Una historia diferente Capítulo 13 Pícnic de medianoche
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Capítulo 13 Pícnic de medianoche

Pícnic de medianoche

Ben

Un crujido en la escalera me anuncia la presencia de Uxía, y elevo la mirada justo en el momento en que aparece en el salón y se apoya contra el marco de la puerta.

El movimiento de la toalla que sostiene en la mano derecha, y con la que se frota el pelo, todavía mojado y un tanto revuelto, se detiene en seco mientras lo contempla todo con asombro a la vez que yo la miro solo a ella.

Lleva un pantalón vaquero suelto y una camiseta ancha, vieja y un tanto desgastada que cae por su brazo izquierdo dejando al aire la delicada piel de su hombro de forma despreocupada.

Trago saliva porque, de repente y sin venir a cuento, mi imaginación se viene arriba, regalándonos a mí y a mis exaltadas hormonas una serie de imágenes de lo más inapropiadas.

—Guau —murmura trayéndome de vuelta a la realidad—. Hasta has encendido la chimenea.

Sus ojos vuelan hasta mí, grandes, profundos y cálidos, despertando una sensación dulce y serena que viaja por mi cuerpo y se asienta en mi pecho.

—Supuse que después de la ducha fría te vendría bien para entrar en calor —comento un poco más tenso de lo normal a la vez que trato de quitarle importancia a lo que está ocurriendo en mi interior.

Su mirada recorre la manta que he colocado en el suelo, a pocos metros del fuego, y los platos con la comida que están justo encima para dirigirse después hacia la mesa, sobre la que reposan las velas blancas de diferentes tamaños que encontré en uno de los armarios del piso de arriba y que he prendido para proporcionar algo más de luz al salón.

—He pensado que aquí cerca del fuego estaríamos a gusto, pero, si lo prefieres, puedo trasladar nuestro improvisado pícnic a la mesa —le ofrezco al ver que sigue estática al lado de la puerta y temiendo que pueda llegar a sentirse incómoda, porque, aunque la verdad es que cuando se me ocurrió prepararlo todo no fue con la intención de crear una atmósfera romántica ni nada parecido, ahora, viendo el resultado final a través de sus ojos, igual la escena ha quedado demasiado… íntima y personal.

¡Vamos que solo me ha faltado poner un cuarteto de cuerda tocando al lado de la ventana!

Sus ojos viajan de nuevo hasta mí y, regalándome una sonrisa que fácilmente podría confundirse con una de las estrellas que se dejan ver por la ventana, se apresura a negar con la cabeza.

—Ni se te ocurra mover nada —me advierte—. Un pícnic de medianoche… Me encanta.

Aliviado, la veo avanzar y dejar la toalla apoyada en una de las sillas antes de tomar asiento sobre la manta, justo frente a mí.

—¿Qué pasa? —pregunto al percatarme de que me estudia como si estuviese tratando de descifrar un acertijo complicadísimo que tengo dibujado en la cara.

—Nada —responde—. Es solo que siempre consigues descolocarme del todo.

—¿En qué sentido?

—Es como si fueses una caja con cientos de piezas mezcladas de diferentes rompecabezas y no lograse averiguar en cuál encaja cada una de ellas —confiesa—. Y lo digo en el buen sentido.

—Así que podría decirse que soy misterioso… —bromeo alzando las cejas.

—Más bien un poco desconcertante —me corrige siguiendo la broma.

—Te aseguro que soy un tipo bastante simple.

Una suave risa abandona sus labios, cuyo tono rosa natural resulta más apetecible de lo recomendable.

—Por lo poco que te conozco, me atrevo a asegurar que eres lo opuesto a simple. Es más, creo que eres una contradicción constante.

—¿En qué sentido? —me intereso al mismo tiempo que corto un trozo de empanada, la coloco sobre una servilleta de papel y se la tiendo.

Ella parece meditar a conciencia sus palabras.

—Por ejemplo, tu hermano te describió como alguien serio, frío y cuadriculado que solo piensa en el trabajo.

Una persona que no sabe divertirse —lo suelta así sin más, como si estuviese anunciando una verdad absoluta o una sentencia irrevocable, y lo cierto es que me molesta un poco que, por el simple hecho de que Finn lo haya dicho, ella ya dé por hecho que tiene que ser verdad.

Lo adoro, pero es un bocazas de mucho cuidado.

Recorro cada una de sus facciones; su rostro sin gota de maquillaje, enmarcado por su larga melena mojada e iluminado por las llamas adquiere un aire místico y sensual.

Quiero apartar la mirada, no obstante, me resulta complicado. Ser tan bonita debería ser ilegal.

—¿Y tú que piensas? —pregunto en un tono de voz un poco más ronco de lo habitual.

—Estoy empezando a darme cuenta de que igual no encajas del todo dentro de esa definición.

Durante unos segundos, ambos permanecemos en silencio, sosteniéndonos la mirada mientras, al menos yo, también contengo el aliento.

—Ah, ¿no? —murmuro.

Mi voz se funde con el crepitar del fuego y tengo la sensación de que cada segundo que pasa la intimidad aumenta entre los dos.

