Una historia diferente Capítulo 15 Un desayuno singular #2
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Capítulo 15 Un desayuno singular #2

—Está rico, ¿eh? —pregunta ella al verme beber de nuevo a la vez que nos dedica una sonrisa que desborda orgullo y satisfacción por cada una de las arrugas que rodean sus labios—. Es que la leche de la Jacinta es la mejor.

Uxía, quien está a punto de probar su propio café, detiene el vaso a escasos centímetros de su boca y, elevando la mirada hacia Mercedes, le pregunta:

—¿Quién es la Jacinta?

—Mi vaca —contesta la anciana como si la respuesta fuese obvia—. Leche cruda, fresca y natural, recién ordeñada y hervida de esta mañana.

De forma instintiva, escupo parte del líquido que estoy a punto de tragar; la leche sale disparada como si fuese un aspersor y no tardo en escuchar risas a mi alrededor.

—¿Qué pasa, hijo? —pregunta Benito con muy mala baba—. ¿Es que los de ciudad no sabéis que la leche sale de las vacas?

—Estos señoritos se piensan que los cartones aparecen rellenos en los supermercados por arte de magia —se burla el tal Manolo riéndose con ganas.

Al parecer, la escena le resulta tan cómica que hasta se le ha olvidado el mal humor por el estado de la casa.

—Es que soy más de avena —me justifico sin pensar a la vez que carraspeo para aclararme la garganta.

Lo cierto es que yo no le veo la gracia, pero, por lo visto, ellos sí porque ahora una carcajada general resuena en todo el local.

—¿Desde cuándo la avena tiene ubres? —pregunta Paco.

—Eso es antinatural —comenta la anciana más joven, que ha permanecido escuchando en silencio hasta ahora.

—Así están todos, paliduchos y lánguidos —afirma Mercedes negando con la cabeza—. ¡Leche de avena! ¡Menuda guarrería! Ya no saben qué inventar.

—¡Dentro de poco les dará por sacar la panceta de acelga! —exclama Paco.

—¡Calla, calla, no les des ideas! —protesta Benito poniendo una mueca de asco.

—Si conocieseis los beneficios de la leche de avena, os sorprenderías —insisto, porque no me da la gana de dar mi brazo a torcer.

—No lo estás arreglando… —me susurra Uxía cuando los vecinos empiezan a descojonarse otra vez.

—¡Qué beneficios ni qué gaitas! —exclama Benito—. La leche toda la vida ha sido de vaca, de oveja o de cabra, ¡lo demás son chorradas! ¡Así está la juventud de ahora! ¡Sois todos unos meapilas que no aguantáis nada!

—¿Por qué no les dais un descanso a los chicos? Que acaban de llegar y tienen cara de querer aprovechar cualquier excusa para escapar —interviene una mujer que se sienta en la mesa más alejada y que hasta ahora ha permanecido callada.

Le dirijo una mirada de agradecimiento y la contemplo con atención.

Si mis cálculos no fallan, debe de ser una de las que más vida carga a su espalda, aunque, moviéndonos en estas franjas de edad, calcularlo con certeza resulta un ejercicio basado más en la suerte que en la precisión.

Sus ojos, que antaño debieron ser de un azul vivo y resplandeciente, aparecen apagados por el paso de los años; lleva el cabello cubierto por una pañoleta negra y, a pesar de que su expresión sigue siendo lúcida, se la ve cansada.

—Maruxa tiene razón —asevera Hermelinda—. ¡Menudo recibimiento! Entre estos dos garrulos —añade señalando a Paco y Benito—, que fueron a visitarlos a punta de escopeta en plena madrugada, y vosotros, que los estáis avasallando, deben de estar deseando salir disparados.

—¿Los apuntaste con una escopeta? —cuestiona Manolo decepcionado—. Si me hubieseis avisado, os habría acompañado.

—Eres demasiado ruidoso, la parienta te hubiese pillado —se justifica Benito negando con la cabeza.

—Ni que a vosotros os hubiese ido mejor —resopla él, ofendido, señalando en dirección a Hermelinda con un movimiento de cabeza.

