Capítulo 22 Hielo y fuego
Hielo y fuego
Uxía
Ben se queda pensativo, con la mirada perdida en las llamas que crepitan en la chimenea, y le doy unos segundos antes de tomar la siguiente carta.
Querida Greta:
Tengo tantas cosas que contarte que ni siquiera sé por dónde empezar.
Imagino que lo primero que debería hacer es disculparme por haberme ido sin avisar…
Lo siento, lo siento muchísimo, me encantaría haberme despedido, pero no encontré el valor para hacerlo y, si te soy sincera, tampoco me veía capaz de enfrentarme a ti cuando intentases disuadirme de mi propósito de venir aquí.
Vigo es una ciudad preciosa llena de rincones que merece la pena descubrir, yo lo estoy haciendo poco a poco y ¿sabes qué? He conocido a un chico. Se llama Antonio, es el hijo de los dueños del hotel en el que me hospedo y conduce un autobús.
Es alto, tiene el pelo rizado y castaño, los ojos marrones y una bonita sonrisa que me hace sentir especial…
Es curioso porque el día que cerré la puerta de casa por última vez pensé que había perdido mi capacidad de sentir, pero creo que poco a poco empiezo a recuperarla y, de ser así, sin duda es gracias a él.
El sábado por la tarde quedamos para dar un paseo y me sorprendió llevándome a un monte que está en medio de la ciudad.
Subimos por un sendero flanqueado por pinos, enormes robles, cedros y secuoyas gigantes…
Es un oasis, un paraje casi mágico que te permite sentirte en medio de la naturaleza sin salir del centro de la ciudad.
Lo que no sabía es que lo mejor estaba por llegar, porque, si el camino fue increíble, las vistas con las que me encontré al llegar al mirador ubicado en los restos de la muralla de la zona alta me robaron el aliento, la respiración y las palabras.
Me encantaría poder mandarte una foto, pero ambas sabemos que ni siquiera podrás recibir esta carta, ya que, por mucho que me apetezca mandarla, sería egoísta y peligroso. Nadie debe relacionarte conmigo, soy un riesgo para ti y, si algo tengo claro, es que jamás te pondría en una tesitura así.
Sin embargo, en un rincón de mi corazón albergo la esperanza de que algún día, por lejano que sea, volveremos a encontrarnos.
Te quiere,
tu amiga Marie.
—Ese lugar del que habla, sin duda, es el Castro —declara Ben—. Saber que mi abuela estuvo allí antes que yo me hace sentirla un poco más cerca.
Asiento.
Entiendo lo que dice; al leer las cartas de mi abuelo lo siento conmigo, es una sensación rara, pero cálida y bonita.
—Es triste saber que no quería mantener correspondencia con sus seres queridos porque lo consideraba peligroso, pero me hace feliz saber que sí pudo retomar el contacto con su amiga —anuncio, porque en verdad la situación que tuvo que vivir Marie me parece durísima.
Ben asiente frunciendo el ceño.
—No tengo ni idea de cuánto tiempo se mantuvieron separadas ni de cuándo se reanudó su amistad, pero desde que tengo memoria la tía Greta fue una constante en nuestras vidas —afirma.
—La siguiente carta es de mi abuelo… Es mucho más corta que las demás y algo extraña —anuncio abriendo mucho los ojos.
Vigo, 10 de febrero de 1947
Querida Marie:
—Si han pasado del «estimada» al «querida» es que la cosa empezaba a ponerse seria —dice Ben—. Estoy bastante convencido de que no era un apelativo que se usase a la ligera en aquella época.
Asiento y sigo leyendo.
Gracias por quedar conmigo el sábado, me lo pasé incluso mejor de lo esperado. Quizás no te parezca apropiado lo que estoy a punto de confesar, pero lo cierto es que desde el primer día en que te vi, sentí respecto a ti una conexión y una atracción inmediatas.
