Una historia diferente Capítulo 16 Busca que te busca
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Capítulo 16 Busca que te busca

Busca que te busca

Uxía

Después de revisar de nuevo todos los cajones del armario, coloco dentro una de las mantas que compramos ayer en el centro comercial y me tomo un par de segundos para contemplar el paisaje desde la ventana, y siento como una placentera sensación de calma me recorre por dentro.

Las casas de piedra resultan casi anecdóticas repartidas entre los cientos y cientos de metros de pradera verde que se extiende ante mis ojos, salpicada por margaritas, algunas amapolas, campanillas y todo tipo de pequeñas flores silvestres, además de los diversos árboles de diferentes tamaños que proporcionan sombra a los animales que se encuentran pastando en ella plácidamente.

Es un paisaje tan solitario como bonito y me recreo en él a la vez que inspiro con fuerza, deleitándome en el delicado y dulce aroma de las magnolias que se cuela por la ventana.

Es un olor que me sacude y me produce una mezcla de felicidad y añoranza, trayendo consigo recuerdos de mi infancia.

El sonido de un viejo motor acercándose por el camino me trae de vuelta al presente y, al comprobar que Ben ha vuelto con la bombona de butano que ha ido a buscar, decido bajar para echarle una mano.

—¡Ya tenemos agua caliente! —anuncia al verme descender por la escalera.

—Es una suerte que a Benito y Hermelinda les sobrase una y pudiesen cedérnosla —comento siguiéndolo hasta la cocina, donde ya la está conectando.

—Pues sí —reconoce—. Y también ha sido un detalle que Benito se haya ofrecido a acercarme con su coche para traerla. —Pone una mueca y añade—: Aunque ese hombre no debería tener carnet, es un peligro al volante. Conduce peor que tú.

—¡Oye, yo conduzco tan bien que podría dedicarme a dar clases! —replico.

—Por supuesto —afirma con ironía—. Serías un magnífico ejemplo de lo que no hay que hacer si se quiere seguir con vida.

—Pues yo te veo vivito y coleando.

—Eso es porque mi pobre ángel de la guarda ha estado hiperatareado.

Mi teléfono suena y, al descolgar la videollamada, la cara de Mati aparece sonriente al otro lado.

—¿Te puedes creer que Ben dice que soy mala conductora? —le suelto sin apenas saludarla.

—Mala no, pésima —matiza él acercándose para salir en la pantalla.

—¡Qué exagerado! —me apoya mi amiga.

—¿Verdad? —pregunto agradecida.

—Vale que te gusta pisarle un poco, pero esa es la gracia, hay que ponerle un poco de salsa a la vida —afirma la buena de Mati.

—Eso mismo digo yo.

—Subirse contigo al coche no es ponerle un poco de salsa —refunfuña—. Es como meterse de golpe en la boca una cucharada de tabasco, un puñado de jalapeños y unas cuantas guindillas y regodearte masticándolo para saborearlo antes de tragarlo.

La risa de Mati suena fresca y alegre.

—¿Qué tal os va por ahí? —se interesa.

—Hemos conocido a la gente del pueblo —la informo.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué tal fue?

—Si olvidamos la parte en que nos encañonaron con una escopeta o la posibilidad de que coja una intoxicación alimenticia…, todo bien —responde Ben con sarcasmo.

—¿Escopeta? ¿Intoxicación? —Mati abre los ojos de forma desorbitada—. ¡Y eso que solo lleváis ahí un día! ¡Vosotros dos sí que sabéis lo que es aprovechar el tiempo y vivir al máximo la vida. ¿Necesitáis que os mande un médico… o a un escuadrón de los geos?

Niego con la cabeza conteniendo la risa.

—No le hagas caso, es un dramático, no fue para tanto —replico—.

La escopeta estaba descargada y la leche que se tomó, hervida.

No le va a pasar nada. Eso sí —añado volviéndome hacia él—, como vuelvas a decir que te gusta la leche de avena estoy convencida de que los vecinos acabarán declarándonos personas non gratas .

