Una historia diferente Capítulo 24 Un paseo bajo las estrellas #2
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Capítulo 24 Un paseo bajo las estrellas #2

— ¡Voilà! —exclama él, dedicándome una sonrisa satisfecha al dejar al descubierto dos bicicletas, una naranja y otra azul, cada una con un cesto de mimbre blanco en la parte delantera.

Se acerca a ellas con la intención de moverlas y, para mi sorpresa, consigue que rueden sin demasiada dificultad.

—Es increíble lo bien que se mantienen, incluso las ruedas tienen el aire suficiente para poder dar una vuelta… —murmura apretándolas para comprobar la presión—. ¿Qué dices? ¿Te animas?

—¿Ahora? —pregunto abriendo los ojos de par en par—. ¡No conocemos la zona y no se ve nada!

—¿Dónde está tu espíritu aventurero? —insiste.

—Durmiendo, justo al lado de mi sentido común que, por suerte, sí que está despierto —farfullo.

—¿De verdad no te apetece dar un paseo en bici por la noche hasta el río tal y como dice mi abuela que hacían ellos?

Me muerdo el labio inferior. Después de haber leído las cartas, reconozco que suena tentador… La diferencia es que mi abuelo conocía de sobra el camino y nosotros no.

—Sería como sentirlos un poco más cerca —susurra.

Achico los ojos… Lo conozco lo suficiente como para saber que está jugando sucio.

—Eso es chantaje emocional —anuncio.

—¿Y funciona? —pregunta desplegando una sonrisa tan irresistible que si en este momento me pidiese que me tirase por un acantilado sin paracaídas o que nadase en medio de una familia de tiburones blancos, lo haría sin dudar.

—Puede… —concedo.

—Mira, eso de ahí creo que son bridas, con ellas puedo sujetar las linternas al manillar, será genial, ya lo verás —afirma apresurándose a llevar a cabo la chapuza que me acaba de mencionar.

—¿Y si nos perdemos?

—Solo hay que seguir el sendero, además, el río está cerca, no tardaremos demasiado. Después de lo que hemos descubierto, necesito despejarme…

—Eso vuelve a ser chantaje —lo acuso.

—¿Y sigue funcionando?

Le dedico una mueca que pretende parecer enfadada, pero se ve derrotada.

—Está bien —sucumbo—. Pero si no encontramos el camino a la primera, nos volvemos a casa.

—Trato hecho —accede mientras se dispone ya a sujetar ambas linternas, cada una a una bicicleta. Y, antes de darme cuenta, he metido la caja con las cartas en el cesto de mimbre de la mía y estamos pedaleando fuera.

Dejamos el magnolio atrás, tomamos el sendero, el cual, por cierto, está bastante mejor de lo esperado y, en cuanto hemos recorrido unos metros con el aire golpeándome el rostro y la adrenalina volando por mis venas, no me queda más remedio que reconocer que no ha sido tan mala idea y que lo estoy disfrutando.

La vegetación que nos rodea parece tan distinta de noche que casi puedo sentirme como si estuviese en uno de esos bosques mágicos, escenario de las novelas que leía de pequeña.

El verde se vuelve más oscuro e intimidante, las hojas parecen susurrarnos y los sonidos se intensifican, mezclándose y creando una atmósfera fantástica y electrizante.

Llegamos a una zona donde el camino se vuelve más empinado y se estrecha, y Ben acelera un poco para colocarse delante y abrir el paso.

Una piedra levanta un poco la rueda delantera de mi bicicleta, una zarza rebelde se estrella contra mi brazo y algo se enreda en mi pelo y, aun así, solo puedo pensar en lo viva que me siento pedaleando bajo las estrellas y dejándome llevar por la magia del momento.

—¡Hemos llegado! —anuncia Ben frenando cuando, tras descender por una última cuesta, accedemos a una especie de zona empedrada que hace la función de pequeña cala.

