Capítulo 17 Un hueco y una caja
Un hueco y una caja
Ben
El corazón me late con violencia dentro del pecho y contengo la respiración.
—¿Crees que dentro están las cartas? —La voz de Uxía es apenas un susurro.
—Tendremos que abrirla para averiguarlo —respondo en un tono similar.
Con un cuidado extremo, como si estuviésemos maniobrando con una bomba y cualquier movimiento en falso pusiese hacerla explotar, intentamos levantar la tapa.
Al principio nos cuesta porque, debido al paso de los años, está dura y atascada, pero al final somos capaces de deslizarla hacia fuera, dejando a la vista el interior de la caja.
Exhalo con fuerza cuando mis ojos topan con un libro en su interior. Sus cubiertas son de tapa dura, están algo cuarteadas y son de color marrón.
—Eme ese —murmura Uxía leyendo en voz alta las dos letras que se encuentran en el centro de la portada y que, aunque antaño debieron de ser de un dorado brillante, ahora lucen bastante más apagadas.
—Son las iniciales del nombre y el apellido de mi abuela. Marie Stern —declaro pasando con suavidad la yema de mi dedo índice sobre ellas.
No puedo dejar de mirarlas, soy incapaz de apartar mis ojos de esas dos letras mientras un sentimiento cálido y lleno de nostalgia me embarga, porque de alguna manera, después de tantos años echándola de menos, recordándola y pensando en ella, siento que he recuperado una parte de mi abuela.
Saco con cuidado el libro de la caja y, para mi sorpresa, al abrirlo descubro que solo tiene un par de páginas en blanco que esconden un hueco profundo en el que, atado con un cordel de lana azul claro, se esconde un gran manojo de sobres…
—Las cartas… —murmuro sin poder apartar la mirada. Me dispongo a sacarlas de su escondite cuando la mano de Uxía se posa sobre mi hombro.
—Espera —me pide.
Me vuelvo hacia ella y descubro un mar de dudas reflejado en su rostro.
Ella se muerde el labio inferior; me tenso porque ese gesto no puede traer nada bueno y aguardo impaciente durante los segundos en que sus ojos vuelan al interior de la caja.
—¿Estás seguro de que quieres abrirlos? —me pregunta cuando su mirada vuelve a impactar en la mía.
—Por supuesto que sí, para eso vinimos hasta aquí, esto es lo que hemos estado buscando —respondo con seguridad—. ¿Tú no?
Me muestro asombrado y un tanto confuso porque, a pesar de que sé que ella tuvo sus dudas antes de acceder a venir, una vez lo hizo, en mi mente el plan estaba claro: paso uno, venir a la casa del pueblo, paso dos, encontrar esas cartas y paso tres, leerlas para intentar despejar todas esas dudas para las que no tengo respuestas.
—No lo sé —confiesa vacilante.
La contemplo como si acabase de chocarme de frente con un muro invisible y el golpe me hubiese dejado atontado.
—No te entiendo —afirmo frunciendo el ceño—. No me puedo creer que no sientas curiosidad por conocer la historia que se esconde en estas cartas.
Ella suspira con pesar.
—Por supuesto que quiero —replica—. Lo que ocurre es que en parte siento que estamos traicionando su memoria porque, sea lo que sea lo que se escribieron, está claro que no querían compartirlo con los demás, era una correspondencia privada, por eso la guardaron aquí.
Valoro sus palabras y un peso incómodo se acomoda en mi pecho.
—Puede ser —concedo—. O tal vez solo las escondieron porque no podían compartirlas en ese momento.
Ella no parece convencida.
—Plantéatelo de esta forma —insisto—. Quizás leer esas cartas no sea traicionarlos, sino darles una segunda vida a los momentos que compartieron.
—Supongo que igual tienes razón —admite.
Además —añado—, te recuerdo que hasta tu abuela está de acuerdo en que las leamos, de hecho, fue ella quien nos mandó aquí a buscarlas.
—Es cierto, pero, incluso así, creo que deberíamos tomarnos algo de tiempo para pensarlo —me propone, porque es evidente que, a pesar de mis intentos por sonar convincente, no lo tiene del todo claro.
Quiero saber qué fue lo que ocurrió, por qué mi abuela se pasó meses en Vigo, qué pintaba esa esvástica en su brazo y, sobre todo, necesito saber el motivo por el que nunca lo mencionó. Pero tengo claro que no puedo hacerlo si ella no está de acuerdo, porque esto no solo me incumbe a mí.
—¿Qué te parece si nos tomamos un par de horas a solas para pensarlo por separado y, después de cenar, nos sentamos delante de la chimenea y los dos exponemos nuestro punto de vista y la conclusión a la que hemos llegado? —le propongo.
—Estoy de acuerdo —asiente a la vez que sus facciones se relajan—. Me parece justo.