Mati suelta una risita al otro lado de la pantalla.

—Además, al menos nos han dado una idea de dónde seguir buscando las cartas… —resoplo.

—Deduzco que por el momento no las habéis encontrado.

—No —admito—, pero seguiremos buscando.

—Aunque va a ser como buscar una aguja en un pajar —murmura Ben.

—Entonces os voy a colgar…

—Mati, mi abuela y Manuela…

—Están las dos perfectamente —me asegura mi amiga.

—¿Seguro? —insisto sin tenerlas todas conmigo.

—De momento ningún vecino las ha denunciado a la policía —responde tomándome el pelo.

—Supongo que tendremos que conformarnos con eso —suspiro.

—Solo una cosa más… —añade mi amiga—. Sé que queréis encontrar esas cartas, pero mientras lo hacéis, no os olvidéis de disfrutar un poco.

Nos despedimos y me vuelvo hacia él.

—Bueno… ¿Cómo quieres hacerlo? —le pregunto.

Sus labios ocultan una leve sonrisilla canalla que me hace fruncir los labios.

El pueblo tiene un efecto extraño sobre él… Desde que llegamos, percibo como poco a poco se va relajando cada vez más, y eso es preocupante, porque le da un punto más cercano, humano y atractivo que me atrapa y en el que no debería ni fijarme.

—Me refiero a las cartas… —matizo de forma demasiado apresurada—. Quiero decir, a cómo nos organizamos para seguir buscando las cartas.

Un brillo divertido cruza sus ojos.

—Lo sé —afirma, aunque su tono y el brillo de sus ojos llevan implícito lo contrario—. ¿Estabas buscando cuando llegué?

Asiento.

—En el armario no están —confirmo.

—Pues entonces, si te parece, tú puedes seguir con el piso de arriba y yo empezaré con el de abajo.

—Perfecto —respondo de forma escueta antes de darme la vuelta para dirigirme a la puerta.

Mientras me alejo no dice nada, pero puedo sentir su mirada clavada en mi espalda.

Me paso la tarde golpeando los cajones, armarios e incluso las paredes y el suelo en busca de algún sonido hueco que me indique un doble fondo en el que puedan estar escondidas las dichosas cartas.

Tres horas después empiezo a pensar que mi abuela está equivocada, que todo fueron imaginaciones suyas o que, si en realidad existieron, no están aquí guardadas.

Cansada y con las rodillas doloridas de andar en cuclillas, resoplo y me dejo caer de espaldas en la cama.

Pocos segundos después, Ben se asoma a la puerta con expresión derrotada.

—¿Has encontrado algo? —me pregunta, a pesar de que ya conoce la respuesta.

Niego con la cabeza.

—Nada —respondo colocándome de lado para poder observarlo desde un ángulo mejor.

Durante unos segundos, veo la duda reflejada en su rostro; después, entra en la habitación y se sienta en el borde de la cama, con las manos cruzadas sobre sus rodillas y la mirada fija en el suelo.

—Suéltalo ya —ordeno.

Ladea un poco la cabeza, buscándome de reojo; el pelo negro le cae de forma desordenada sobre la frente, y me agarro a la almohada para contener el impulso de enredar mis dedos en ese mechón rebelde.

—No me malinterpretes —dice antes de nada—. Soy el primer interesado en que aparezcan, pero… ¿De verdad estamos seguros de que existen esas cartas?

Omito reconocer que yo misma me acabo de preguntar lo mismo y lo estudio con atención.

Es evidente que es importante para él, que necesita que mi abuela no esté equivocada, por lo que me encantaría decirle que sí, que existen y que estoy segura de que vamos a encontrarlas, sin embargo, nunca me ha gustado mentir, por lo que me limito a encogerme de hombros.

—En el peor de los casos, si no aparecen, siempre podrás presumir de haber sobrevivido al ataque de dos toros bravos.

Su expresión cambia y una sonrisa ilumina su rostro.

—Creo que nunca había corrido tanto.

