Capítulo 18 Dos cartas y un «lo siento»
Dos cartas y un «lo siento»
Ben
Cuando abro los ojos y me desperezo, descubro que Uxía ya no está en la cama.
Por lo visto, al contrario que yo, se ha despertado temprano, aunque, para ser justos, en mi defensa tengo que decir que estoy bastante seguro de que ella no se tira horas y más horas sin conciliar el sueño cuando nos vamos a dormir, con los ojos abiertos de par en par y en tensión, tratando de no moverse demasiado para no rozar ni un centímetro de su cuerpo en la cama.
Y no es porque me sienta incómodo a su lado, o puede que sí, pero solo porque tenerla tan cerca despierta sentimientos en mí que no puedo ni quiero permitirme sentir.
La atracción puedo manejarla, sin embargo, la calidez que inunda mi pecho y esa puñetera sensación que me hace perder el hilo de mis pensamientos y parecer medio tonto cada vez que su mirada se cruza con la mía…
Esas son cosas que no estoy preparado para controlar, por eso intento huir de ellas como si estuviese empapado en gasolina y tuviese un pirómano con un mechero encendido corriendo detrás.
Me siento en el lateral de la cama y me paso una mano por el pelo, revolviéndolo, antes de coger el móvil que tengo en el suelo para ver la hora en la pantalla.
Ya pasan de las nueve y media de la mañana, tengo dos mensajes de Finn y una llamada de mi madre; el primero, sin duda, está deseando saber si he encontrado alguna de las respuestas que he venido a buscar, la segunda solo querrá corroborar que sigo vivo, así que, como el buen hijo que soy, les doy a ambos los buenos días por el grupo de WhatsApp familiar.
De las cartas a Finn decido no contarle nada por el momento, porque sé que, si se entera de que las hemos encontrado, lo voy a tener todo el día interrogándome pegado al teléfono.
En cuanto empiezo a bajar las escaleras, vestido con la misma ropa con la que he dormido y descalzo, caigo en la cuenta de que, dado el estado de la madera y la cantidad de astillas levantadas y sueltas, igual no ha sido mi mejor idea.
Con cuidado de no clavarme ninguna, llego al piso inferior y me dirijo a la cocina.
Además de madrugar, Uxía sí ha tenido tiempo de cambiarse de ropa.
Viste unos vaqueros ajustados y un jersey de color azul; lleva el pelo suelto, algo alborotado, sus mejillas tienen un saludable color rosado y, aprovechando que está distraída sirviéndose una taza de café, la recorro furtivamente de arriba abajo.
Al parecer, no soy tan silencioso como pensaba, porque ella se vuelve hacia mí con una sonrisa para ofrecerme la taza de café que acaba de servir antes de coger otra taza para ella.
—¿Listo? —pregunta, y no hace falta que especifique más para saber a qué se refiere.
—Todo lo que puedo estarlo —admito, y después le doy un sorbo a la bebida, que baja caliente por mi garganta.
—¿Por qué no salimos y nos sentamos debajo del árbol? La temperatura es agradable y la luz, mucho mejor que en casa —propone.
Asiento y me dispongo a coger la caja de Cuétara mientras ella abre la puerta.
En cuanto los dos estamos sentados debajo del magnolio, la abro, saco el libro y se lo entrego.
—Vamos allá —murmura abriéndolo con cuidado. A continuación, pasa la primera hoja y saca el segundo sobre.
—Es otra carta a su madre —me dice después de pasear durante unos segundos los ojos por el texto.
Vigo, 4 de enero de 1947
Querida mamá:
Está mañana, cuando los primeros rayos del amanecer acariciaban la superficie de la hermosa ría de Vigo, por fin hemos atracado en el puerto.
Tengo que reconocer que, desde que puse un pie en el barco en Hamburgo para empezar mi viaje, la semilla de un miedo atroz germinó en mi pecho, enraizándose con fuerza y ramificando de tal forma que ni siquiera podía ver la cegadora luz del sol cuando, para matar las interminables horas y calmar mi ansiedad, daba largos paseos por la cubierta.
No obstante, esta mañana, al pisar por primera vez el suelo de la ciudad que a partir de hoy se convertirá en mi hogar, sentí que al menos una parte de esas ramas habían sido cortadas, dejando pasar de nuevo la claridad y permitiéndome respirar esa brisa marina con olor a sal que huele a renacer, a comienzo y a oportunidad mientras caminaba entre las afanosas mujeres que remendaban las redes y los endurecidos hombres que descargaban la pesca de los barcos que, al igual que el nuestro, acababan de llegar.
La vida de las personas que viven del mar es dura, sus manos encallecidas y su piel tostada por el sol es buena muestra de ello, sin embargo, sus sonrisas lucen llenas de alegría, de optimismo, y sus miradas no reflejan miedo, sino la esperanza que les regala la posibilidad de vivir un nuevo día.
Ambas sabemos que el miedo es atroz y que, si lo dejas, te devora poco a poco por dentro.
¿Sabes cuánto hacía que no veía unos ojos limpios de ese sentimiento?
En las calles se respira vida, libertad… Y eso es suficiente para que me sienta satisfecha por los pasos que voy a dar.
Sé que no estás de acuerdo conmigo, que te he defraudado y que piensas que mi forma de hacer las cosas está mal, y puede que tengas razón, pero fue la única que encontré, la única de seguir adelante, y por ello no me arrepiento de mi decisión.
Te quiere, tu hija,
Marie
Uxía
Permanezco con la mirada fija en la página durante tanto tiempo que las letras comienzan a bailar ante mis ojos.
