Capítulo 21 Genciana y magnolia
Genciana y magnolia
Ben
Estamos sentados sobre una manta, delante de la chimenea, mientras saboreamos los bocadillos que Uxía ha preparado en la cocina. El ambiente del salón es agradable, el calor resulta reconfortante, pero es su compañía lo que me hace sentir en casa.
Me cuesta aceptar que una persona que conozco desde hace tan poco tiempo pueda tener un efecto tan aplastante sobre mí, pero es así.
Me gusta hablar con ella, hacerla reír, bucear en su mirada; a su lado incluso los silencios se vuelven íntimos y placenteros…
Eso por no hablar del otro tipo de emociones que despierta en mí.
Ahora, por ejemplo, necesito echar mano de toda mi fuerza de voluntad para evitar que mis ojos viajen directos a sus piernas expuestas y para controlar el impulso de abalanzarme sobre ella y arrancarle esa camiseta mía que tan bien le queda y que todavía lleva puesta.
—¿Preparado? —pregunta sacudiendo las migas de sus manos tras tragar el último bocado.
Asiento y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, intento concentrar toda mi atención en su voz y no en cómo sus labios brillan a la luz de las llamas convirtiéndose en una peligrosa tentación.
—Este sobre tiene el nombre de mi abuelo escrito en la solapa —anuncia.
Ese dato hace que por fin me centre y, cuando saca la hoja y comienza a leer, consigo dejar de pensar en todo lo que me gustaría hacer con ella sobre esta manta y prestar atención a sus palabras.
Vigo, 22 de enero de 1947
Estimado Antonio:
Gracias por interesarte por mi estado en el autobús esta mañana. Mi salud, por suerte, es óptima, aunque reconozco que estos últimos días han sido complicados, imagino que es normal sentir este vacío en el pecho cuando lo has dejado todo atrás.
Tal y como me recomendaste, hoy por la tarde me animé a coger el tranvía para visitar la zona de Bouzas, y estabas en lo cierto al afirmar que recorrer el lugar me sentaría bien.
Había decenas de barquitas de diferentes colores y tamaños varadas en una arena tan blanca y fina que la luz del sol la hacía brillar casi hasta deslumbrar.
No pude evitar quitarme los zapatos para sentir su tacto entre los dedos de mis pies y, con ellos en la mano, paseé por medio de todas ellas preguntándome qué historias esconderían y cuántos recuerdos guardarían.
También recogí alguna que otra concha nacarada a la que los rayos del sol le arrancaban bonitos destellos en tonos rosados y ámbar.
Me entretuve viendo como algunas mujeres limpiaban los peces y otras remendaban las infinitas redes, y después me adentré en su iglesia, me senté en el último banco de madera y me quedé allí durante mucho tiempo, muy quieta.
El silencio que se respira entre sus muros me resultó sobrecogedor, sin embargo, también fue de lo más liberador.
No obstante, si tuviese que elegir una sola cosa, sin duda, lo que más me gustó fue disfrutar de la intensidad que adquiere allí el olor del mar.
Aspirar la brisa marina es una sensación diferente a todas las demás; cuando ese inconfundible olor a vida se cuela dentro de ti te hace sentir libre, olvidarte del resto del mundo y llenarte de paz.
¿Nunca has pensado en todos los secretos que debe de esconder ese infinito océano en su inmensa profundidad?
Con mis mejores deseos,
Marie
La siguiente carta es diferente, porque es la primera que no está escrita por mi abuela, sino para ella.
—Es la letra de mi abuelo —murmura Uxía acariciando el papel con cariño mientras contempla la cuidada caligrafía.
Sus ojos se humedecen.
Vigo, 23 de enero de 1947
Comienza a leer y su voz sale algo temblorosa a causa de la emoción.
Estimada Marie:
Me he decidido a contestarte por escrito porque durante el trayecto del hotel hasta el colegio alemán no disponemos de demasiadas posibilidades de hablar.
Tanto los escasos minutos que discurren entre las paradas y el destino como la cantidad de personas que viajan con nosotros hacen que sea complicado mantener una conversación.
Celebro que te haya gustado la visita que te recomendé.
