Una historia diferente Capítulo 13 Pícnic de medianoche #2
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Capítulo 13 Pícnic de medianoche #2

—Ella entró a la empresa un par de meses después de mí, también como becaria.

—Hago una pausa cuando el retrato de mi Brutus particular se abre paso en mi cabeza—.

Era guapa, inteligente, divertida… Lo tenía todo para triunfar.

—Me tomo un par de segundos antes de continuar, porque sacar a la luz los trapos sucios de mi pasado me está costando más de lo esperado—.

Empezamos a salir, y yo estaba convencido de que era genial, porque, aparte de compenetrarnos de maravilla fuera del trabajo, también fuimos evolucionando juntos en lo profesional, creciendo y haciéndonos cada vez más importantes dentro de la empresa.

—¿Y qué pasó? —se interesa.

—Todo se jodió cuando surgió la oportunidad de un ascenso dentro de la empresa.

El sabor rancio de los malos recuerdos asciende por mi garganta.

—Era un puesto goloso, uno para el que cualquiera de los dos podríamos ser perfectamente aptos, así que nuestro jefe decidió que ambos lo merecíamos y debíamos competir por él.

—Aprieto los labios y desvío durante un par de segundos la mirada a los troncos que se consumen en lo más profundo de las llamas—.

Las pautas eran claras: teníamos que preparar un proyecto publicitario para la marca emergente de un cliente importante.

Nos dieron un mes para elaborar una campaña y presentarla, el creador del proyecto que el cliente escogiese conseguiría quedarse con el puesto.

—Qué putada eso de tener que competir entre vosotros —murmura.

—No tendría por qué haberlo sido —replico encogiéndome de hombros—. Yo estaba feliz pensando que, al no tener competencia externa, uno de los dos se quedaría con el puesto.

—Visto así… —murmura—. Aun así, era una forma muy generosa de enfocarlo por tu parte.

—La admiraba, estaba orgulloso de su trabajo, la quería y me vi preparado para compartir con ella el resto de mi vida.

Sus ojos se abren de par en par.

—Compré un anillo de compromiso y decidí que, después de la presentación, ocurriese lo que ocurriese, fuese quien fuese el vencedor, le pediría matrimonio…

Así que comprenderás que mi sorpresa fue mayúscula cuando, al llegar a la sala de juntas el día de la reunión, descubrí que la campaña que Kate firmaba y presentaba era exactamente la misma en la que yo había estado trabajando durante todo ese mes.

—Nooooo —susurra ojiplática—. No me lo puedo creer.

—Yo tampoco podía —admito apretando los dientes porque, a pesar de que lo tengo más que superado, al revivir cómo me sentí en ese momento, no puedo evitar verme azotado por una nueva oleada de rabia.

—¿Te la robó? ¿Robó tu idea? —Su voz suena horrorizada.

—No solo fue la idea, se apropió del desarrollo completo, de cada apunte, de cada coma y de cada letra.

—Un sabor amargo asciende por mi garganta y soy incapaz de reprimir el rencor y el dolor que empañan mi voz.

Guardo silencio durante unos segundos durante los que trago con fuerza, tratando de deshacer el nudo que me atenaza por dentro, mientras me vuelvo a sentir tan estúpido como me sentí en ese momento—.

Y yo me quedé allí, mirándola como un pasmarote, incapaz de hacer o decir nada.

—Y si ella presentó tu proyecto, ¿qué presentaste tú?

—Nada, absolutamente nada —confieso de mala gana—.

Estaba en shock , no me lo podía creer, la persona con la que estaba dispuesto a compartir el resto de mi vida me había utilizado, engañado.

Me sentí traicionado y también un idiota por no haberme percatado.

—La ira me hace temblar al recordarlo—. Así que, cuando llegó mi turno, le dije a mi jefe que no había conseguido preparar un proyecto a la altura de las circunstancias, presenté mi dimisión irrevocable y me fui de allí.

—¿Te fuiste?

—Me sentía avergonzado, no me veía capaz de seguir allí y tampoco quería volver a mirar a Kate a la cara.

—¿Y ella qué excusa te puso?

—Ninguna.

—¿Ni siquiera intentó justificarse o defenderse?

—No, no se molestó en hacerlo —le aclaro.

—Espero que por lo menos le dejases claro la mierda de persona que era. —Suena enfadada, muy enfadada… Y eso me hace sentir mucho mejor.

—Me hubiese encantado —reconozco—. Y lo intenté… Al principio esperé, pensando que en algún momento se pasaría por mi despacho para darme una excusa por pobre que fuese, pero no se molestó en hacerlo, así que decidí llamarla por teléfono.

—Bien hecho —afirma.

—No te creas, para lo único para que lo que me sirvió fue para comprobar que ya había bloqueado mi número.

—Menudo elemento… —sisea—. ¿Y qué hiciste?

—Estaba que me subía por las paredes, me sentía completamente fuera de mí, y me presenté en su casa.

—Entiendo que ahí no le quedaría más remedio que dar la cara…

—Te equivocas —rebato negando con la cabeza—. Yo cada vez estaba más y más enfadado, ella ni se dignaba a abrirme la puerta y terminé aporreándola y gritando…

—Normal, en esa situación cualquiera habría actuado igual —me defiende.

—Puede. —Me encojo de hombros—. Pero, por desgracia, fue la excusa perfecta que le permitió llamar a la policía, y me pasé las horas más largas de mi vida en comisaría.

—Hay que ser muy zorra para eso…

—No insultes a esos pobres animalitos que no se merecen tamaño agravio comparativo —le pido poniendo una mueca de repulsión.

—Lo siento muchísimo —murmura ella colocando su mano sobre la mía.

Es un acto reflejo, una señal de empatía, un toque ligero y casi imperceptible, pero suficiente para alterar cada terminación nerviosa de mi cuerpo, que reacciona de forma exagerada, como si en lugar de una inocente caricia, acabase de recibir una puñetera descarga eléctrica.

—Pasé unas semanas de mierda, devolví el anillo, me compadecí a mí mismo y me regodeé en mi miseria hasta que una mañana decidí que no podía seguir así.

—Recuerdo el momento exacto y una sonrisa se abre paso en mis labios por primera vez desde que empecé con el relato—.

Así que me vestí, salí de casa y me fui derecho a presentar mi currículo en una empresa de la competencia, donde por suerte me contrataron…

—¡Bien por ellos! —exclama.

—Y desde ese momento decidí pasar de las relaciones y centrarme solo en el trabajo —concluyo mi historia.

—No me extraña… —musita—. Sin embargo, Ben, debes saber algo… Que tú te hayas ido a encontrar con la más ruin, falsa y trepa de las mujeres no quiere decir que todo el género femenino sea malo. No deberías permitir que una mala experiencia condicione ni tu vida ni el resto de tus relaciones.

La observo con intensidad, me encantaría decirle que ya lo sé, pero lo cierto es que desde ese momento no he sido capaz de volver a confiar.