El tiempo pasa demasiado rápido cuando estoy junto a ti, querida Marie, los minutos se vuelven segundos y me encantaría detenerlos para tenerte un poco más junto a mí.
No obstante, me quedé preocupado al verte tan seria en el autobús esta mañana.
Solo quiero que sepas que puedes confiar en mí.
Me considero un hombre con buen criterio y de mente abierta, y ya me he formado una idea clara sobre cómo y quién eres.
Así que necesito que comprendas que, a pesar de que tú pienses lo contrario, nada de lo que puedas contarme, ni siquiera ese propósito secreto que te ha traído aquí, va a cambiar la opinión que tengo sobre ti.
Con aprecio,
Antonio
Vigo, 12 de febrero de 1947
Querido Antonio:
¡Cuando esta mañana en mi mesa del comedor me encontré con un baumkuchen no me lo podía creer! Ha sido un detalle precioso, ¿lo has hecho tú? De ser así, deberías plantearte dejar el autobús y dedicarte a la repostería, porque te quedó delicioso.
Muchísimas gracias por buscar la forma de acercarme un trocito de mi casa, aunque poco a poco este hotel se está convirtiendo para mí en un segundo hogar.
Yo también siento esa conexión de la que hablas en tu carta, sin embargo, dada mi situación, sería demasiado egoísta permitirte forma parte de mi vida cuando sé que va a volverse cada vez más complicada.
Dices que sabes quién y cómo soy, pero no es cierto, porque, por mucho que me pese, no solo soy yo, sino mi situación y mi contexto.
Me pides que confíe en ti; me encantaría hacerlo, pero soy consciente de que eso significaría un alto riesgo para los dos.
El camino que he decidido tomar es delicado, peligroso y doloroso, no sería justo involucrarte ni hacer que también tú padecieses las consecuencias de mi decisión.
Con afecto,
Marie
Vigo, 13 de febrero de 1947
Querida Marie:
Me complace anunciar que sí, el baumkuchen fue obra mía (aunque tengo que reconocer que tuve algo de ayuda). Cuando conseguí la receta, le pedí ayuda a Carmen, la chica que acaba de empezar a trabajar como ayudante de cocina, y ella me indicó cómo prepararlo.
No te voy a mentir, la elaboración fue complicada, pero mereció la pena solo por ver la preciosa sonrisa que iluminó tu cara al descubrirlo. Deberías sonreír más a menudo, no te imaginas el poderoso efecto que ejerces sobres el mundo cuando lo haces.
Tienes razón cuando dices que no conozco tu situación, pero sí que sé quién eres: una mujer valiente, ingeniosa y preciosa, de mirada intensa y sonrisa clara e inolvidable por la que estoy dispuesto a arriesgarme.
Dices que el camino que has elegido recorrer es delicado, peligroso y doloroso, y yo te digo que el peligro asusta menos y el dolor se vuelve más llevadero cuando no caminas solo.
No tienes que caminar sola, Marie, yo estoy aquí y, si me dejas, estoy dispuesto a ir a tu lado, paso a paso, bache a bache, solo tienes que confiar en mí.
Déjame demostrarte que merece la pena hacerlo. Si estás dispuesta a darme una oportunidad, nos vemos mañana catorce de febrero, a las once de la noche, en la esquina del parque de enfrente, justo detrás de la caseta del cebo.
Con afecto,
Antonio
—Esa Carmen de la que habla tu abuelo en la carta, la que le ayudó a preparar el baumkuchen , tiene que ser tu abuela —me dice Ben.
Asiento.
—Lo sé; tuvo que ser poco después de que ella empezase a trabajar en el hotel.
Imaginarme a mis abuelos cocinando juntos un pastel para otra mujer me genera sentimientos encontrados que decido ignorar.
Abro el siguiente sobre, deseando saber qué ocurrió después de la reunión en el parque, y alzo las cejas, sorprendida, al comprobar que la fecha es bastante posterior.
—¿Qué ocurre? —pregunta Ben al percatarse de mi extrañeza.