—Tenías un buen motivo para hacerlo —reconozco.

Ambos permanecemos en silencio durante unos instantes y, al cabo de no más de cinco segundos, juraría que su mirada se vuelve más oscura, más intensa.

—¿Sabes qué? Aunque esas cartas nunca aparezcan, y a pesar de haberme jugado el tipo repetidas veces desde que me subí al coche contigo, el viaje ha valido la pena y me alegro de haber venido —murmura.

Mis ojos se encuentran con los suyos y algo se retuerce en mi interior; es una emoción extraña, nueva y diferente. Su mirada, que me aturde y me confunde, porque siento que me engulle, me envuelve en un abrazo invisible y a la vez me provoca la imperiosa necesidad de huir.

Tratando de deshacerme de esa desconcertante sensación, desvío la mirada al suelo, y es justo en ese momento cuando algo en lo que no había caído llama mi atención.

El lado de una de las tablillas de madera que forman la tarima del suelo, y que sobresale por el lateral derecho de la mesilla de noche, luce un tono más claro que el resto del suelo de la habitación.

Es solo una esquina, un trozo tan pequeño que casi no se aprecia desde otra perspectiva, pero…

Conteniendo la respiración, me levanto de la cama y, dispuesta a salir de dudas, empujo la mesilla unos centímetros.

—¿Qué haces? —pregunta Ben mientras me observa con atención.

—¡Mira! —exclamo señalando la zona que acaba de quedar al descubierto y en la que, en efecto, un par de las tablillas que permanecían ocultas por el mueble tienen un tono un poco más claro que las que se encuentran a su alrededor.

—¿Tú crees que…? —musita con los ojos muy abiertos y fijos en ese punto en cuestión.

—Solo hay una forma de saberlo —respondo arrodillándome justo delante de ellas.

Golpeo la tabla con los nudillos y el ruido hueco que hace me obliga a contener el aliento, a la vez que elevo la mirada hacia Ben, quien se ha bajado de la cama y ya está a mi lado.

Intento sin éxito presionar las tablas por los extremos para separarlas de las demás.

—Con toda la humedad y después de tantos años la madera debe de haberse hinchado —razona—. Espera un momento —me pide antes de salir corriendo.

Lo escucho bajar la escalera a toda prisa y, unos segundos después, regresa con un cuchillo que me ofrece enseguida.

—Prueba con esto.

Lo cojo e introduzco la punta por una de las esquinas para hacer palanca y, emocionados, comprobamos como la tablilla comienza a ceder dejando a la vista un hueco no muy profundo y bastante alargado.

Los dos compartimos una expectante mirada y me dispongo a retirar la segunda tabla.

—¿Hay algo? —pregunta Ben impaciente.

—Espera —le pido mientras meto la mano y, al extenderla hacia el extremo opuesto del agujero, palpo algo duro y frío.

—Creo que es una caja —murmuro a la vez que mis dedos recorren su superficie, y trato de empujarla en nuestra dirección.

Me inclino un poco más sobre el hueco para tener mayor acceso y poder atraer el objeto, que enseguida aparece cubierto por una gruesa capa de polvo ante nuestros ojos.

Lo cojo con aire casi reverencial, y Ben utiliza la parte baja de su camiseta para limpiar su superficie.

—Parece una caja de galletas —afirmo en voz baja.

En efecto, la caja es metálica, cuadrada, de unos veintitrés centímetros de ancho por veintitrés centímetros de alto, y en la parte superior tiene una tapa redonda un poco metida hacia dentro en cuyo centro pueden leerse en relieve las letras que forman la palabra «Cuétara».

Ambos intercambiamos una mirada exultante.

¡La hemos encontrado! ¡No puedo creer que la hayamos encontrado!

Y mi corazón se acelera porque, aunque sé que para Ben es importante, para mí también lo es, ya que, si estamos en lo cierto y efectivamente las hemos encontrado, lo que tengo entre las manos es un pedacito de la historia de mi abuelo.

Una historia desconocida para mí y a la que hasta ahora no había tenido acceso.