—No… —responde casi entre susurros, sin apartar sus bonitos y expresivos ojos de los míos—. Creo que eres un tanto rígido, que te gustan las cosas planificadas y que no eres de los que se permite fluir con facilidad.

—Siempre he opinado que lo que debe fluir es el agua y no las personas —rebato, dedicándole una sonrisa ladeada—. Aunque reconozco —añado a la vez que mi mirada desciende a su boca— que a veces soltar el control y dejarse llevar resulta tan tentador que no se puede refrenar.

Ella traga saliva, y se muerde el labio inferior de esa forma suya, tan inconsciente como sexy .

—Deduzco que eso de dejarte llevar no es algo que practiques de forma habitual —musita.

—No suelo hacerlo —reconozco con voz grave—. A no ser que merezca la pena.

De repente, siento como si una atracción magnética me empujase hacia ella; estoy a punto a acercarme un poco más, sin embargo, algo cambia en su rostro y su mirada escapa de la mía, rompiendo la magia y poniendo entre los dos una distancia invisible que nos separa.

—Pero también pienso —dice tras unos segundos, y tanto por su voz como por la forma en que su mirada evita la mía me resulta evidente que está tratando por todos los medios de aparentar que este momento que ha surgido entre nosotros no ha existido— que eres perseverante, detallista y que, aunque trates de esconderlo, tienes un lado divertido intentando abrirse hueco ahí dentro —me señala el pecho con el dedo índice.

Me tomo unos segundos para contestar.

—Que no disfrute con las mismas cosas con las que lo hace Finn u otra gente no implica que no me guste pasarlo bien —me justifico en el tono más neutro que consigo entonar.

—¿Y qué es lo que te hace disfrutar a ti?

—Su voz es apenas un susurro y sus mejillas se cubren con un ligero rubor en cuanto la frase sale de sus bonitos labios porque, a pesar de que es obvio que no era esa su intención, la intimidad vuelve a cernirse sobre nosotros y el ambiente se hace denso de nuevo, ya que su forma de decirlo ha dotado a la pregunta de una ligera connotación sexual que no ha pasado inadvertida para ninguno de los dos.

Vamos que si lo que pretendía era enfriar la situación, ha conseguido justo el efecto contrario, porque de repente noto que la temperatura aumenta a nuestro alrededor y siento demasiado calor.

—Me gusta llegar a casa y leerme un buen libro, escuchar música, ver una serie en la tele, ir al cine o salir a cenar.

—Observo su expresión durante unos momentos—.

Me gusta dar paseos largos, acostarme a una hora decente y madrugar —respondo—.

Disfruto con las cosas sencillas, con los pequeños detalles…

Casi no bebo alcohol y las grandes multitudes o las fiestas épicas a las que suele ir Finn no van conmigo, porque me resultan agobiantes y todas me parecen iguales.

—Tampoco conmigo —reconoce inclinando un poco la cabeza mientras me estudia, como si ese leve gesto pudiese ayudarla a analizarme y comprenderme mejor.

—Volviendo a lo que dijo el bocazas de mi hermano, eso de que no he tenido pareja durante mucho tiempo… —prosigo.

—En cuanto lo dijo, deduje que no era cierto —me interrumpe quitándole importancia.

—Sí lo es, pero hay un motivo para ello —replico serio mientras me remuevo.

—No hace falta que me des explicaciones —se apresura a decir.

—Lo sé, pero me apetece hacerlo, y te juro que no lo entiendo —expongo sincero—, porque no es un tema del que me guste hablar, y menos con alguien que conozco desde hace un par de días.

—A veces eso es precisamente lo que lo hace más fácil —deja caer.

—Puede ser —admito desviando durante unos segundos la mirada hacia el fuego, que se afana en devorar la madera que hace un rato coloqué en la chimenea.

Sus ojos me contemplan expectantes y rebosantes de curiosidad.

—Me gradué con una de las mejores notas de mi promoción, y por ello, cuando terminé la carrera, pude entrar a realizar las prácticas en una empresa importante dentro del sector —comienzo a decir—.

Era becario y cobraba una miseria, pero, aun así, estaba orgulloso, feliz y decidido a aprovechar esa oportunidad.

—Una sonrisa amarga asoma a mi rostro cuando las imágenes de esos primeros momentos en la empresa se abren paso en mi mente—.

Me dejé la piel, estaba convencido de estar viviendo un sueño, me pasé jornadas interminables en la oficina y poco a poco fui demostrando mi valía y comencé a ascender.

Hago una pausa, porque no me gusta bucear entre esos afilados y dolorosos recuerdos y, aunque ya no duelen como antes, lo cierto es que siempre procuro tenerlos encerrados bajo siete llaves y en muy raras ocasiones me permito pensar en ellos.

—Ahí fue también donde la conocí a ella, a Kate —le digo.

—Kate —repite Uxía entornando los ojos.

Me encanta cómo lo dice, y la miro agradecido, porque, a pesar de que todavía no conoce el resto de la historia ni el papel de mi exnovia en ella, es evidente que ya se ha posicionado de mi lado y pronuncia su nombre como si fuese el enemigo.

Asiento.