Bouzas es un barrio pesquero de personas humildes y trabajadoras que, si bien mantuvo su independencia hasta mil novecientos cuatro, ya está completamente asentado e integrado dentro de la ciudad.
Es una de las zonas donde de verdad puede interiorizarse la vida del pescador y de todos los oficios que dependen del mar.
Hablando de oficio… ¿Qué tal en el colegio? Imagino que trabajar allí es una forma de sentirte más cerca de tu país y de tu hogar.
En cuanto a tu pregunta… Voy a responderte con otra. No me dirás que eres una de esas personas que creen en sirenas, seres submarinos y demás fábulas marinas, ¿verdad? No me pareces ese tipo de chica…
Con mis mejores deseos,
Antonio
Sin siquiera mirarme, Uxía coge la siguiente carta y continúa leyendo, enganchándonos a ambos a una historia que, aunque no nos pertenece, creo que los dos empezamos a sentir como un poco nuestra.
Vigo, 24 de enero de 1947
¿Lo dudas? Por supuesto que creo en sirenas, tritones y hasta en el monstruo del lago Ness.
¿Sabes cuántos kilómetros de fosas submarinas le faltan al ser humano por explorar? A saber lo que esconderá todo ese terreno desconocido.
Por si te lo preguntas, también estoy segura de que, en algún otro planeta, lejos del sistema solar y del universo que nosotros conocemos, debe de haber vida, probablemente, con una inteligencia muy superior a la nuestra.
En cuanto a tu otra pregunta… Sí, poco a poco me adapto al colegio, los primeros días solo servía como apoyo a una profesora, ahora trabajo con tres. Dos de ellas son bastante amables, la tercera, sin embargo, parece un general del ejército.
El idioma, la comida que sirven en el comedor, las normas…
Todo eso lo conozco, forma parte de quien siempre he sido; sin embargo, ha pasado mucho, demasiado tiempo, desde antes incluso de irme de Alemania, desde la última vez que me sentí cerca de casa.
Hace mucho que perdí mi sitio y comprendí que no pertenezco a ningún lugar.
Con mis mejores deseos,
Marie
Vigo, 27 de enero de 1947
Estimada Marie:
Estabas especialmente seria a la hora del desayuno en el comedor y durante el trayecto de esta mañana. No pude evitar fijarme en que tu mirada se veía perdida mirando a través de la ventana, y eso me hizo pensar en lo que escribiste en tu anterior carta.
Lamento tus palabras… Son sentimientos duros y creo que equivocados.
En mi humilde opinión, nadie pertenece a un lugar, es al contrario: son los sitios, los momentos y los recuerdos los que nos pertenecen, nos curten y forman parte de nosotros.
Te propongo algo. Cierra los ojos y piensa durante unos segundos…
¿Qué era lo que más te gustaba de vivir en Alemania?
¿Cuáles eran esas cosas que siempre echarás de menos y que solo podías encontrar allí?
Esas cosas son las que formaban tu verdadero hogar.
¿Podrías compartir conmigo cinco de ellas? Tus preferidas.
Uxía deja la carta cuidadosamente colocada dentro de su sobre y coge el siguiente para extraer la hoja de su interior y seguir leyendo con atención.
Vigo, 28 de enero de 1947
Apreciado Antonio:
Acepto el reto.
En realidad, lo que más voy a extrañar no son cosas extrañas ni demasiado complicadas.
La familia de mi padre proviene de un pueblecito montañoso, allí florece la genciana azul. Es una flor de color intenso que cubre los valles de esa zona. Siempre que podíamos mi padre y yo nos escapábamos a dar largos paseos y nos tumbábamos sobre ese manto azul mirando el cielo.
Es mi flor preferida, en España no la hay y sé que voy a echar de menos disfrutar de su bello color.
O sentarme en el suelo del salón el domingo por la tarde comiendo un trozo de baumkuchen, mi postre preferido, mientras mi madre teje al lado de la ventana; navegar en nuestra pequeña barquita por el río con mi padre; el olor del perfume de mi madre inundando la habitación o salir a pasear con mi amiga Greta.
