las ganas, porque después de varios intentos la puerta finalmente cede con un chirrido horroroso que ha debido de resonar en medio pueblo.

Él se vuelve hacia mí, sonríe satisfecho y, encendiendo la linterna, se enfoca de nuevo la cara y pone una mueca que esta vez pretende ser sugerente, pero que más bien parece la de la primera víctima de una película de miedo versión cutre y casera.

—¿Quieres dejar de hacer eso? Me siento como si de un momento a otro fuese a salir de ahí un zombi apuntándonos con una motosierra.

—¿No te gustan las pelis de terror? —se interesa él divertido.

—Por supuesto que no. Si quiero pasar miedo, me pongo el telediario.

La carcajada profunda que nace en su pecho me envuelve, caldeando mi cuerpo y haciéndome sentir mejor.

—Conmigo estás a salvo —me asegura en tono teatral.

—Eso díselo a todas las arañas asesinas que deben de vivir en este lugar —siseo.

Todavía continúa riéndose cuando enfoca hacia delante con su linterna y se adentra en el cobertizo.

Lo sigo de mala gana, apuntando con la luz de la mía hacia todos lados para tratar de evitar el contacto y mantener una distancia prudencial con cualquier posible insecto, roedor o reptil que pueda cruzarse en mi camino.

Ben suelta un silbido.

—Madre mía… —dice mirando a su alrededor.

El cobertizo no es demasiado pequeño, yo diría que su tamaño es bastante similar al del salón, no obstante, al albergar tantos trastos en su interior, parece menor.

Tanto el suelo como las paredes son de madera, y no tiene ventanas, así que la única luz de la que disponemos es la de nuestras linternas y la que entra por la puerta, la cual permanece abierta.

La capa de polvo que lo recubre todo es considerable y el olor a humedad que se respira después de tantos años cerrado es insoportable.

—Va a ser imposible encontrar algo en medio de todo esto —digo—. ¿Por qué no lo dejamos?

—No seas impaciente, solo hay que buscar un poco —insiste él tan empecinado como si en lugar de unas bicis viejas estuviésemos buscando un cofre con monedas de oro.

—Si piensas que voy a ponerme a revolver todo esto, estás loco —le aclaro.

¡Ni loca meto las manos entre esos cacharros! A saber lo que puede salir de ahí.

—¿Te has fijado en aquella lona? —Ben ignora mi comentario y señala una de las esquinas casi al fondo.

Sin esperar mi respuesta, comienza a caminar hacia allí y, en cuanto llega a la altura del bulto, se agacha, agarra uno de los extremos del plástico y tira de él con fuerza.

La polvareda que se levanta se cuela por mi nariz y desciende por mi garganta, provocándome unas irrefrenables ganas de estornudar.