Con la respiración todavía acelerada, no sé si más por el esfuerzo o por la emoción, me detengo a su lado y, apoyando ambos pies en el suelo para mantener el equilibrio, contemplo embelesada como el reflejo de la espléndida e inmensa luna llena arranca reflejos plateados a la oscura superficie del agua del río.

—¿Nos metemos? —pregunta el muy trastornado, tumbando su bicicleta en el suelo y sacándose las zapatillas, el jersey y los vaqueros a toda velocidad.

Antes de que pueda responder ya está adentrándose en el agua; se sumerge del todo y sale a la superficie salpicando a su alrededor y soltando un grito exultante mientras yo me quedo embobada observando como las gotas de agua descienden por su pecho y esa sonrisa sensual y juguetona que me deja fuera de juego y atontada.

—¡Ven! ¡Está buena y hacemos pie! —me anima.

Niego con la cabeza.

—¿Piensas quedarte ahí parada mirándome? —me reta.

—Me parece un buen plan —respondo en un tono de voz tan bajo que estoy segura de que no ha podido escucharme.

—¡No puedes cargarte la diversión!

—Yo me estoy divirtiendo —rebato.

—No seas así, tampoco querías venir en bici y no puedes negar que lo has disfrutado.

Observo el agua con cierto escepticismo; nunca he sido una persona demasiado acuática, me encanta el mar, pero para pasear por la orilla o meterme hasta la cintura a plena luz del día, eso de zambullirme en el río y de noche es otro cantar…

Sin embargo, tiene razón en algo: tampoco estaba convencida de lo del paseo en bici y me ha encantado, así que quizás sea el momento de ser un poco más espontánea y probar.

Suelto un bufido y, sin darle más vueltas, empiezo a quitarme la ropa a la vez que siento como sus ojos siguen el movimiento de mis manos, devorando cada partícula expuesta de mi piel, consiguiendo solo con ese pequeño gesto acelerarme la respiración y hacerme estremecer.

El agua fría acaricia mi cuerpo, entumeciéndolo, sin embargo, cuanto más me acerco a Ben, más calor siento. Me atrae como un imán al metal. Es como acercarme a un fuego con el que sé que me voy a quemar y, aun así, soy incapaz de dejar de avanzar.

Él recorre los metros que nos separan y su mano húmeda acaricia con delicadeza mi cara.

—Eres preciosa —susurra mientras sus imponentes ojos grises impactan en los míos y su boca atrapa mis labios en un beso hambriento tan cargado de necesidad y anhelo que me desarma por dentro.

Sus brazos rodean mi cintura, mis manos se aferran a su cuello, siento que me ahogo y el roce de su piel se convierte en mi tabla de salvación mientras la luna nos observa iluminando nuestra pasión desde el cielo.

Su respiración se acelera intentando alcanzar la velocidad de los latidos de mi corazón.

El deseo es lo único que se cuela entre su cuerpo y el mío cuando engancho las piernas a su cintura y, con sus manos en mis nalgas, en un movimiento lento y sin dejar de mirarme a los ojos, me penetra con seguridad y una lentitud premeditada.

Cada vaivén, cada roce, cada caricia, cada vez que se hunde en mi cuerpo llenándome por completo me hacen arden como si en vez de estar en medio de un río helado, me hallase en el centro de una hoguera, en medio de un delicioso fuego que me hace perder la cordura y entregarme a una locura ciega.

Sus jadeos y mis gemidos aumentan, cada centímetro de mi cuerpo grita su nombre y me dejo arrastrar por la indescriptible explosión que irradia a cada partícula de mi ser; un sentimiento, una sensación tan fugaz como eterna que me eleva hasta hacerme tocar con las puntas de los dedos todas y cada una de esas brillantes estrellas, haciéndome sentir que todo es posible, que el universo nos pertenece y que, a su lado, puedo incluso bailar entre ellas.