—Eso es porque mi mujer tiene el sueño ligero y se despierta con el vuelo de una mosca —se excusa Benito.

—Delicado tenéis el cerebro vosotros tres —los acusa la aludida—. No les hagáis ni caso. No estamos acostumbrados a recibir visitas más allá de nuestras respectivas familias y tanta novedad los ha atolondrado —añade dirigiéndose hacia nosotros para tomar asiento a nuestro lado.

—¿Cuánto tiempo pensáis quedaros por aquí? —se interesa la tal Maruxa.

—No lo sé con seguridad —responde Uxía—. Espero que no mucho, porque yo tengo que volver a Vigo para atender el hotel familiar.

—Y yo tengo que regresar a Londres a trabajar —añado.

—¡Esperad un momento! —exclama Pepa—. ¿No seréis una de esas parejas modernas que viven separados?

—Él toma leche de avena —le recuerda Benito con retintín—. ¿Qué se puede esperar de alguien que toma leche de avena?

—No somos pareja —repito por enésima vez—. He venido a buscar información sobre mi abuela, se llamaba Marie y estuvo alojada durante unos siete meses en el hotel de su familia y, al parecer, se llevaba bien con su abuelo —explico señalando a Uxía.

Maruxa entrecierra los ojos y, durante unos segundos, dudo entre si está tratando de hacer memoria o se está quedando dormida.

—¿La alemana? —pregunta cuando estoy a punto de decantarme por la segunda opción.

Con esa pregunta consigue captar toda mi atención.

—Sí, era alemana.

—Ahora que me fijo, tus ojos son iguales a los de ella —comenta.

—¿La conoció? ¿Estuvo con ella? —pregunto esperanzado.

Ella aprieta la mandíbula y niega con la cabeza.

—Es cierto que vino un par de veces, una en primavera y otra al inicio del verano, pero yo no estuve demasiado con ella. Mi hermano Pancho y Antonio nunca se llevaron bien, así que no teníamos demasiado trato.

La estudio con atención.

Parece segura de sus palabras y, sin embargo, algo no me cuadra; una voz en mi interior me dice que se está dejando algo.

—¿No recuerda nada más que pueda contarnos? ¿Algún detalle por insignificante que parezca?

Ella se encoge de hombros, pero en su expresión me parece distinguir un sentimiento de… ¿lástima? ¿Arrepentimiento?

Sea como sea, no parece que vaya a contarnos nada más y la esperanza que me produjeron sus palabras se torna en una decepción que se asienta en mi pecho.

—Lo único que puedo decirte —añade— es que siempre iba sonriendo y que llamaba mucho la atención porque era una chica muy guapa —murmura Maruxa con amabilidad.

—Vinimos aquí con la esperanza de encontrar una correspondencia que mi abuelo y ella intercambiaron durante su estancia en el hotel, pero ayer estuvimos ordenando toda la casa, vaciamos cajones y armarios y no apareció nada —confiesa Uxía.

—Si la mayor parte del tiempo la pasaron en el hotel, ¿por qué pensáis que las cartas pueden estar aquí? —cuestiona Hermelinda.

—Mi abuela nos dijo que, cuando ella se marchó, mi abuelo las escondió aquí —responde ella.

—Deberíais dejar que los muertos descansen en paz —sentencia Maruxa.

Ambos la miramos con cierta expresión de culpabilidad.

—No le hagáis caso, yo no estoy de acuerdo, creo que encontrar esas cartas puede ser una bonita forma de volver a conectar con ellos —afirma Hermelinda colocando una mano sobre el brazo de Uxía.

—Seguro que están en algún doble fondo —interviene Benito—. Por eso no las habéis encontrado.

—¿En un doble fondo? —repito.

Él asiente.

—Sí, en esa época aquí no había cajas fuertes y era bastante común tener un doble fondo para guardar las cosas valiosas en el cajón de algún mueble o armario.

Uxía y yo intercambiamos una mirada… Es una opción, una que ni siquiera se nos hubiese ocurrido imaginar y, solo por eso, ya ha merecido la pena beberme el café con la leche de Jacinta sin vomitar.