—Sigue leyendo —me pide Ben en voz baja.
Parpadeo un par de veces y asiento muy despacio, a la vez que guardo esa hoja dentro del sobre y cojo la siguiente carta.
Me sorprende ver que, aunque, al igual que ocurría con las anteriores, en el sobre no aparece ninguna dirección de envío, el texto no va dirigido a su madre, sino a su padre.
Una ráfaga de aire mueve las ramas superiores del árbol, envolviéndonos en la exuberante e inconfundible fragancia de las magnolias, y me tomo unos segundos para inspirar con fuerza y deleitarme con él.
Es increíble lo mucho que un olor puede transportarte a un momento puntual de tu pasado o traer al presente un recuerdo olvidado.
Me aclaro la voz y comienzo a leer de nuevo.
Vigo, 5 de enero de 1947
Querido papá:
Ayer, cuando llegué a Vigo, dediqué un par de horas a pasear por las calles más próximas al puerto y, sin proponérmelo, fui a terminar delante de lo que resultó ser un hotel familiar.
No era demasiado grande, tenía tan solo cinco plantas, sin embargo, su fachada de piedra, ornamentada con algunos detalles de la zona trabajados en el mismo material, era espectacular.
En cuanto la vi, lo primero en lo que pensé fue en lo mucho que a ti te habría gustado, y tuve la seguridad de que, de alguna forma misteriosa e inexplicable, habías sido tú quien me guio hasta allí.
Te sentí a mi lado, cerré los ojos y casi pude escuchar tu voz emocionada comentando los exquisitos detalles que lo formaban mientras me tomabas de la mano, y fue exactamente eso lo que me empujó a entrar.
Al hacerlo, enseguida comprendí que había encontrado mi lugar, pues, en cuanto la mujer de pelo castaño vestida de forma sencilla pero elegante que se encontraba detrás del mostrador me dedicó aquella sonrisa cálida, amigable y familiar, supe que estaba donde me correspondía y que ese pequeño hotel estaba destinado a convertirse en parte de mi historia, en mi hogar.
Acordé el pago mensual de una habitación con baño y la misma mujer, que resultó llamarse Asunción y ser la propietaria, me guio por una bonita escalera de madera hasta el segundo piso para acompañarme a mi cuarto.
Nunca he creído en las señales, pero te juro que, cuando me quedé sola, me pareció oler tu perfume, ese que usabas cada día antes de salir de casa, impregnando cada rincón de la habitación.
La emoción de sentirte tan cerca y saberte tan lejos me sobrepasó y, con los ojos llenos de lágrimas, me tumbé en la cama echándote de menos, recordando tu última sonrisa, ese último beso que me diste, maldiciendo el momento en que saliste por la puerta y preguntándome si desde ahí arriba, donde quiera que estés, serás capaz de perdonarme, porque de lo que no tengo ninguna duda es de que, a pesar de mis decisiones, pase lo que pase y haga lo que haga, tú sigues y seguirás queriéndome.
Te extraña y te quiere, tu hija,
Marie
Ningún sobre tiene dirección, lo que quiere decir que Marie nunca tuvo intención de enviar las cartas.
Lo coloco de nuevo en su sitio y cierro los ojos y el libro a la vez; los primeros, para contener las lágrimas, el segundo, porque necesito un momento para digerir la soledad y el sentimiento que hay volcados en esa carta.
—No sé lo que tu abuela vino a hacer a Vigo, pero estoy segura de que fue una mujer muy valiente que se atrevió a luchar contra sus propios fantasmas —asevero.
—La traición no es valentía, sino un síntoma de cobardía —me rebate con dureza.
Elevo la mirada hacia él y distingo una mezcla de decepción y anhelo bañando su bonito rostro.
—No puedes hablar así —lo regaño, zambulléndome en esa mirada gris que ahora se ve perdida y angustiada—. No después de todo el sufrimiento que se percibe en sus palabras.
Me acerco un poco más a él y, al posar mi mano sobre la suya, siento un cosquilleo recorriéndome la piel.
Sus ojos se oscurecen y la tormenta que los satura se vuelve más oscura, peligrosa e impenetrable.
Trago saliva e intento concentrarme; no es el momento de que mis neuronas se pongan a babear, necesito que vuelvan a funcionar.
—No todo es blanco o negro, hay una enorme gama de grises en medio de esos dos colores. —Intento que él lo vea como yo, necesito que abra la mente, que intente sentir lo que transmiten esas letras antes de formarse una idea equivocada sobre su abuela.
—No cuando se trata de algo como esto —murmura con pesar sosteniéndome la mirada.
—No te cierres en banda, no se puede juzgar una historia solo por las primeras páginas. Solo conocemos el prólogo de esta historia. —Mi voz suena firme, aunque menos de lo que me gustaría.
—¿Crees que el nudo puede hacer que cambie el resto de la historia? —cuestiona entre susurros aproximándose un poco más.
Estamos cerca, demasiado cerca, tanto que, cuando su aliento acaricia mi piel, siento que necesito probar sus labios más de lo que necesito respirar.
Así que lo hago; detengo la razón y el sentido común y, dejándome llevar por un impulso que nace en algún rincón profundo e inexplorado de mi corazón, recorro los dolorosos centímetros que nos separan y acaricio su boca con la mía.
Es un contacto suave, pero el impacto en mi cuerpo es brutal, tanto que, avergonzada y superada a partes iguales por lo que acaba de pasar, me aparto de golpe, me pongo en pie de un salto dejando caer el libro al suelo y, nerviosa, pronuncio un casi inaudible «lo siento» antes de salir disparada en dirección a la casa sin mirar atrás.