—Perfecto —sonrío—. Dejaré la caja encima de la mesa del salón y no volveremos a tocarla hasta entonces.
Me pongo en pie y salgo de la habitación; no creo que mi opinión cambie, pero comprendo que Uxía tiene todo el derecho a pensarlo con calma y tomar su propia decisión.
No cenamos juntos, cada uno se toma su propio espacio. Desde la ventana de la cocina la veo sentada bajo el magnolio; tiene la espalda apoyada en el tronco, un trozo de empanada en la mano y semblante pensativo.
El aire mueve su pelo suelto, por lo que, de vez en cuando, molesta, hace el gesto de colocar un mechón detrás de la oreja.
Nunca me ha molestado la soledad, de hecho, me gusta y la disfruto, estoy acostumbrado a pasar tiempo a solas y eso hace que en este momento me resulte todavía más confuso el hecho de que ahora mismo, al mirarla, en lugar de en el contenido de las cartas, lo único en lo que soy capaz de pensar es en las ganas que tengo de salir ahí fuera y sentarme a su lado para escucharla reír o hablar con ella.
Me siento estúpido, noto que una parte de mí está cambiando desde que llegué aquí, es como si ese hielo que rodea mi corazón desde que Kate me traicionó poco a poco se estuviese derritiendo, como si ella lo estuviese derritiendo, y no tengo claro si estoy del todo de acuerdo con que eso pase ni cómo me hace sentir.
Intento desviar mi atención de ella y centrarme en lo que ahora debería resultarme importante: ¿Quiero conocer el contenido de esos sobres?
Por supuesto que quiero; más que un deseo, es una necesidad, aunque hacerlo lleve implícita la posibilidad de descubrir algo que no quiero.
Uxía
Al igual que ayer, estamos sentados sobre una manta delante de la chimenea, ya hemos terminado de cenar (aunque esa es una forma de hablar, porque ninguno de los dos ha comido casi nada) y ambos permanecemos con la mirada fija en la caja.
—¿Qué piensas? —Su voz suena suplicante—. ¿Quieres hacerlo?
Levanto la mirada hasta toparme con la suya, inquisitiva y expectante.
—Creo que estoy a punto de atentar contra la intimidad de mi abuelo —afirmo con convicción, porque no puedo evitar pensar que eso es una realidad—.
Sin embargo —añado—, también pienso que conocer esa parte de su historia puede conectarme más con él, con su recuerdo, y eso es bonito.
—Hago una pausa y continúo hablando entre susurros—.
Lo echo de menos y esas cartas pueden ser una forma de volver a tenerlo cerca, de sentirlo conmigo de nuevo.
Su mirada se vuelve más oscura e intensa.
—Yo necesito comprender… —murmura.
Durante unos segundos, los dos volvemos a centrar toda nuestra atención en la caja, en completo silencio, sin mover ni un solo músculo del cuerpo.
—Allá vamos… —susurra Ben, abriéndola para sacar el grueso libro de su interior.
Inspira con fuerza y me lo tiende con solemnidad.
—¿Quieres hacer los honores?
Asiento y lo cojo con cuidado, como si temiese que las páginas pudieran deshacerse entre mis manos.
Acaricio la cubierta cuarteada y cierro los ojos durante unos segundos al sentir su tacto áspero contra las yemas de mis dedos.
A continuación, lo abro despacio, paso esas dos primeras páginas en blanco y, al llegar al hueco, deshago el lazo de lana.
Observo el montón de sobres. El papel está amarillento, pero la tinta permanece en buen estado y la caligrafía es cuidada y legible.
El aire abandona despacio mis pulmones y, con manos temblorosas, cojo el primero y lo abro.
—¿Preparado? —le pregunto a Ben, quien asiente apretando los puños con fuerza a ambos costados de su cuerpo.
—Todo lo que lo puedo estar —responde con solemnidad.
Comprendo lo que quiere decir.
—Esta es para su madre —especifico unos momentos después, cuando mis ojos recorren la primera línea, elevando los ojos hacia él.
—¿De mi abuela?
—Sí. Me sorprende que esté escrita en castellano y no en alemán.
—Ella misma nos contó que, cuando abandonó Alemania, estaba dolida por todo lo que había ocurrido allí y durante muchos años quiso dejar atrás su cultura y su idioma.
—Comprendo, tuvo que ser duro.
—Por suerte, al cabo de los años consiguió reconciliarse con sus raíces.
Uxía asiente.
—¿La leo?
—No puedo esperar más —me contesta.
Inspiro con fuerza y me aclaro la voz para deshacer el nudo que se ha formado en mi garganta.
Querida mamá:
Entono con voz suave.
Desde que embarqué en el puerto de Hamburgo hasta que atracamos en Vigo, el viaje entero ha sido una odisea en la que, cuanto más avanzábamos, más se adentraban cada uno de mis pensamientos en el corazón de una tortuosa tormenta.