Siempre conseguíamos un hueco para escaparnos los fines de semana, nos encantaba recorrer las calles, nos sentábamos en un banco viendo pasar a la gente e imaginábamos cómo serían sus vidas, si estarían casados, tendrían familia, a qué se dedicarían…
Creo que esas pequeñas y simples escenas cotidianas son lo que más echo de menos, eso es lo que siempre voy a extrañar de mi hogar.
¿Qué hay de ti? Si tuvieses que renunciar a tu vida tal y como la conoces, ¿qué sería lo que más añorarías?
Con mis mejores deseos,
Marie
Uxía dobla con cuidado la carta, la vuelve a meter en el sobre y eleva sus ojos hacia mí.
—Mi abuela nos cocinaba el baumkuchen algunos fines de semana —confieso en voz baja.
La recuerdo preparándonos el delicioso postre en la cocina mientras tarareaba alguna canción y siento un pinchazo de nostalgia en el corazón.
—Puedo imaginarla haciendo todas esas cosas —añado adentrándome en sus ojos, que me observan con empatía—. Recorriendo esas praderas de las montañas, navegando por el río o inventándose la vida de la gente que pasaba por delante de ella con su amiga Greta.
—¿Alguna vez os habló de ella? ¿De Greta?
Asiento y un cálido recuerdo se abre paso en mi mente.
—Era muy cercana a la familia —reconozco—. Venía a visitarnos a Londres mínimo dos veces al año, en Navidad y verano. Mi hermano y yo incluso la llamábamos tía Greta.
—¿Y ella tampoco mencionó nunca nada de esto? —cuestiona señalando las cartas que sostiene sobre su regazo.
Niego con la cabeza. Si alguien tenía que saber algo de todo esto, sin duda, era Greta. Pero ella jamás habría contado nada, estoy convencido de que por nada del mundo hubiese traicionado a mi abuela.
—Si todavía vive, quizás podrías…
La interrumpo antes de que termine.
—Murió un par de años antes que mi abuela.
—Es una lástima. Estoy segura de que tu abuela la mantuvo al tanto de todo lo que pasó aquí, fuera lo que fuera. —Suspira, dando voz a lo que yo mismo pensé hace tan solo unos segundos.
—Opino lo mismo —reconozco.
Mis ojos se entrelazan con los suyos y, durante unos instantes, siento que su mirada arde más que el fuego de la chimenea.
—Sigamos —propone ella carraspeando para romper la tensión que comienza a extenderse entre los dos.
Del interior del sobre, además de una hoja doblada, saca una flor disecada. Los dos nos quedamos contemplándola hasta que Uxía la apoya con cuidado encima de la manta y centra su atención en la carta.
Vigo, 31 de enero de 1947
Estimada Marie:
Siento haberme demorado en responder a tu anterior carta, me hubiese gustado haber sido más rápido, pero necesitaba ver con mis propios ojos una imagen de la genciana azul y conseguirlo me costó varias visitas y unas cuantas horas de búsqueda en la biblioteca municipal.
Admito que mereció la pena, es una flor preciosa. Al verla cerré los ojos y, durante unos segundos, te imaginé tumbada sobre la hierba de una pradera plagada de ellas…
Lamento que aquí no tengamos gencianas azules, pero en su lugar te regalo esta magnolia blanca que yo mismo corté del árbol de la casa del pueblo de mi familia y sequé durante la primavera pasada.
Su color no es tan vivo como el de la genciana, pero si pudieses disfrutar del aroma que desprende, estoy seguro de que te enamorarías de ella al instante.
Tampoco pretendo suplantar a tu amiga Greta, pero, si me concedieses la oportunidad, este fin de semana me encantaría salir a recorrer las calles de la ciudad contigo… Quién sabe lo que podemos encontrar o las historias que podríamos imaginar.
Atentamente,
Antonio
—Deduzco que en este momento de la historia fue cuando empezaron a quedar —murmuro.
Me alegro de que mi abuela encontrase a Antonio, debió de pasarlo muy mal, no tuvo que ser nada fácil para ella verse sola en un país desconocido, sobre todo, en una época en la que no existían ni los móviles ni las redes sociales y las comunicaciones no eran ni por asomo tan rápidas ni sencillas como ahora.