—Esta carta es del 14 de abril. Justo dos meses después de la anterior —le explico.
—¿No es un poco raro que estuviesen dos meses sin escribirse? —cuestiona.
—Habrá que leerla para salir de dudas —le digo aclarándome la voz para comenzar a leer la carta.
Vigo, 14 de abril de 1947
Querida Marie:
Sé que no debería escribirte, y que debo tener paciencia, pero estos dos meses quedando contigo han sido los mejores de mi vida. Llevo grabados en mi mente y en mi corazón cada uno de tus besos y cada una de tus sonrisas.
No puedo esperar a nuestra cita de mañana para saber si todo ha ido bien con H.
Estoy seguro de que con tu inteligencia y gracia natural habrás sabido arreglártelas a las mil maravillas, pero, aun así, me consume por dentro el hecho de tener que dejarte sola y no poder acompañarte.
Cuando no estoy a tu lado, te echo tanto de menos que siento que me falta el aire. Cada noche me duermo con la esperanza de verte en mis sueños y me despierto todavía con más ganas de escuchar tu voz, besarte y abrazarte.
Siempre tuyo,
Antonio
—Caramba, por lo que se ve, la cita del parque fue bien —murmura Ben.
—Eso parece —concedo frunciendo el ceño, porque una parte de mí se siente un poco incómoda imaginando a mi abuelo con unos sentimientos tan intensos por otra mujer que no fuera mi abuela.
—¿Tú abuela… fue feliz con su marido? —inquiero.
—Por lo que sé, sí, pero mi abuelo murió cuando mi madre era pequeña y, después de eso, ya no volvió a tener ninguna relación estable con nadie.
Es triste imaginarlo; mis abuelos, al menos, pudieron disfrutar de un matrimonio largo y feliz. Siento que Marie no tuviese esa oportunidad.
—¿Quién será el tal H? —pregunto al releer esa parte de la carta.
Ben se encoge de hombros y, con la esperanza de salir de dudas, abro el siguiente sobre.
Vigo, 14 de abril de 1947
Querido Antonio:
A mí también me habría encantado tenerte conmigo, pero los dos sabemos que no puede ser.
La reunión con H ha ido bien. Al principio parecía un poco receloso, pero creo que finalmente he conseguido ganarme su confianza, ahora solo toca esperar y ver cómo avanza todo.
No me siento orgullosa de lo que estoy haciendo, pero colaborar con ellos es el precio para garantizar la seguridad de mi madre, y ella es la única familia que todavía conservo. Debo protegerla, ya que no pude hacer lo mismo por mi padre.
No sabes la falta que me haces; cuando estaba sentada frente a H, escuchando todas las barbaridades que decían él y los otros, mi cabeza estaba allí, sin embargo, mi corazón latía solo por ti.
Estoy deseando verte mañana, sueño con que llegue un momento en que podamos vivir este amor con libertad, sin tener que fingir ni escondernos.
Te quiere,
Marie
Vigo, 15 de abril de 1947
Querida Marie:
Nuestra cita de hoy se me ha hecho demasiado corta, y eso me ha hecho pensar que quizás sí haya un sitio en el que podamos estar juntos sin escondernos, un refugio solo para ti y para mí.
Si estás dispuesta a escaparte unos días conmigo mientras esperamos a tu próxima reunión con H, me encantaría llevarte allí.
Es una casita que mis padres tienen en el pueblo, en una zona tranquila y apartada.
Ellos solo van en verano una semana, así que podremos estar juntos sin preocuparnos, sin tener que ocultarnos de las miradas; es cierto que hay vecinos, pero la gente del pueblo va a lo suyo y, sin ninguna duda, tendremos mucha más intimidad que aquí, en el hotel, donde cada segundo hay gente por doquier.
Deseando tenerte de nuevo entre mis brazos.
Siempre tuyo,
Antonio
—Así que es cierto que mi abuela estuvo aquí… —susurra Ben con aire pensativo.