Las mareas parecían haberse aliado con tu enfado para desvelarme por las noches e impedirme conciliar el sueño, y la humedad del camarote se fundía con mis lágrimas y se colaba en mi pecho, entumeciendo hasta el más pequeño de mis huesos.
Se suponía que el trayecto duraría cuatro días, no obstante, tuvimos que parar en Cherburgo para reponer carbón, y eso lo hizo más largo todavía, transformando los segundos en minutos y las horas en días que no hacían más que prolongar mi soledad y mi agonía.
Reconozco que la tristeza y las lágrimas han sido mis más fieles compañeras de travesía, las que han estado siempre presentes, ganando protagonismo según me alejo de ti y consiguiendo que las dudas se apoderen de mí y me hagan preguntarme si estaré haciendo lo correcto o si, por el contrario, tal y como tú me dijiste antes de partir, estoy renunciando a mis raíces y esto se va a convertir en mi losa personal y en el mayor error de mi vida.
Soy consciente de que esto nunca llegará a tus manos, también sé que piensas que soy una traidora, que mi decisión te avergüenza y que no me comprendes. No puedo pedirte que lo hagas, lo único a lo que soy capaz de aspirar es a que algún día me perdones.
Todo lo hago por ti, porque no puedo perderte.
Tu hija que, a pesar de la distancia, te quiere,
Marie
Me quedo en silencio, conmovida por las líneas que acabo de leer. Es evidente que Marie estaba sufriendo, y si a mí, que no llegué a conocerla, me han impactado sus palabras, ni siquiera puedo imaginar cómo debe de sentirse Ben en este momento.
Alzo la mirada hacia él, contemplo su semblante afectado iluminado por las llamas; sigue con los puños apretados a ambos lados del cuerpo, con tanta fuerza que sus nudillos han perdido el color, y su respiración es agitada.
Me muero de ganas de seguir leyendo, pero estoy segura de que él necesita unas horas, un tiempo para digerir lo que acabo de decir en voz alta antes de pasar a la siguiente carta, así que vuelvo a meter el sobre dentro del libro y lo cierro justo cuando él asevera con voz rasgada:
—No me puedo creer que mi abuela fuese una traidora.
—Solo es la primera carta, no deberías sacar conclusiones precipitadas —le recuerdo en un intento de animarlo. Verlo tan cabizbajo me pellizca el corazón y siento la imperiosa necesidad de reconfortarlo, de tratar que se sienta mejor.
—La carta lo dice con claridad —afirma decaído.
—No es cierto, no dice nada, solo pide perdón, hay mil motivos por los que su madre podría haber estado disgustada con ella —digo intentando imprimir seguridad a mi voz.
—¿Tú crees? —Su tono de voz me deja claro que no se cree ni una de mis palabras.
—Por supuesto que lo creo —respondo—. ¿Has visto lo grueso que es ese manojo de cartas? Solo hemos leído la primera… Nos falta mucho por conocer.
Hago una pausa y lo estudio con atención. La tristeza que emana de sus ojos me revuelve por dentro, y me reafirmo en mi teoría de que Ben necesita unas horas para asentar toda esa emoción.
—Creo que por hoy es suficiente. ¿Te parece si seguimos mañana? —propongo.
Él no parece demasiado dispuesto a dejarlo aquí, pero, cuando se me escapa un bostezo, hunde los hombros y asiente, resignado.
—De acuerdo, mañana a primera hora —accede, echándole una última mirada al libro hueco que contiene los sobres.
No hay que ser un lince para adivinar sus intenciones, así que meto de nuevo el libro en la caja y lo señalo con actitud amenazante.
—Ni se te ocurra hacer lo que estás pensando —le advierto.
—¡No me digas que eres adivina! —bufa, cruzando los brazos sobre su pecho.
—No necesito serlo, llevas tus intenciones escritas en la frente con letras fosforitas, así que ni lo pienses.
No te atrevas a leer ni una sola página sin mí cuando esté dormida, no me hagas montar guardia toda la noche porque soy capaz de hacerlo.
—Mi voz suena con tal seguridad que él no puede evitar sonreír.
—No tengo ninguna duda.
—Lo digo en serio; hemos venido juntos, las hemos buscado juntos, las encontramos juntos y, sea lo que sea lo que esté escrito en esas cartas, también vamos a descubrirlo juntos —afirmo con tanta firmeza que a él no le queda más remedio que acceder, y asiente con la cabeza.
—De acuerdo, juntos —dice.
—Es un trato —insisto extendiendo la mano frente a él.
—Es un trato —responde estrechándola mientras me mantiene la mirada.
Un escalofrío me atraviesa y me pregunto si lo que acabo de firmar es un pacto o una condena eterna.