—¿Lo dudabas? —cuestiono, pues para mí eso es un hecho.
—A estas alturas ya dudo de todo y de nada —murmura dirigiendo la mirada hacia la ventana, a través de la que se filtra la luz de la luna llena—. Sé que se ha hecho tarde y que ya no se ve bien, pero me gustaría seguir leyendo.
—A mí también —reconozco—. Yo también quiero saber qué sucede a continuación.
Saco la siguiente carta del sobre y me dispongo a seguir conociendo la misteriosa historia de mi abuelo y Marie.
Vigo, 30 de abril de 1947
Querida Marie:
No te haces una idea de lo mucho que me cuesta volver a la rutina y a esa desesperante normalidad en la que siento que cada día me ahogo sin ti.
Los diez días que pasamos en el pueblo me han hecho comprender lo que es amar sin reservas y entregarse sin medida.
No sabía lo predecible y aburrida que era mi vida hasta que te conocí, pensaba que vivía y en realidad me limitaba a sobrevivir.
Sé que quieres protegerme, que temes que tu pasado y las consecuencias de tus acciones me afecten y, sin embargo, a lo único a lo que yo le tengo miedo es a tener que pasar un solo día más sin ti.
Anhelo el momento de volver a tenerte entre mis brazos; sé que será pronto, que encontraremos la manera de estar juntos y, mientras eso no sucede, no dudes que siempre estoy pensando en ti.
Siempre tuyo, te quiere,
Antonio
Ben suelta un silbido y alzo los ojos hacia él.
—La cosa se puso intensa. —Lo que había entre los dos no fue un romance pasajero, fue amor del bueno.
—Se ve que sí. —Mi respuesta un tanto escueta le llama la atención.
—¿Ocurre algo? —se interesa de inmediato.
Niego con la cabeza.
Él se pone en pie y, acercándose a mí, se sienta a mi lado y rodea mis hombros con uno de sus brazos.
—Venga, suéltalo —me pide con voz suave.
No tengo frío, la temperatura en el salón es agradable, pero el calor que desprende su cuerpo produce en mí un efecto relajante y, sin dudarlo, me acomodo en su costado, refugiándome en él.
—Me cuesta imaginar a mi abuelo sintiendo algo tan fuerte por otra mujer… Él miraba a mi abuela con veneración, siempre pensé que ella había sido el amor de su vida y ahora me doy cuenta de que quizás no —susurro.
Ben se queda pensativo durante unos momentos y, cuando vuelve a hablar, su voz suena cálida y cercana.
—Eso no tiene por qué ser así. ¿Quién dice que no pudo sentir algo profundo y verdadero por las dos?
—Me vuelvo hacia él y sus indescifrables ojos grises me atrapan en el instante en que mi mirada cae sobre ellos—.
Hay personas que nunca llegan a descubrir lo que es el amor, hay otras que se enamoran una vez en la vida, sin embargo, yo creo que existe una pequeña minoría afortunada que tiene el corazón inmenso y la suerte de disfrutar de ese sentimiento tan poderoso más de una vez en la vida.
Me gusta imaginar que ese fue el caso de ellos dos.
—¿Dónde está ahora ese chico frío y de hielo? —pregunto con ternura acariciando su mejilla con la palma de la mano.
—No hay capa de hielo lo suficientemente dura como para resistirse al calor, y lo que siento por ti es puro fuego —murmura.
Mi corazón se acelera un par de latidos y mis labios ascienden en busca de los suyos, que me reciben con una mezcla de dulzura y excitación que me revoluciona el pulso y me acelera la respiración.
Por un momento me olvido de las cartas, del pasado y del futuro; por un instante, solo existimos él y yo.
Mis dedos acarician su pelo, los suyos recorren mi cadera y, antes de que pueda darme cuenta, estamos tumbados sobre la manta, iluminados por el fuego, intercambiando besos, jadeos, caricias y miradas. Juntando piel con piel, fundiendo nuestros cuerpos en uno y entrelazando nuestras almas.